La larga sombra del anticlericalismo
Así, el anticlericalismo sigue manifestándose bajo nuevas formas. Desde esa perspectiva denuncia, por ejemplo, lo que denomina una 'coalición islamo-progresista' que, sin duda, promueve un pluralismo artificial utilizado para justificar nuevas formas de hostigamiento contra el cristianismo y la civilización
La anunciada supresión en España del delito de ofensa a los sentimientos religiosos ha devuelto al primer plano la persistencia del anticristianismo en la vida pública española. Precisamente sobre esa cuestión pivota El anticlericalismo en España. Cómo el odio a la Iglesia ha marcado la agenda del poder en nuestra historia (Sekotia, 2026), de Macario Valpuesta.
La cuestión dista de ser nueva. El antropólogo e historiador Julio Caro Baroja distinguió entre un «anticlericalismo creyente», nacido de la crítica a los abusos eclesiásticos, y un «anticlericalismo no creyente», heredero de la Ilustración y del liberalismo, cuyo propósito consiste en expulsar a la Iglesia del espacio público. Es este segundo fenómeno el que interesa a Valpuesta. Su tesis sostiene que el anticlericalismo acabó constituyéndose en una auténtica cultura política que informó a buena parte del liberalismo, el republicanismo y el socialismo españoles, convirtiendo la hostilidad hacia la Iglesia en uno de sus elementos definidores.
El libro recorre esa evolución desde la expulsión de los jesuitas en 1767 hasta nuestros días. A partir de ahí, el ensayo reconstruye una cadena de episodios que demuestran la continuidad del fenómeno anticlerical. Entre ellos, por citar algunos, la matanza de frailes de Madrid en 1834, provocada por el falso rumor de que los religiosos habían propagado el cólera envenenando las fuentes públicas; las sucesivas quemas de conventos; y las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, interpretadas no solo como reformas económicas, sino como una gigantesca expropiación que privó a la Iglesia de su base patrimonial y asistencial, con graves consecuencias para los más necesitados.
Especial interés merece el análisis que Valpuesta dedica al tránsito del Sexenio Revolucionario (1868-1874) a la Restauración (1875-1931). El autor da cuenta del Sexenio como una nueva fase de hostilidad institucional hacia la identidad católica, marcada por la proclamación de la libertad religiosa, el cuestionamiento de la enseñanza católica, la reactivación de las expulsiones de órdenes religiosas, y diversos ataques contra el patrimonio eclesiástico. Frente a ello, la Restauración inauguró un periodo de relativa estabilidad para la Iglesia. Aunque la Constitución de 1876 proclamó la confesionalidad del Estado, el artículo 11 (al reconocer la tolerancia privada de otros cultos) fue recibido con fuertes quejas por buena parte del episcopado español. Pese a ello, el libro entiende que el nuevo marco constitucional, unido al pontificado de León XIII (1878-1903), favoreció una profunda renovación social y organizativa del catolicismo. Sin embargo, esa recuperación institucional convivió con el avance de la secularización y una intensa propaganda anticlerical. No es casual que el capítulo lleve por título 'Calma chicha antes de la tormenta'. Para Valpuesta, bajo aquella aparente normalidad se estaban gestando las condiciones ideológicas que desembocarían en la persecución religiosa de los años treinta, anticipadas ya en la Semana Trágica de 1909, cuando fueron incendiados más de la mitad de los edificios religiosos de Barcelona.
La Segunda República y la Guerra Civil ocupan un lugar central en este trabajo. La proclamación del nuevo régimen en 1931 abrió una etapa decisiva en las relaciones entre la Iglesia y el poder político. El autor presenta la legislación laicista, la disolución de la Compañía de Jesús, las restricciones impuestas a la enseñanza religiosa y episodios como la quema de conventos de mayo de 1931 como manifestaciones de un proceso creciente ataque al catolicismo. Desde esta perspectiva, la persecución religiosa de 1936 es el desenlace de una dinámica ideológica y política iniciada varios años antes.
La obra de Macario Valpuesta sostiene, con toda razón, que, por entonces, una parte significativa del PSOE y de la UGT asumió un horizonte revolucionario que identificaba a la Iglesia como uno de los principales sostenes del orden social que debía ser destruido. A ello se añadió el anticristianismo del anarquismo y del comunismo, configurando el clima ideológico que hizo posible la persecución desencadenada tras el comienzo de la Guerra Civil.
En estas páginas reunidas bajo el título 'Holocausto en España' se documenta el asesinato de miles de sacerdotes, religiosos y religiosas, el asesinato de trece obispos, la destrucción de iglesias, conventos y obras de arte, así como el desmantelamiento de una amplia red educativa y asistencial vinculada a la Iglesia. En este punto subraya también las consecuencias sociales de aquella política, al señalar que centenares de miles de niños quedaron sin escolarización tras la supresión o el cierre de numerosos centros religiosos. El uso deliberado del término 'holocausto' destaca, precisamente, que aquella violencia fue una persecución de carácter sistemático dirigida a eliminar la presencia del catolicismo.
El ensayo no se limita, sin embargo, a reconstruir el pasado. También invita a pensar en el presente. Así, el anticlericalismo sigue manifestándose bajo nuevas formas. Desde esa perspectiva denuncia, por ejemplo, lo que denomina una 'coalición islamo-progresista' que, sin duda, promueve un pluralismo artificial utilizado para justificar nuevas formas de hostigamiento contra el cristianismo y la civilización. En varios pasajes, además, se dirigen las críticas a quienes, invocando la prudencia, el realismo político u otras excusas, terminan respetando los hechos contrarios al bien común. Es una actitud que recuerda las advertencias de Jaime Balmes contra una prudencia mal entendida, aquella que, pudiendo aspirar a la restauración del bien, acaba limitándose a conservar un mal ya establecido.
Con independencia de que se compartan todas las tesis del libro de Macario Valpuesta, El anticlericalismo en España es una aportación bien escrita y deliberadamente polémica. Porque, si el privilegio de la tradición consiste en dar voz a quienes ya no pueden hablar, esta obra cumple precisamente esa función. Obliga a contemplar más de dos siglos de historia y recuerda que muchos debates que hoy creemos nuevos son, en realidad, extraordinariamente antiguos. Y eso, en tiempos dominados por la inmediatez y la desmemoria, no es poco mérito.
- Ignacio Hoces Íñiguez es diputado nacional de Vox