¿Por qué combatir el globalismo?
En los últimos decenios, muchos gobiernos han cedido soberanía a entidades supranacionales, y éstas incluso sin ser las competentes, han adoptado, en unos u otros foros, políticas suicidas que van en contra de los intereses de los pueblos
Los momentos históricos más vigorosos han sido aquellos que resistieron las corrientes revolucionarias que amenazaron nuestro legado. Y hoy existe un nuevo proceso revolucionario, llamado globalismo, que presentándose como solución a los «problemas del planeta» pretende despojarnos de nuestra soberanía e imponer una estructura sociopolítica en la que las naciones pierden su capacidad de decidir.
Si Reinhart Koselleck fue un historiador clave para la historia de los conceptos, Marcelino Menéndez Pelayo lo fue para la historia de las ideas. Ambos historiadores nos permiten examinar mejor esta ideología, aunque sea brevemente, desde una perspectiva conceptual, histórica, y de las ideas políticas.
El globalismo, más allá de ser un concepto político, es una cosmovisión que busca liquidar el Estado-nación y las identidades particulares que este resguarda. Es una ideología que no solo promueve la disolución de las naciones, sino que también implica la renuncia de su soberanía en favor de centros de poder supranacionales, donde las decisiones se toman sin contar con la voluntad de los pueblos. Esta pérdida de poder nacional y la imposición de una gobernanza global cuestiona las estructuras políticas tradicionales, y también niega la esencia misma de lo que constituyen las naciones, como son su historia y tradiciones, sus libertades y formas de vida. Así que mientras que el globalismo es una ideología, la globalización es, en términos sencillos, una etapa de la historia facilitada por el progreso tecnológico, que ha llevado a una mayor comunicación y dependencia mutua entre personas y naciones.
Para aproximarnos a la lacra que representa el globalismo, hay que remontarse a los orígenes de la modernidad política. La Revolución Francesa marcó el nacimiento de un nuevo modelo de soberanía en la que se reemplazó el soberano-monarca por el soberano-nación-pueblo. Desde entonces, la voluntad nacional ha sido el motor que ha decidido, de una u otra manera y según grados, los destinos de los pueblos. Sin embargo, esa misma voluntad nacional se ve amenazada por los ideólogos globalistas, que claman por la creación de una voluntad global, en la que no se tiene en cuenta a las naciones y sus pueblos, sino que se invoca a la humanidad, abstracción máxima, sin estatus político, como explicó Carl Schmitt, en esa especie de constelación postnacional reclamada por Jürgen Habermas, heredero de la tradición marxista de la Escuela de Frankfurt.
La revolución sociopolítica globalista es más extrema que las anteriores, de ahí que haya sido descrita por el abogado del Estado y eurodiputado Jorge Buxadé como «la más colosal operación de ingeniería y control social de todos los tiempos», superando incluso, por su alcance general, a los ingenieros de almas de Stalin referidos por Tzvetan Todorov. Hoy buscan silentemente también rediseñar nuestras tradiciones, redefinir nuestros principios y creencias, e invadir el lenguaje, como ha explicado el politólogo Óscar Rivas. En definitiva, despreciar el pasado que no interesa para la planificación sociopolítica que pretenden.
Este ataque y su reacción no es solo una batalla cultural, sino también política. Ya señaló Edmund Burke que «poseídos, como están, de estas nociones, es inútil hablarles del sistema de sus antepasados, de las leyes fundamentales de su país, de una forma estable de Constitución, cuyos méritos se basan en la sólida prueba de una larga experiencia y en el incremento del poder público y la prosperidad nacional». Hoy, los globalistas repiten esta misma operación, buscando borrar las huellas del pasado para imponer un futuro predeterminado que favorece a una élite internacional. Y por esas élites cobra sentido la sentencia de Ulrich Beck de que el globalismo es la ideología, también, del dominio del mercado mundial.
El globalismo es indisociable de la ideología progresista, cuya base es la creencia en la superioridad de lo nuevo sobre lo viejo. Siguiendo el pensamiento de Nicolas de Condorcet, promueve una agenda que excluye las realidades morales, buscando sustituir las tradiciones por una visión abstracta de libertad que niega la existencia de realidades objetivas. Asimismo, impulsan una visión del mundo donde la libertad se coliga con la destrucción de las estructuras morales y culturales que han definido a las naciones durante siglos. Esta visión deconstruye conceptos naturales como la familia, la propiedad y la identidad sexual, sustituyéndolos por nociones líquidas que encajan en su agenda globalista.
Las consecuencias están siendo devastadoras. En los últimos decenios, muchos gobiernos han cedido soberanía a entidades supranacionales, y éstas incluso sin ser las competentes, han adoptado, en unos u otros foros, políticas suicidas que van en contra de los intereses de los pueblos. Estas decisiones atentan contra nuestra industria, contra nuestro campo, contra nuestro urbanismo y contra las familias, y todo mientras se promueve la llegada masiva de personas cuyas culturas son incompatibles con las tradiciones nacionales. Las élites progresistas tomaron estas decisiones, a pesar de que los pueblos no han sido consultados ni tomados en cuenta.
Es por ello por lo que el rechazo al globalismo es una actitud en favor de la prosperidad de todos y, además, una defensa de lo que somos. Es la llamada por nuestro futuro, frente a una revolución destructiva que busca arrasar con todo lo que nos hace españoles.
Es una lucha por la soberanía de la Nación; al defenderla, estamos protegiendo la base misma de nuestra comunidad política; el único ámbito donde se puede ejercer la libertad política y, en sentido propio, se puede ser ciudadano.
Defender la soberanía y la libertad no es solo una acción política, sino un compromiso con el presente y con el futuro, por preservar lo que somos y lo que hemos sido a lo largo de nuestra historia. También es decidir nuestro destino. Y es por ello que en VOX nos empeñamos a diario en proteger lo que es de los españoles ante el avance de esta destructiva revolución que los patriotas llamamos globalismo.
Ignacio Hoces es jurista, politólogo e historiador y diputado de Vox en el Congreso de los Diputados