2 de Mayo: Un grito de resistencia, un faro para la patria
El libro de la historia (ese que tantas enseñanzas ofrece a quienes estudian sin sectarismos) nos ayuda en esta fecha a mantener vivo el entusiasmo patriótico con el que el pueblo se alzó. A rendir tributo no solo a los héroes que murieron, sino a la causa que los levantó
Hay muchos momentos de nuestra historia que jamás se deben olvidar, fechas que, enlazando nuestras gloriosas tradiciones con el presente, auguran para el futuro días más prósperos que los que hoy, por desgracia, venimos pasando. El 2 de mayo de 1808 es una de esas jornadas que no se archivan sin más en los manuales de escuela; es una efeméride que nos recuerda que la identidad hispana (como bien subrayó Francisco Elías de Tejada) no nació en la comodidad ni en el cálculo, sino en la lucha.
Aquel lunes de primavera, 2 de mayo de 1808, cuando las sombras del Imperio napoleónico se cernían sobre la península, el pueblo de Madrid protagonizó la sublevación popular más honorable que consigna nuestra memoria nacional contemporánea. Alrededor de las nueve de la mañana, la multitud congregada frente al Palacio Real presenció un acto simbólicamente devastador: los últimos infantes de la familia real eran llevados hacia el exilio. El grito espontáneo «¡que nos lo llevan!» fue mucho más que una exclamación. Fue la chispa que encendió el fuego de la conciencia colectiva, y que recorrió las calles de la capital como fuego sobre pólvora aglutinando a miles contra Napoleón, contra la apostasía de muchos que servían en la causa del tirano, contra la desnaturalización de lo español y contra la imposición de un modelo político ajeno a nuestra tradición.
Fueron varios los hombres que hicieron despertar a las masas. Entre ellos los inmortales Luis Daoiz, Pedro Velarde y Jacinto Ruiz, a quienes hoy homenajeamos, como también a los alcaldes de Móstoles Andrés Torrejón y Simón Hernández, y otros tantos héroes anónimos, de los que descendemos los españoles que hoy habitamos el solar ibérico. La contrapartida fue que, Joaquín Murat, el lugarteniente de Napoleón y buen exponente de los militares embrutecidos por la Revolución Francesa, tomase venganza contra el pueblo y emitiese un brutal bando en el que avisaba de que cualquier español con un arma, por insignificante que fuera, debía ser fusilado; y todo edificio donde se asesinara a un francés, reducido a cenizas.
No fue una insurrección organizada, ni menos un golpe de Estado. Fue un estallido del alma de España, que comenzó en Madrid y que retumbó acto seguido en todas las provincias españolas en favor de la religión, de la patria y del rey. Fue una afirmación rotunda de nuestra identidad histórica. Frente a la usurpación revolucionaria que pretendía desarraigar al individuo de su tradición y someterlo al racionalismo abstracto, España respondió con una resistencia popular que conjugaba religión, monarquía y costumbres en una unidad indisoluble.
Esta fecha no solo recuerda el inicio de una guerra de armas. Fue una lucha de principios: los de España y su tradición e identidad, contra los de la usurpación y la revolución, por mucho que, por supuesto, el estímulo emocional de luchar contra Napoleón fuera el elemento común sin entrar en más consideraciones doctrinales. Por eso el historiador del XIX Juan Rico y Amat escribió «la idea única (…) que conmovía aquellas almas nobles y esforzadas, no era otra que la salvación de su fe, de su monarquía, de su independencia» o Jovellanos, para muchos el padre del conservadurismo español, quien escribió que «España lidia por su religión, por su constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra, por su libertad».
Fue una unión del pueblo, sin distingos de clase y condición, contra lo que sabían nos estaban arrebatando. Figuras como Agustina de Aragón, el cura Merino, el general Castaños o el valiente Palafox continuaron la obra iniciada en Madrid. La historia recoge tanto sus triunfos (como la inmortal victoria de Bailén o la heroica defensa de Zaragoza) como sus derrotas, entre ellas las de Ocaña o Medellín, ésta con más de diez mil españoles caídos. Pero todas, incluso las más dolorosas, nos enorgullecen al fortalecer el despertar de la conciencia nacional.
El libro de la historia (ese que tantas enseñanzas ofrece a quienes estudian sin sectarismos) nos ayuda en esta fecha a mantener vivo el entusiasmo patriótico con el que el pueblo se alzó. A rendir tributo no solo a los héroes que murieron, sino a la causa que los levantó. Ellos no combatieron por ideales abstractos, sino por la continuidad de una civilización. El sentir popular fue claro: expulsar de España al invasor que, para el pueblo, era también el enemigo de la religión, el que habría de encarcelar a dos papas y que amenazaba las instituciones más queridas por el alma española. España quiso conservar su espíritu. Resistió y venció. Y por eso, todavía hoy, esta gesta no pertenece al pasado, sino a la eternidad.
De hecho, fue España la que abrió el camino del colapso napoleónico. El esfuerzo descomunal de los patriotas hispanos, durante más de seis años de guerra, drenó recursos y moral al ejército más poderoso del continente. Aquel 2 de mayo no solo marcó el comienzo de la conocida Guerra de la Independencia, sino que fue el primer clavo en el ataúd del proyecto imperial de Napoleón, exiliado pocos años después en la isla de Santa Elena.
En mi opinión debemos un doble tributo a los héroes del 2 de mayo y a los que después les siguieron en los seis años de guerra. Por un lado, encontraron remedio aun de forma cruenta a los males en los que habíamos caído y, por otro, nos inspiran también sobre las consecuencias de los errores. Por eso el 2 de mayo no es solo una fecha: es una brújula. Nos señala el norte de una nación que, cuando se une en torno a sus principios fundamentales, es capaz de las mayores hazañas. Que su recuerdo no se disipe entre discursos huecos ni gestos ceremoniosos. Inspirémonos en su ejemplo, porque no hay destino más cierto y perdurable que aquél que se inspira en un pasado sólido y glorioso.
Ignacio Hoces es diputado de Vox en el Congreso de los Diputados y Vicesecretario de Acción Política