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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Lazarillo, Don Pablos, Guzmán de Alfarache... Zapatero

Contemplarlo haciéndose el escandalizado cuando en el Senado le restregaban sus andanzas constituyó todo un homenaje a la novela picaresca

Act. 03 mar. 2026 - 10:56

A mediados del Siglo de Oro surge en España un sorprendente subgénero literario, la novela picaresca, todo un revolcón de realismo cómico y agrio, que se contrapone a los idealizados relatos pastoriles y caballerescos, carentes de verdad.

El nuevo héroe –o más bien antihéroe– es un personaje de baja extracción social, que en una España llena de fulleros sobrevive instalado en la trampa. Zarandeado por los golpes de la vida, el joven pícaro va perdiendo sus escrúpulos. El truhan se ve involucrado en todo tipo de escenas descacharrantes, que nos arrancan una sonrisa, a veces de poso amargo. Pero los autores de las novelas mantienen también una veta moralizante. Presentan lo que han narrado como un mal ejemplo, que no debe seguirse. El propio protagonista así lo reconoce en su mirada retrospectiva a sus andanzas, que relata en primera persona.

Los tres pícaros universales de nuestras letras son Lazarillo de Tormes (1554), Guzmán de Alfarache (1559) y el Buscón Don Pablos (1626). El género acabó desapareciendo, pero la picaresca nunca se ha ido. En el Senado acabamos de ver a un personaje que con taimado descaro rindió todo un homenaje a los tres golfos clásicos citados. Con el agravante de que a diferencia de Lazarillo, Guzmán y Pablos, José Luis no es ningún hijo del arroyo, sino que nació en una cómoda clase media.

El buscón socialista, que ora volaba en aviones privados de la narcodictadura venezolana ora acometía embajadas sinuosas para la autocracia china, empleó en el Senado una de las más viejas y repetidas tácticas exculpatorias de todo pícaro acosado: negarlo todo. «Estas acusaciones son perversas y vergonzosas», «¡qué enormes falsedades!», se escandalizaba teatralmente el segundo peor presidente de nuestra democracia. Apareció Zapatero con el pelo blanqueado por los disgustos, muy airado por verse interrogado y hablando de sí mismo a ratos en tercera persona. Portaba el nuevo báculo parlamentario del tunante socialista del siglo XXI: unas gafas de distracción, de puro atrezo, como las que mostró también Don Pedro cuando se vio en similar trance (y que jamás se ha vuelto a calar).

Resultaba tragicómico ver al conseguidor, de 66 años, negándolo todo, para acto seguido acabar reconociendo que ha trincado 460.000 euros en concepto de supuestas asesorías para su amiguete Julio Martínez, detenido el pasado 11 de diciembre por sus chanchullos con Plus Ultra. La compañía de Martínez, Análisis Relevante, carecía de empleados, estaba domiciliada en su propio domicilio, solo tenía un cliente, Plus Ultra –la del extraño rescate gubernamental de 53 millones–, y sus únicos proveedores de servicios eran Zapatero y sus dos hijas (que recibieron 200.000 euros de Análisis Relevante).

Con toda esa cascada de evidencias encima, Zapatero se mostraba como un alma pura mancillada por las más viles acusaciones: «¡Falso de toda falsedad!», clamaba el cofrade de Maduro y Delcy, que cuando le preguntaron si había trabajado para Huawei respondió casi como si no supiese de la existencia de esa multinacional china.

Zapatero explicó que sufre una persecución, «una campaña de insultos y difamaciones», debido al «apoyo que realizo al presidente del Gobierno». Y se despidió en plan campeón, con un vaticinio que sonó a amenaza: «Ganaré» (le faltó cuantificar el importe de la comisión que ganará).

Siempre tuve una pésima opinión de Zapatero, el tipo que llegó al poder manipulando el dolor de un dantesco atentado, el atolondrado aprendiz de brujo que reabrió la caja de Pandora del separatismo y el guerracivilismo, el inventor de los «cordones sanitarios» a la derecha, el marrullero que confesaba a Gabilondo que «nos conviene que haya tensión», el arquitecto de la gran traición socialista ante ETA, el irresponsable que nos engañó tras la crisis subprime, el sectario que puso en marcha la ingeniería social que ha completado Sánchez, el presidente felón que negocia con Puigdemont a oscuras y lo adula ante las cámaras.

Siempre me pareció un político infame. Pero ahora ya me parece algo más. Y el calificativo lo dejo a su imaginación, porque seguro que aciertan.

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