Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Vox no perderá un voto por Ortega y Antelo

El partido de Abascal recoge el hartazgo con la inmigración irregular, un fenómeno político común a todo Occidente y que supera los personalismos

Act. 07 mar. 2026 - 15:57

Tras la tremebunda catástrofe de la II Guerra Mundial, Occidente vivió lo que el perspicaz economista austríaco Schumpeter denominaba una «destrucción creativa». Habíamos dejado el mundo hecho puré y había que reconstruirlo, lo cual se tradujo en la enorme bonanza que disfrutaron las clases medias de Estados Unidos y Europa Occidental en los años sesenta, setenta e incluso buena parte de los ochenta.

Pero a partir de los noventa, la prosperidad comienza a mudarse a Asia. Los trabajadores occidentales empiezan a perder poder adquisitivo y a temer que sus hijos acaben viviendo peor que ellos. Se esfuma la ilusión del crecimiento perpetuo y se va enquistando un creciente malestar, agravado por tres novedades que lo enconan: 1.- La llegada a Occidente de una inmigración masiva y descontrolada, que cambia la faz de las calles de siempre, aumenta la inseguridad, sobrecarga los servicios sociales y crea roces de integración. 2.- El aumento de la desigualdad, porque la economía digital resulta menos distributiva. 3.- El desconcierto ante el fenómeno de la globalización, que hace que mucha gente corriente sienta que se está quedando rezagada y que los nuevos amos del universo levitan por encima de los mortales y se han olvidado de ellos.

En el caso concreto de España hay que añadir un cuarto factor de malestar: muchos españoles están muy enojados –y con toda la razón– al ver que su país, debido a la felonía de la izquierda, está siendo mangoneado por unas formaciones separatistas que odian a la nación española y que son minoritarias en su conjunto.

Los partidos occidentales tradicionales no han logrado dar respuesta al justificado malestar de tantas personas que sienten que las cosas están yendo a peor (y arreglarlo puede que sea en realidad misión imposible, porque estamos viviendo un giro histórico de trasvase de la riqueza a Asia y de creciente gandulería de los occidentales). Como consecuencia de esa desazón social, surgen a izquierda y derecha partidos de ideario rotundo, que denuncian y desprecian la «fallida» política tradicional, que ofrecen soluciones infalibles e integrales y que aseguran encarnar a «la gente», o al «pueblo», frente a unas élites, o «castas», que consideran ineficaces y corruptas. Son partidos de dialéctica dura, propensión a la brocha gorda y poco amigos de bajar al fatigoso detalle de los números y las reglas. Respetan el marco democrático, pero se muestran enormemente críticos con su estado actual y prometen borrón y cuenta nueva.

Con todo su derecho, muchas personas que están hasta las narices abrazan la esperanza que les ofrecen estos nuevos partidos de ideario y formas contundentes. Creen que hace falta propinarle una patada en la espinilla al sistema con lo más rotundo que haya en el mercado político. Crece así una bolsa de voto de protesta, que captan unos nuevos partidos que muchos estudiosos han definido como «populistas».

En la franja de la derecha, el problema cierto de la inmigración irregular se ha convertido en el gran banderín de enganche. Esa preocupación explica en buena medida el enorme estirón electoral de Meloni, Le Pen, la AfD o Farage, que dirigen unas formaciones nacionalistas –«patriotas», en su terminología–, que propugnan volver la mirada al terruño y desengancharse de unos proyectos cooperativos europeos que tachan de «globalistas».

En España, el partido que encarna ese ideario hoy pujante es Vox. Ante el excesivo giro al centro del PP, se benefician además de que se han quedado como el partido dispuesto a dar con fuerza la batalla de las ideas contra la (falsa) superioridad moral de la izquierda y su 'wokismo'. Son también los que trazan una línea roja ante el separatismo (por cierto, tremendo error de Feijóo aceptar como posibles interlocutores al partido golpista de Puigdemont y a la formación chupategui del árbol y las nueces).

Cuento todo esto para concluir que a Vox no le va a restar un solo voto la expulsión de Ortega Smith, o el lío con Antelo en Murcia. Se puede discutir si ha sido elegante echar al que fue tantos años tu amigo del alma, socio fundador, secretario general desde 2016 a 2022… Pero a efectos prácticos, en las urnas no habrá consecuencia alguna. Del mismo modo que Vox continuó subiendo tras las sonadas marchas de Olona, Espinosa, Rocío Monasterio, Gallardo… Están con el viento a favor, en la cresta de la ola de un voto protesta que recorre toda Europa. En estos momentos les iría bien aunque se quedasen reducidos a Abascal, el conserje de la sede de Bambú y el asesor y estratega en jefe Méndez-Monasterio, porque lo que importa es la marca.

El problema de Vox no son las deserciones y las peleas internas, aunque el espectáculo no resulte a veces demasiado edificante. Su desafío de verdad llegará cuando tengan que pasar de las musas al teatro y empezar a concretar y hacer real aquello que hoy prometen viendo los toros desde la barrera. Aunque ciertamente mejorar a una calamidad como Sánchez parece tarea sencilla.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas