Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El ridi de Maroto con Clara Campoamor

El problema no es ya que se equivoque, una vez más, llamando vandalismo a lo que eran unos excrementos de palomas, sino que ni siquiera pide disculpas

En medio de las tensiones de la fallida II República hubo gente que supo estar en su sitio. Clara Campoamor Rodríguez era una madrileña de Malasaña de 43 años, bajita, de rostro redondeado, pelo negro encrespado, cejas tupidas y mirada entre fosca e intensa. Era diputada por el Partido Radical, una republicana liberal e izquierdista.

A diferencia de las otras dos mujeres del Congreso de la II República –la socialista Victoria Kent y la republicana de izquierdas Margarita Nelken, ambas de cuna cómoda–, Clara era hija de un contable y una costurera. A los diez años se había quedado huérfana. A los trece se vio obligada a empezar a trabajar: costurera, dependienta y luego funcionara de Telégrafos. Ya metida en la treintena logró completar el Bachillerato y la carrera de Derecho.

Clara Campoamor batalló sola por el voto femenino. Victoria Kent, del PSOE, se opuso. También Margarita Nelken. El argumento de la izquierda para rechazarlo era de mero cálculo electoral: la mujer, «entregada al confesionario», se dejaría influir por los curas y votaría contra los intereses republicanos. Por lo tanto, mejor prohibirles el voto. La derecha apoyó a Campoamor. Votaron en contra del sufragio femenino el partido de la propia diputada, el Radical Socialista, y la Acción Republicana, del hoy erróneamente glorificado Azaña, quien despreciaba el sufragio femenino como «una tontería». En el PSOE hubo división de opiniones. Cuando finalmente ganó la propuesta de Campoamor, por 161 votos contra 131, el socialista Indalecio Prieto abandonó iracundo el hemiciclo exclamando que aquello era «una puñalada a la República».

«Estoy tan alejada del fascismo como del comunismo. Soy liberal», zanjaba la templada feminista Campoamor. Ni roja ni azul. Su conciencia bien aquilatada la llevó a denunciar los crímenes de las checas republicanas en 1936. Sintiéndose amenazada en el descontrol del Madrid frentepopulista, huyó a Levante y de allí pasó a Suiza. Convertida en paria para los dos bandos, inició un exilio sin retorno en Argentina y Suiza, malviviendo como literata. Murió de un cáncer en Lausana, con 84 años y bastante olvidada. Defendía el imperio de la ley y detestaba el extremismo. No era lo que se estilaba en su etapa. Y ahora parece que tampoco.

El PSOE, que trató mal a Campoamor en vida, la venera hoy con un cinismo oportunista. En Madrid es recordada con un busto, que amaneció manchado en la víspera de las manifestaciones feministas del 8-M. Reyes Maroto, que fue una invisible ministra de Industria de Sánchez y que luego pinchó en Madrid como candidata en las municipales, expresó de inmediato su indignación a través de las redes: «Así está el busto de Clara Campoamor, vandalizado con pintura. No es solo un ataque al patrimonio, es un ataque a la memoria de quien luchó por los derechos de las mujeres y por nuestra democracia. Mañana es más importante que nunca llenar las calles de Madrid y de toda España de morado. Frente al odio y la intolerancia, más igualdad, más memoria y más feminismo».

Copio el párrafo porque constituye toda una pieza cómica, pues en realidad no hubo acto vandálico alguno. Las manchas de la estatua eran cagarrutas de pájaros. Huelga decir que Maroto no ha borrado el tuit del error, ni ha pedido disculpas por su bulo, que arrastró también al Ayuntamiento de Madrid.

Reyes Maroto, licenciada en Económicas y profesora universitaria, es la misma fenómena que cuando comenzó la erupción del volcán de La Palma comentó que «el espectáculo maravilloso de la naturaleza» podía constituir «un reclamo para el turismo», al estilo «de Islandia». Es también la victimista histriónica que en abril de 2021, a una semana de las autonómicas madrileñas, se presentó como amenazada de muerte y mostró disgustadísima unas fotos de una «navaja ensangrentada» que había llegado en un sobre a su Ministerio. Resultó que el sobre tenía escrito en el remite el nombre y la dirección del autor del macabro envío, que resultó ser un pobre enfermo esquizofrénico. Pero la ministra lo vendió como un ataque ultra, con el objeto de obtener un rendimiento electoral.

Esta intrépida señora, que derrapa más que los sucesivos cacharros de Fernando Alonso, ahí sigue, porque el nivel de la clase política se ha vuelto bastante ínfimo. Todo vale.

(PD: Un recuerdo y una oración para la memoria y el arte del columnista Raúl del Pozo, que ya estará allá arriba con Ussía, compartiendo en la paz eterna risas, anécdotas y algún güisquito).

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas