Dos aplausos y una ovación: primera visita del Papa a España
Cansados de tensiones guerracivilistas, artificiales, necesitábamos una palabra capaz de impulsar de nuevo la colaboración reconciliada entre la inmensidad de hombres y mujeres en nuestra Nación. Y la obtuvimos.
El Rey, Felipe VI, sonreía en Cibeles a León XIV, mientras exclamaba: «¡Madrid se ha portado!». La ciudad inauguraba con alegría la expresión masiva de fe leal de la inmensa mayoría de los españoles que emergió en la Visita.
Incontables madres jóvenes, a menudo universitarias, acercaron sus bebés al Pontífice: buscaban la señal de la Cruz del Papa en la tranquilidad de aquellas pequeñas frentes, para reforzar su natural apertura fiel a Nuestro Señor, siempre Padre, y en consecuencia a esa felicidad que no se acaba. Lo lograron.
Convergía además otra esperanza: cansados de tensiones guerracivilistas, artificiales, necesitábamos una palabra capaz de impulsar de nuevo la colaboración reconciliada entre la inmensidad de hombres y mujeres en nuestra Nación. Y la obtuvimos.
Primer aplauso
La voz del Papa dijo en España: «No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo».
¿Cómo?: los españoles sabemos que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que nos genera estabilidad y prosperidad. También S. M. el Rey ha puesto de relieve en numerosas ocasiones, -como insiste ahora el Papa con toda la Gracia de Dios- que hemos de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y hacer de la escucha y del diálogo el terreno común.
León XIV nos reclamó como españoles -y a la humanidad entera- que saliéramos de mundos cortos y nos comprometiéramos con el bien común, actitud no negociable. «Bien común» entendido como forma social de la dignidad humana.
Resultado: interlocución inmediata del Papa con la gente, que llevó -sin entusiasmos ingenuos, ni miedos- a aguas profundas. León XIV, Maestro, subrayó que la dignidad de la persona pertenece a todo hombre, simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios: en consecuencia, ningún pecado, ningún fracaso, ninguna humillación, ninguna exclusión puede afectar al valor profundo de una vida humana que Él ha querido y llamado al ser. Los derechos humanos son la traducción histórica de esa dignidad intrínseca de cada persona.
Planteamiento realista y por tanto sobrenatural, de una fertilidad pasmosa. Señalaré a continuación cinco efectos en la propia doctrina papal: los españoles miramos al ser humano no como una pieza del orden social, económico o político, sino como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio están sujetas tanto esas estructuras como la acción legislativa.
Una ley alcanza su verdadera grandeza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.
En otras palabras, toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural; cuando esta certeza se oscurece, la ley pierde su significado más profundo.
Igualmente, pertenece a los padres el derecho primario e inalienable a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas.
Del mismo modo, en España desde la Escuela de Salamanca nos preguntamos cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza: el Papa insiste en que la verdadera seguridad nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al Derecho Internacional y de una política capaz de poner los intereses de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra.
En suma, concluyo, el catolicismo es antídoto de tiranías estalinistas, nacionalsocialistas, meramente autocráticas o corrupciones de la democracia y nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional o sin preocuparnos por las instituciones de la sociedad civil.
Segundo aplauso, monumental.
Ese asombro de inteligencia y corazón que es San Agustín escribía: «porque nos has hecho, Señor, para Ti, nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» y León XIV subrayaba que ningún mal se queda para siempre en nosotros, si quien confía en la Gracia se deja guiar por ella, que nos da la fortaleza para cambiar decisiones y elecciones anteriores erradas.
Acodados en la balaustrada de la doctrina expresada por el Papa los españoles entendimos que podemos acudir precisamente a la escuela de fe auténtica que es la vida de nuestra gran Nación, desde las invaluables ayudas prestadas a nuestra evangelización por el Señor Santiago y la Señora del Pilar, fuerza teológica radicada en la misión misma de los Apóstoles y en la Venida del Espíritu Santo. Ni más, ni menos.
Supimos que la verdad, única y multifacética, es más grande que tú. Puede, por tanto, iluminar tu inteligencia, si se lo permites. Empieza así un diálogo con el Otro y con los demás que lleva a una honda purificación. ¿De qué manera? El Papa ofreció tres:
silencio: pensé en la quietud de todos los Sagrarios, en un banco vacío delante;
Dios escucha: conoce bien tu voz, siempre responde incluso en la noche interior: «¡Oh noche, que guiaste! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!»;
y la tercera, la Iglesia -unidad en la diversidad- te guarda. E -implícito- te devuelve a la paz mediante la Confesión al sacerdote, como vimos durante la Visita. Tan fácil.
Ovación al Papa. De pie. A todas luces inmensa.
José-Andrés Gallegos del Valle es Embajador de España