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LA EDUCACIÓN EN LA ENCRUCIJADAFrancisco López Rupérez

Las metapolíticas en Educación

Si estamos interesados en la calidad de nuestro sistema educativo y preocupados por su mejora, la identificación de las metapolíticas y la consideración de su impacto sobre el plano inferior de las políticas no es una cuestión baladí

Las políticas educativas constituyen un tipo particular de políticas públicas, es decir, de directrices o iniciativas de los gobiernos que orientan la acción de una institución hacia el futuro y permiten transformar la visión en resultados que beneficien el interés general. Frecuentemente, las políticas se articulan en reformas que se formulan mediante normas, y se implementan, y en su caso se evalúan, por los administradores de la educación, o por sus profesionales. Las políticas centradas en el profesorado –que comportan el establecimiento de directrices sobre el modo que se accede a la profesión docente, así como la definición del desarrollo profesional del profesorado y del papel que han de desempeñar en él la formación permanente, la evaluación, los incentivos y la promoción – constituyen un ejemplo de la riqueza potencial de las políticas educativas.

Pero junto con las políticas, operan en Educación lo que hemos denominado las metapolíticas. El prefijo meta posee resonancias topológicas, o de lugar, y nos recuerda su uso en filosofía. Tal y como aprendimos en el Bachillerato, la Metafísica era el tomo o rollo de papiro de la extensa colección aristotélica que se ubicaba, después de los ocho de la Física –según la ordenación de Andrónico de Rodas–, en la estantería que contenía la primera edición de la obra completa de Aristóteles. Así que las metapolíticas vendrían a ser lo que está más allá de las políticas. Pero a fin de facilitar una mejor comprensión de su significado, cabe adoptar aquí el más allá no en un plano horizontal, sino en otro vertical; de modo que las metapolíticas educativas son las visiones o concepciones más generales que están por encima de las políticas, que influyen sobre ellas y que las condicionan notablemente.

Hay distintos tipos de metapolíticas en Educación: las de naturaleza instrumental y las de carácter esencial. En el primer caso, estamos ante orientaciones sistemáticas para concebir y desarrollar políticas educativas. En el segundo, nos encontramos, sin embargo, ante elementos más profundos de la visión que trascienden lo instrumental y les dotan de un significado intelectual, moral o político. No obstante, quizás sea esta distinción –efectuada con fines didácticos– una mera ilusión analítica, y ambas modalidades estén conectadas entre sí más de lo que, a simple vista, pudiera parecer.

En todo caso, si estamos interesados en la calidad de nuestro sistema educativo y preocupados por su mejora, la identificación de las metapolíticas y la consideración de su impacto sobre el plano inferior de las políticas no es una cuestión baladí, tanto más cuanto que tales condicionantes suelen operar en la sombra, de forma tácita o subrepticia, haciéndose únicamente evidentes a partir de un detenido análisis crítico.

Es posible señalar tres tipos de condicionantes esenciales de las políticas educativas: los ideológicos, los epistemológicos y los psicológicos.

Los condicionantes ideológicos constituyen una combinación de pensamiento y sentimiento, de cognición y emoción, del mundo de la razón y la esfera de las convicciones, y por ello se desenvuelven de la mano tanto de argumentos, como de opciones personales. Pero como ha advertido, sobre una base neurocientífica, Leor Zmigrod en su libro «El cerebro ideológico. La nueva ciencia de la neuropolítica», hay ideologías que restringen la vida mental de sus seguidores y les convierten en sujetos cognitivamente poco flexibles. Esa situación es fácilmente reconocible en Educación. Como han señalado T. Burns y F. Köster en una monografía de la OCDE, «La Educación es un campo con unas creencias a priori fuertes, intensamente vinculadas a nuestras identidades y a nuestras experiencias (…) que producen opiniones sobre lo que funciona y lo que no, no alineadas con los hallazgos de la investigación.»

Por tal motivo, ante cualquier reforma educativa, se hace necesaria una reflexión de fondo sobre sus condicionantes ideológicos que permita, en el terreno de los principios, diferenciar lo esencial de lo accidental; que retenga, a un tiempo, su capacidad de adaptación y su potencial orientador; que sea capaz de dar una respuesta efectiva a las nuevas necesidades, y de conservar, no obstante, ese núcleo de valores que ha otorgado sentido a la educación en el seno de la tradición humanista de la civilización occidental.

Los condicionantes epistemológicos, por su parte, conciernen a la concepción que se tenga sobre las relaciones entre conocimiento y realidad, en este caso entre la formulación de las políticas educativas y el valor atribuido a las evidencias. Desde un enfoque racional, tales evidencias empíricas tendrían que servir para orientar las políticas y, en su caso, para modificarlas, ajustándolas a los hechos observados. Pero los condicionantes epistemológicos son con frecuencia tributarios, además de la ignorancia, de los propiamente ideológicos y, en ciertos casos, padecen esa rigidez cognitiva a la que alude Zmigrod.

Finalmente, los condicionantes psicológicos de los actores de la educación, principalmente de los responsables de las políticas educativas, constituyen un tercer tipo de metapolíticas que están vinculadas con las anteriores debido a la reconocida conexión existente entre psicología e ideología. Y no solo porque para algunos autores, como la propia Zmigrod, las ideologías son en sí mismas fenómenos psicológicos, en la medida en que se fijan en nuestro cerebro y afectan a nuestra conducta, sino porque existe, además, una evidencia empírica robusta sobre su dimensión genética. Y es que la heredabilidad de las posiciones ideológicas izquierda-derecha se sitúa entre un 40% y un 50%; o dicho en otros términos, y sin perjuicio de la influencia del ambiente, la genética explicaría cerca de la mitad de la variabilidad entre las personas, en relación con sus postulados políticos.

Estamos, pues, ante un entramado complejo de influencias metapolíticas de las reformas educativas que hace por ello más necesario, si cabe, potenciar el enfoque de las políticas y de las prácticas basadas o informadas por evidencias. Y no solo por su reconocido impacto directo sobre la probabilidad de acertar a la hora de impulsar la mejora, sino también porque estaríamos ante los únicos mecanismos intelectuales capaces de reconducir los condicionantes ideológicos, de alejarnos de sus efectos no deseados y de aproximarnos a la flexibilidad cognitiva, a la adaptación a las exigencias del contexto y a la senda del respeto por los hechos.

Como ha subrayado S. Pinker, al describir el conflicto cognitivo basado en la ideología, y su solución, los posicionamientos ideológicos tienden a resistir, una y otra vez, las pruebas en contrario de la evidencia. Pero habida cuenta de que la racionalidad del ser humano es un instrumento cognitivo que nos mantiene en contacto con la realidad, lo más probable es que, a medida que se acumulen los hechos que contradicen nuestras posiciones ideológicas, se incremente la disonancia cognitiva hasta alcanzar un punto en que nuestros esquemas ideológicos –o una parte de los mismos– terminen por quebrar. Es éste un fenómeno al que Pinker denomina «punto de inflexión afectiva» y que nos aporta un hálito de esperanza.

  • Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC y expresidente del Consejo Escolar del Estado

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