EditorialLa Voz de Córdoba

De feria

La Feria de Nuestra Señora de la Salud marca el final de uno de los meses más largos del calendario en España: el mayo cordobés, que empieza en abril con la Cata del Vino Montilla-Moriles, para seguir con las Cruces, el Festival de los Patios y, finalmente, esta feria que comenzó el pasado viernes y que, sin tener la repercusión mediática de la de Sevilla o Jerez, sí es una cita ineludible para quien quiera disfrutar de una feria andaluza abierta, llena de matices y distintos ambientes, sin perder la personalidad propia de esta región.

Curiosamente, o quizá no tanto, llevamos muchos años en Córdoba sin saber qué hacer con la feria, pero sin dejar de hacer cosas en ella. Y, sobre todo, buscando un modelo definitivo que se resiste porque el consenso para ello —y más en una feria siempre contada según les va al feriante y al feriado— es más una entelequia asegurada que un logro ‘de ciudad’, como gusta decir a los cursis. Este es el año, por ejemplo, del entoldado amplio y extenso para un recinto que hace honor a su nombre, El Arenal (y no ‘El Bosque’), porque en sus 30 años de existencia se ha demostrado particularmente árido para la arboleda y para los planes municipales dedicados a buscar sombra natural o artificial.

Espacio este que también ha sido termómetro y notario del cambio de usos y costumbres de la gente y su concepto del ocio; de las modalidades en los negocios de hostelería; del tipo de gestión casi amateur y volcada en la solidaridad que decidió profesionalizarse; de la debilidad del denominado movimiento vecinal en una sociedad cada vez más individualizada; de los propios equipos de gobierno municipales y su impronta ideológica; y hasta del dudoso cambio climático, si me apuran, porque parece que el calor es algo nuevo, sobrevenido de unos años a esta parte, como si antes no fuera fiel compañero desde mediados de mes en una ciudad donde nunca existió el entretiempo.

La feria se ha mostrado a lo largo de su historia como la cita festiva donde todo cabe: la diversión, las tradiciones, las vanidades, la innovación, el negocio —como siempre—, las primeras veces, el ruido y la bulla, los caballos, los jinetes, los carruajes, la amistad, las familias, los forasteros, la avaricia, lo sencillo y, sobre todo, los niños. Siempre ha permanecido la hospitalidad. Nunca ha sido una feria exclusiva ni tampoco chabacana. Los cordobeses abren sus casetas con generosidad y otras se muestran más reticentes —de todo tiene que haber en una feria verdaderamente plural—, pero porque albergan a familias y amigos que contribuyen durante todo el año para poder disfrutar de un rincón merecido y propio.

En cualquier caso, nadie se siente extraño en este colofón festivo cordobés. El mes festivo más largo de España. Si tiene oportunidad, acérquese por aquí y olvídese por unas horas o unos días de que fuera de este recinto hay quienes nos siguen robando, usando prebendas e influencia, información privilegiada y dinero público, esquilmando no solo el buen nombre de una nación, sino la decencia y el trabajo de otros muchos que solo desean vivir bien y en paz. Como los cordobeses en estos últimos días de mayo.

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