La pedradaBartolomé Madrid Olmo

Savater, la felicidad, Groucho Marx y un Gobierno enemigo

En estos días de un agosto más complicado de lo habitual, con acontecimientos trágicos o, en el mejor de los casos, muy preocupantes, tales como la invasión de Ceuta, los incendios que arrasan miles de hectáreas y las expectativas vitales de muchos españoles, el inquietante episodio sísmico de Granada, las lluvias torrenciales y el impacto letal de otra DANA, o los posibles ajustes de cuentas relacionados con el narcotráfico que se llevan por delante la vida de personas inocentes, me ha llamado la atención un artículo que hace referencia al ensayo de Fernando Savater Jardines interiores, en el que aborda un tema tan traído y llevado como es la felicidad.

Afirma el filósofo donostiarra que «el secreto de la felicidad es tener gustos sencillos y una mente compleja» y que el problema surge cuando la mente es sencilla y los gustos son complejos. Defiende Savater la idea de que la verdadera felicidad no está en acumular deseos, sino en saber pensar y distinguir lo que genuinamente satisface. Sostiene el autor del artículo que la clave filosófica del ensayo está en el rescate de la tradición epicúrea, la cual establece que los deseos verdaderamente necesarios son pocos y accesibles, y que el sufrimiento comienza cuando confundimos lo prescindible con lo imprescindible.

Llegados a este punto y teniendo en cuenta lo que acontece en la esfera gubernativa nacional, no puedo evitar asociar esta disertación sobre la felicidad con Sánchez y su tropa, para sentir una muy peculiar consternación compasiva, ya que jamás disfrutarán de la verdadera felicidad que Savater promulga, porque desde los principios de su tiempo han compartido una red neuronal sencilla, no cultivada, no apta para pensar y centrada, sin escrúpulo alguno, en la consecución de un sistema complejo de insaciables deseos con el único objetivo de mantenerse en el poder y disfrutar de sus prebendas.

Deseos complejos que obligan a mantener una mayoría parlamentaria en continuo proceso de descomposición, que exigen una dedicación que imposibilita respuestas adecuadas a las necesidades que el devenir diario genera y que abocan a vivir permanentemente en un proceso de prórroga política corrupto y mafioso. Así, la tan cacareada resistencia ha desplazado, sin reparos y sin el mínimo ejercicio de autocrítica por parte de los grupos políticos que conforman el Gobierno, al baúl irónico de Groucho Marx la ejemplaridad, la decencia y la dignidad que invocaron para justificar la moción de censura a Mariano Rajoy, siendo imposible encontrar en la historia reciente de las democracias occidentales ejemplos de similar hipocresía política y de un pragmatismo tan extremo que relega por norma lo prometido a la conveniencia del momento.

De esta forma, la famosa frase, atribuida al cómico de bigote y cejas pintadas, sobre la efímera vida de los principios de las personas: «Estos son mis principios; si no les gustan, tengo otros», queda en una pintoresca anécdota de oportunismo frente a la reedición que de ella hace el sanchismo: «Estos son mis principios; si no me convienen, tengo otros».

En definitiva, podemos inferir que tenemos un Gobierno de mente sencilla y de gustos complejos. Esto se traduce en la incapacidad para presentar Presupuestos Generales del Estado, abordar con prontitud y solvencia las catástrofes naturales, impedir la invasión que ha sufrido el pueblo de Ceuta o dar una solución contundente a la impunidad de los narcos, a la vez que se cede sin titubeos a las exigencias de quienes mantienen tensa la cuerda de los deseos convirtiendo los equilibrios precarios, las negociaciones opacas y las malas artes de la política en algo habitual. Aquí, precisamente, reside el gran peligro al que se enfrenta la España del siglo XXI, porque, si resistir, no gobernar, no aprobar, no ejecutar, no rendir cuentas y no someterse al control democrático obligatorio se instalan soporíferamente en la conciencia colectiva, entonces tendremos un gran problema.

Pero, es más, si esta distópica forma de gobernar encuentra refugio en el visceralismo ideológico, las neuronas gástricas, la nueva urna que prepara la maquinaria sanchista, el servilismo mediático interesado y en la acéfala confusión entre hastío y apatía, entonces tendremos el problema en mayúsculas.

Se puede entender que ocho años en los que el escándalo de un día solapa al del día anterior puedan causar hartazgo. Podemos asumir que la incomprensión de que tanto golferío gubernativo no tenga consecuencias inmediatas genere desafección hacia la política, pero jamás podemos permitir que la incompetencia y el desgobierno encuentren amparo en la desidia y el olvido.

En Ceuta, el sanchismo ha hecho alarde de su modus operandi persiguiendo sus complejos y abyectos deseos. Ministros y ministras han caído, como las cuentas de un rosario, en `La Perla del Estrecho´ durante el mes de agosto llenando de contradicciones, mentiras y falsas acusaciones sus calles y rincones. No se sabe qué tipo de felicidad han perseguido y conseguido, pero si está muy claro que a una inmensa mayoría del pueblo ceutí le han arrebatado la suya, sumiéndola en la más absoluta sensación de desamparo.

En Ceuta, el sanchismo ha llevado a cabo una contundente reivindicación de su infame trayectoria. En Ceuta, han coronado sobrados la cima de su ineptitud y de algo más, con mención honoris causa para la indigna Ministra de Sanidad. En Ceuta son necesarias muchas explicaciones y una verdad que nunca nos contará este Gobierno.

De momento, me quedo con la conclusión a la que llega mi compañero Javier Celaya, diputado por Ceuta, tras preguntarse cómo ha sido posible lo ocurrido: «¡En España nos gobierna el enemigo!».

Bartolomé Madrid Olmo es Diputado nacional y alcalde de Añora.

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