firma invitadagiuseppe aloisio

La sonrisa de María

«Es su manera de proteger a los suyos para que nunca sientan el peso de sus renuncias, de sus esperas o de sus ausencias»

Nació en Catania (Sicilia) en 1933. Tenía seis años cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial y diez cuando los aliados desembarcaron en Sicilia. La guerra atravesó su infancia como atravesó la de millones de niños europeos y la hizo formar parte de una generación que aprendió demasiado pronto que la vida podía cambiar de un día para otro. Una generación que conoció el miedo, la escasez y la incertidumbre antes incluso de saber ponerles nombre.

Pero esta no es una historia sobre la guerra. Es la historia de una sonrisa.

De joven aprendió a coser, casi de reojo, sin preguntar demasiado, solo observando las manos de su madre y de su hermana mayor. Miraba, aprendía y guardaba el oficio sin saber que algún día tendría que volver a buscarlo. El oficio de costurera quedó después aparcado cuando, a los 27 años, se casó y comenzó a construir una familia. Llegaron cinco hijos y, con ellos, una vida entera dedicada a los demás. Como tantas mujeres de su generación, hizo de la familia su profesión sin nómina, sin horarios y sin jubilación.

Y cuando hizo falta, recuperó la costura. Las manos recordaban lo que los años no habían conseguido borrar. Había que ayudar, había que salir adelante y se hacía. Sin darle importancia. Sin quejas. Todo por la familia.

La vida familiar tampoco fue siempre sencilla. Desde muy pronto hubo cuidados que exigieron más tiempo, más atención y una paciencia que hubo que aprender sobre la marcha. Ella y Nino, su marido, afrontaron aquello con pocos medios y menos respuestas, en una época en la que muchas situaciones se resolvían como se podía, casi siempre dentro de casa. Hubo sacrificios, renuncias y preocupaciones que apenas trascendieron aquellas paredes. Y siguieron adelante.

La vida, sin embargo, aún les reservaba una prueba para la que nadie puede estar preparado.

Perdieron a su hija mayor.

Difícilmente puede existir un dolor comparable al de unos padres que tienen que enterrar a una hija. Hay dolores que no pasan. Cambian de lugar, se hacen silencio, pero permanecen. Aquella muerte partió en dos la historia de todos. Una vida trágicamente interrumpida, muchos sueños rotos en pedazos y una ausencia que desde entonces nunca dejó de ocupar un lugar en aquella mesa.

Nunca fue una mujer profundamente religiosa. Y cuando llegó aquel momento, la fe tampoco pudo ofrecerle todas las respuestas que necesitaba. Hay dolores que dejan pequeñas todas las palabras de consuelo.

Pero había que seguir.

Y siguió.

Con una sonrisa.

No una sonrisa ingenua. Tampoco la sonrisa de quien ha olvidado. Todo lo contrario. Quizá su sonrisa sea precisamente la forma que encontró para convivir con lo que nunca podría olvidar.

Pertenece a una generación que convirtió la resistencia en algo cotidiano. Mujeres que no hablaban de resiliencia porque sencillamente la practicaban. Que hicieron frente a las dificultades sin convertirlas en el centro de sus vidas. Que aprendieron a esperar, a renunciar, a cuidar y a empezar de nuevo tantas veces como fuera necesario.

Dos de sus hijos viven fuera. Construyeron lejos de ella sus propias familias, sus casas, sus trabajos, sus vidas. Y siempre vivió con alegría que cada uno encontrara su camino, aunque ese camino los llevara lejos. Seguramente cada partida dejaba detrás un silencio que nunca quiso reprocharles.

Tiene cinco nietos que van a verla siempre que pueden, cada uno con sus obligaciones, sus distancias y sus circunstancias. La tecnología ha venido, al menos, a hacer un poco más cortas las ausencias. Ahora las separaciones se combaten con videollamadas que se afana en contestar deslizando los dedos sobre esas pantallas caprichosas que no fueron diseñadas pensando en los dedos de una abuela.

Y llega el verano.

Entonces la casa vuelve a llenarse. Gente que llega, maletas, voces, puertas que se abren y se cierran, conversaciones cruzadas, comidas que se alargan. Disfruta primero de la espera. Después, de la casa alborotada. De los caprichos de una mesa que vuelve a estar de fiesta. De saber que, durante unos días, los suyos vuelven a estar cerca.

Después llegan las despedidas.

La casa recupera demasiado deprisa su silencio. Las maletas vuelven a salir por la puerta y cada uno regresa a su vida. Ella se queda triste. Se le nota aunque trate de esconderlo.

Y vuelve a sonreír.

María

María

Quizá porque ha pasado una vida entera entrenando la paciencia. Y todavía la entrena. Porque hay cuidados que no terminan cuando los hijos crecen, responsabilidades que los años no aligeran y cruces que una madre sigue llevando en silencio, sin preguntar cuánto pesan ni cuánto camino queda.

Quizá porque aprendió hace mucho tiempo que querer también significa dejar marchar, pero también permanecer cuando alguien necesita que permanezcas. Quizá porque esa sonrisa es su manera de proteger a los suyos para que nunca sientan el peso de sus renuncias, de sus esperas o de sus ausencias.

Todo le parece bien. Nunca quiere molestar. Nunca quiere preocupar. Ninguna queja.

Y, sin embargo, detrás de esa aparente sencillez hay una mujer que ha conocido la guerra, que levantó una familia de cinco hijos, que recuperó su oficio cuando fue necesario, que vio marcharse lejos a algunos de ellos y que soportó el golpe insoportable de perder a una hija.

Y sigue ahí.

Con su sonrisa.

Una sonrisa de complicidad cuando te mira. De amor cuando llegan los suyos. De ternura cuando observa a sus nietos. Y también, seguramente, de una cierta melancolía cuando la casa vuelve a quedarse vacía.

Durante muchos años uno piensa que son sus padres quienes se sienten orgullosos de sus hijos. Con el tiempo descubre que también ocurre al revés. Y yo lo estoy. Profundamente. Porque ahora entiendo que aquella sonrisa que siempre estuvo ahí no era simplemente su carácter. Era su fortaleza. Su manera de enfrentarse al mundo. Su forma de decirnos, incluso en los peores momentos, que podíamos seguir adelante.

Esa mujer se llama María.

Es mi madre. El próximo 2 de septiembre cumplirá 93 primaveras. Ojalá la vida me permitiera seguir contando muchas más. Y, puestos a pedir, ojalá pudiera quedarse para siempre. Ella y su sonrisa.

Giuseppe Aloisio, el orgulloso hijo de María.

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas