Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

Domingos en chándal

Los domingos suelo sacar el chándal del fondo de armario para salir a pasear por el barrio. Un escándalo. Busco, quizás, epatar al personal con este atuendo tan ya no necesariamente deportivo. Actualmente, existen diversos modelos de chándal en el mercado, de todo tipo, diseño y precio. El abanico va desde el mítico chándal de mercadillo, pasando por el gris así gordote, y acabando en el «outfit» de marca de señora y del que no se sabe bien qué es: si un Louis Vitton rebajado o un pijama extrasensorial. Yo, por mi parte, soy más de chándal clásico: uno ochentero adidas azul marino a tres bandas blancas, estilo Sport Billy; elegante que es uno.

Me vino a la testa el dichoso asunto chandalero al toparme, hace unos días, con el túnel del terror que todos los años se instala en calle Cruz Conde, siempre por Navidad. Deambulaba uno distraído con mis sesudos pensamientos por el Centro -tipo: ¿Mari Pili me querrá o no? ¿Seré un Terf-fascista? o ¿A Cervantes le gustaba la bachata?- cuando, de pronto, me vi inmerso en aquel horror sembrado sobre el granito sucio de la calle. Lo había olvidado por completo.

Nuestro particular histriónico espectáculo local y navideño consta de una serie -cientos de miles, trillones de bombillas- de arcos de luces imposibles -¿Es que nadie se acuerda ahora de la política woke para con las personas fotosensibles?- que se encienden y apagan al compás de supuestos villancicos navideños de Britney Spears o Malú. Ojiplático, intenté refugiarme en el Springfield más cercano, para así huir de aquel infierno sobre la Tierra pero, antes que yo, padres, abuelos, madres aferradas a cochecitos de bebé presas del pánico; otros dignos ciudadanos, asustados como yo, con el rostro desencajado, habían tenido la misma idea antes que yo. Lo intenté después en una óptica, en una mercería, en una tienda de accesorios para móviles, pero con idéntico resultado.

Apreté el paso, llamé a los bomberos -comunicaban todo el rato-, a la empresa municipal de recogida de animales domésticos, a mi madre, pero todo fue inútil. Nadie contestó a mi llamada de auxilio. No podía salir de aquella trampa fastuosa diseñada por el mismísimo Belcebú. A empellones, nadando contra la corriente humana formada por miles de insensatos, logré escabullirme por un lateral de la calle y esconderme finalmente, al fin, en el Bar Correo.

Desde su atalaya inmejorable, observé la marea humana que se balanceaba al ritmo de la música dentro del túnel del horror, moviendo las caderas con cierto gracejo. Espeluznante. Comprendí entonces, que no hay salvación posible, salvo la de encerrarse en casa estos días y ponerse un disco de villancicos de Julio Iglesias.

De vuelta a casa, para olvidar la pena y la angustia me dejé guiar por la fila de lucecitas que recientemente nuestro excelentísimo Ayuntamiento ha instalado en los suelos de las aceras de varias calles céntricas para no-sé-qué de senderos visuales para incapacitados. Me sumí en la tristeza cósmica antes de coger el 10.

De veras que no sé por qué algunas personas de bien critican la moda actual esta de ir en chándal al curro, al bingo o al club social. Un para todo, menos para ir a hacer deporte. Porque, lo digo como lo siento, yo me siento muy atractivo dentro del mío adidas cuando lo saco a pasear por el barrio todos los domingos. Y porque, comparado con aquello que viví en el túnel navideño del terror, todo, vive Dios que es así, es peccata minuta.

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas