Yo sí estuve en una manifa propalestina
«La culpa siempre siempre siempre será de ustedes por siglos de humillaciones a los más débiles y desfavorecidos»
Salí de Santa Rosa aquella mañana de octubre, con tiempo, serían las diez, camino de la manifa. Y es que había una manifa pro-palestina, enrollada y sistémica, convocada el pasado miércoles a las doce en Las Tendillas. Ueh, Ueh, banderita guapa. Estas cosas siempre empiezan con retraso. Eso es verdad. Previsor, un par de días antes, compré algo parecido a un pañuelo palestino por Amazon. ¿O fue por Temu? No quería desentonar durante la concentración, de veras. No iba agobiado porque iba con algo de tiempo. Cuatro días antes, además, al ir a comprar el pan- era un martes de barrio y precioso de octubre- vi a unos chavales hablando de sus cosas, al atardecer, junto a una tienda de barrio, cuando recordé una canción de Los Smiths.
Francamente, llevaba un par de semanas con demasiadas cosas en la cabeza. Ya sabes. Hay que llegar a fin de mes, quiero publicar el libro del Vietnam- la madre del Cordero-, quién me querrá de verdad, ¿seré terraplanista? Casi nada. No sé, el día a día de la clase media, imagino. Así que cuando me enteré de la manifa me dije: ¿Cómo? ¿Que mañana hay convocada una manifestación pro-palestina a las 12 por un previsible sindicato de estudiantes? ¿Por nuestros sindicatos de chichinabo llamados ugeté y comisiones? Esto no me lo pierdo tío, me dije, ingenuo. De aquí saco literatura. Mala, pero literatura.
La cosa es que pillé el 10 de Aucorsa a la carrera en la esquina de la calle Goya, Huerta de la Reina, frente a la gasolinera. El día de antes – días de libros de lance en la Cuesta Moyano-, yo había llegado de la Estación «Almudena Grandes» de Madrid para desembocar en la de «Julio Anguita» de Córdoba. Masqué la tragedia, durante el trayecto, repitiéndome que un mal chiste nunca lo masca cualquiera. Cuando bajé del 10 -¿o era el 12?- en Ronda De los Tejares, enfilé calle Cruz Conde, pacífico, taimado, algo estúpido, hacia la manifa. Al recorrer la calle, había tiendas chinas donde antes hubo tenderos, antenas donde antes estuvo la librería Luque, perfumerías baratas donde antes tiendas de vinilos y cassettes.
Es más que probable que, en este preciso instante en que usted está devorando la tostada y el café con leche en vaso de caña mañaneros, alguien esté pergeñando una próxima manifestación. Así, es fácil imaginar que, en este momento, cinco o seis conspiradores de lo inane estén en un local o sótano preparando la próxima mani sobre un ipad o un iphone de última generación, como si de unos mariscales de campo se trataran ¿De qué hacemos la mani esta vez, bros? Se atrevería a preguntar, no sin falta de razón, el más despistado de ellos. Eso da igual, ¿no serás fascista?, pues de lo que toque, hombre. Es decir, sobre cualquier asunto que sustente lo que el filósofo Gustavo Bueno llamaba «pensamiento Alicia»: es decir, aquello que sustenta el engranaje político de la progresía y liberalismos varios campantes, y que recorre las mientes de los bobos sistémicos; véase la paz mundial, la protección de la Asociación de Vecinas del Tercero del Estado, o la defensa de la teja peñarriblense. Todo aliñado por un Sindicato de Estudiantes, una ugeté -parece el nombre de una marca de galletas- o la última asociación anti-lo-que-sea-póngame-cuarto-y-mitad-de-boquerones-que-llevo-prisa.
Entre tantas manifas y esperpentos que sacuden nuestros días, también el pasado 12 de octubre dos charos del movimiento «Futuro Vegetal» -nombre un tanto previsible: yo le hubiera puesto Galleta Integral- vandalizaron un cuadro del montillano Garnelo inspirado en el Descubrimiento de América y expuesto en el Museo Naval de Madrid, a base de botes de pintura. No quedaron muy claras cuales fueron sus reivindicaciones –a estas alturas, me hago un lío-, pero tengan en cuenta una cosa: la culpa siempre siempre siempre será de ustedes por siglos de humillaciones a los más débiles y desfavorecidos. ¿Que no?
Aquella mañana, la manifa pro-palestina estaba llegando a su fin y mi cara era todo desencanto. Intentaba emular a grito pelao los eslóganes dirigidos por un tipo desconcertante megáfono en mano. Las banderas palestinas y alguna del arco iris del Temu ondeaban ya con cierta desgana, y los asistentes se iban quedando rezagados, disimulando, y así buscar el mejor momento para darse el piro y refugiarse en los bares aledaños. Yo hice lo mismo. Guardé el pañuelo palestino en la zamarra con la sensación de que las justas reivindicaciones de Palestina quedaban muy lejos de aquella plaza. La revolución, por hoy, ya no daba para más.
El otro día casi ligo con una chavala gracias al pañuelo palestino del Temu. Coño, los que se fabrican en la capitalista China. Y es que, ahora lo sé, siempre todo será como una maldita broma LQTBI+. Pero seré discreto. La pasma aún me busca por delito de odio, por haberme comido la última e inquietante letra del acrónimo inclusivo y diverso. Porque, maldición, sé que me como una. La tengo en la punta de la lengua. ¿Cuál era?