El Brillante canalla
«Siempre fueron las nueve y media de cualquier viernes. Las chicas nos evitaban y nosotros buscábamos jaleo»
Atalaya desde la que se divisa toda la ciudad, el barrio del Brillante o de la Sierra constituye un microcosmos en sí mismo. Donde la leyenda cuenta que se plantó la primera palmera en Europa, y desde donde un tipo con chilaba llamado Ibn Firnás se lanzó hace más de mil años en un artefacto con alas construido por él mismo para inaugurar la historia de la aeronáutica, en lo que se considera el primer vuelo -a sabiendas- de la historia de la humanidad. El notas se partió las dos piernas en el intento, claro.
Córdoba se levanta entre la campiña y la sierra, y fueron los romanos los primeros en disfrutar de El Brillante, sito en las faldas de la sierra cordobesa. Allí levantaron villas, acueductos y minas. La civilización, en definitiva. Y eso ocurrió en Córdoba, desde donde los romanos inventaron la primera España. Córdoba siempre ha mirado hacia el Brillante en verano desde hace miles de años. Apurando desde entonces las noches de calor que en Córdoba que son pura mística, por mucho que los quejicas se lamenten del mismo hasta el agotamiento y para los que -en esta ocasión sí- habría que aplicar el delito de odio. Córdoba es calor o no es.
Desde la década de los 60, la clase media de la ciudad -porque, sí, ya existía- subía todos los veranos hacia los merenderos y tabernas del Brillante a la caída de la noche, en una catarsis grupal en busca del refugio, el fresco y la compañía. Pero también lo diferente. En una de aquellas tabernas de mismo nombre, se inventó el «vargas»: mezcla de tinto y sifón. Esta clase media compartía mesa y barra con la pequeña burguesía que llenaba las mesas de los merenderos de suelo de tierra. Para llegar, había que subir y bajar un viaducto y vías del tren que atravesaban su Avenida en un sueño de madrugada. Ya en los 80, fuera de esos merenderos y tabernas, un puñado de Citroën 2 caballos y vespas quedaban aparcados de forma desordenada en la puerta. Gracias a Dios, aún no existía Canal Sur.
Desde los últimos 70 y primeros 80 surgieron lupanares, güisquerías, boités y merenderos canallas por todo El Brillante que abrieron posteriormente la veda a las discotecas ochenteras y la aparición de una nueva tribu urbana interclasista y aún por analizar detalladamente llamada «litroneros». El salto a la siguiente década apenas se notó.
Ya a mediados de los 90 según salíamos -ahora sí me incluyo- de La Venencia -era un viernes de vespinos robados- con bolsas de botellón y un millón de problemas a cuestas. Cuando siempre sabíamos que habría problemas. Siempre fueron las nueve y media de cualquier viernes. Las chicas nos evitaban y nosotros buscábamos jaleo. Quedábamos en el bar de Telefónica de la avenida del Brillante, una especie de casino para trabajadores jubilados de la compañía de teléfonos donde los cacharros eran baratos y nos trataban de maravilla. A veces jugábamos al dominó con los jubiletas. Algunos leíamos a Jünger, a Escohotado, a Ramiro o a Marx. Flipábamos con Fernando Márquez «El Zurdo» en todas sus facetas y escuchábamos a Supergrass y Los Nikis. Mientras, fuera de aquel oasis telefónico, filas de coches utilitarios ocupados por parejas enfilaban las estribaciones y cuestas más oscuras de la sierra donde aparcar y entregarse al amor salvaje y canalla.
Los deshechos de familias bien, los canallas irredentos, algún heavy despistado y la felicidad estuvo, sobre todo, en aquellos 90 del Brillante. La lucha de clases merodeaba de un modo infantil cuando se juntaban pijos malos, siniestros, mods y heavies aquellos viernes por la noche de verano.
Antes hubo adoquines en la avenida del Brillante; al menos hasta los 90, en que los cubrieron con una capa de asfalto. Aún me sorprende que en ciudades de media Europa sean capaces de conservar el elegante adoquinado en sus calles y aquí, por alguna extraña razón, no. Ahora, algún iluminado, dice que la fiesta de aquella generación noventera se acabó con la muerte de Kurt Cobain.
Flanquean al Brillante los barrios de Santa Rosa -tan hermano suyo que le provee- y el del Naranjo, que siempre fue a su bola, tal último reducto auténtico de toda la ciudad.
Salpicado el Brillante de chalés modernistas de piscina con trampolín de diseño, de viejas casonas decadentes -mis favoritas- donde el desconchón de sus paredes es pura metafísica, de casitas desarrollistas de una sola planta cuando la clase media -esa actual quimera- y trabajadora aún podía comprar una casa en ese barrio, toda esta falda de la sierra fue recreo y residencia veraniega de miles de cordobeses. Hasta hubo improvisadas «raves» en la Huerta de los Arcos.
Uno, que es incondicional de los bares de taxistas, esta noche arrancará la vespa. Y subiré al Brillante a buscar viejos merenderos que nunca conocí y que ya no existen. Con suerte, afilaré mis cinco sentidos -disfrazado de canallita irredento- para colarme en un chalé donde se celebre alguna fiesta ilegal y donde olvidar que ahora hay gente que casi parece existir solo en verano. El Brillante canalla. Solo leerlo en voz alta suena bien.