Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

A Cervantes le gustaba el reguetón

Recién cumplidos los once solo sabíamos caer de pie sobre nuestras rodillas llenas de costras y sucias de mercromina de farmacia de suburbio en los descampados de las afueras. Peláez, te toca de portero. Le dijimos. Otra vez no, quillo: decía el pringao. Todo era tan fácil por entonces que, viéndolo con los ojos de ahora, me he puesto a coleccionar cromos otra vez. La cosa es que éramos siete u ocho para jugar aquel partido de fútbol y Peláez era malo de cojones. Peor que yo. Así que nos repartimos entre los dos equipos sobre el destartalado barrizal, en un trasunto de geopolítica despiadada en ciernes. ¿Quién saca? ¿Cruz o raya? La moneda de cinco duros volaba irreal sobre el cielo polvoriento de aquel descampado cordobés con cierta desgana. Peláez me caía bien, de verdad, lo juro -me soplaba en los exámenes de trabajos manuales-, pero se trataba de él o yo. Y aquella vez perdió él. Hacían de postes de su portería varios ejemplares puteados y apilados de Quijotes comentados porque al día siguiente había examen de Lengua sobre Cervantes, y todos sabíamos que íbamos a suspender. Juraría que era una tarde plomiza de noviembre cuando Peláez, el muy cabrón, despejó en el último minuto con los puños aquel balón Adidas Tango que giraba y giraba creímos hasta el infinito. Alguno trajo una radiocassette y puso a Los Rodríguez.

Perdimos el partido pero, desde entonces, a Peláez le invitamos a todas las fiestas.

Con los años no es que todo haya ido a mejor. Ya sabes. Algunos de los siete u ocho que jugamos aquellos partidos tardo-ochenteros, feroces y violentos, se casaron para luego divorciarse, otros se hicieron funcionarios, o electricistas, o escritores, o brokers, o acreedores. La vida, tío. Pero desde entonces todos los que jugamos aquellos partidos guarros -¡al tobillo! ¡dale al tobillo!- de postes de Quijotes y primera litrona algo escondida debajo del larguero entre los anoraks, nos mola Cervantes. No sé, no es que lo leamos mucho, pero cuando las cosas vienen mal dadas nos refugiamos en él. Porque sabemos que es de los nuestros.

Hace unos meses, según unos suculentos documentos descubiertos por un sesudo investigador, saltó a la palestra la noticia de que era más que probable que Miguel de Cervantes Saavedra hubiera nacido en Córdoba. Nada descabellado, por otra parte. Nos moló. El eco mediático fue discreto con el asunto, pero a los que nos juntábamos para partirnos la espinilla en aquellos partidos de finales de los 80 nos flipó. Así que poco después, quedamos en el Bar Correo para celebrarlo los siete u ocho de aquellos partidos de fútbol, y después papeamos casquería en El Abuelo. Estábamos vivos como nunca. Pero no estuvo Peláez.

Pasado el tiempo, hace pocos días, un director de cine llamado Amenábar ha estrenado una película sobre Cervantes en la que -no tío, otra vez no- se atisba un supuesto pasado bujarra sobre el Manco de Lepanto, según el notas. Y no es asunto baladí. La demolición programada de héroes, glorias, leyendas y mitos -resignificación lo llaman- de todo el pasado común como patria, y como una deconstrucción social es un arma ideológica nada ingenua. Tal es la némesis autodestructiva de esta modernidad en la que todo es posible en esta nueva posverdad. El otro día vi la película en mi queli y juraría que caí dormido media docena de veces.

Barrunto que Cervantes fue un outsider y un anticosmopolita como todos los que jugamos aquellos partidos de descampado a finales de los 80. Los siete u ocho de aquellos partidos aún soñamos de vez en cuando con Panadero Díaz y el Tarzán Migueli, fajándose con Juan José -el mítco zaguero del Cádiz-. Y con Don Miguel de Cervantes Saavedra. El nuestro. Porque esta vez no nos lo van a quitar.

Además, a Peláez yo nunca le haría pasar por eso. Al fin y al cabo, él y yo sabemos que a Cervantes lo que le gustaba eran las gordas y el reguetón.

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