Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

Tonto el último

«Al cabo de la semana que duró la escapada, la ropa deportiva aún no había salido de la maleta»

Lo hablaba el otro día con Tío Mike en el bar de siempre: viajar está sobrevalorado. Aunque no es del todo cierto, porque siempre hay algún gualtrapa que hace trampas. Como yo. La semana pasada, de hecho, viajé y me refugié en un apartamento prestado en el Puerto de Santa María durante varios días. Fui solo: buscaba la tranquilidad en ese bendito rincón del Mundo para encerrarme y rematar un libro que nunca acabo de terminar, escribir otro par de encargos de este periódico, y beber Fino Pavón a la hora del aperitivo. Quizás, también, algo apuesto, con garbo, ya sabes, correr en chándal Kelme todas las mañanas junto a la orilla de una playa de la bahía de Cádiz, disfrazado de alguien que no soy, mirando guiris en noviembre así de reojo, incorporando leggings deportivos de caballero a mi atuendo, y unas zapas japonesas recién compradas de las de dos mil duros el par. Preferirían pensar en otra cosa, lo sé. Yo también. Un verdadero numerito.

La cosa empezó a torcerse pronto, nada más llegar. La misma noche de mi llegada, quedé a tomar unos vinos con una ex novia alemana a la que hacía tiempo no veía, y fue entonces cuando la media botella de Pavón del mediodía se convirtió, por arte de birlibirloque, durante toda la semana, en tardes disfrutando de interminables combinados espirituosos viendo el atardecer entre arenas y dunas paradisíacas, de cenas pantagruélicas regadas con botellas de vino de bodegas de dudoso origen, y en guateques junto a gente fascinante en viejas casonas abandonadas a pie de playa. Al cabo de la semana que duró la escapada, la ropa deportiva aún no había salido de la maleta.

La moda de esto de viajar que nos rodea es, cuando menos, curiosa. Hay varias agencias de viajes interesadas en mis memorias pero, bah, para qué, yo paso: para eso el excelso Ayuntamiento de nuestra ciudad anuncia, día sí día no, a bombo y platillo, que ya estamos conectados con el Mundo a través de nuestro pequeño aeropuerto cordobés. Manda huevos. Tenemos tres vuelos a la semana. Calculen y hagan números.

Total, supongan que nos animamos un día a conocer Mundo -pero solo mientras sea alguno de esos tres días semanales, oiga-, y que al fin pillamos billete en un aeroplano, así, de línea aérea baratita, y pongamos que sea a un destino exótico vía Barcelona. Porque ahora -insisto, dice nuestro sesudo Consistorio- Córdoba ya está conectada con el Mundo. Como si eso fuera nuevo, no te jode. Así que uno se anima a viajar, y sale presto, billete en mano, de su casa del barrio de Cañero -pongamos que a las Islas Feroe: hay allí unas focas majísimas que hemos visto por el Instagram-, pilla el bus con tres transbordos a ojos vista, ya dentro discute con la charo de siempre que no te deja pasar por el pasillo del vehículo articulado, tú aferrado a tu estúpida maletita con ruedas -rorrrrrrrrrr, trashhh, trashhh, rorrrrrrrrrr- porque: « oiga, joven, ¿no ve que me está rozando con su maleta mi nueva blusa del Zara?». Empezamos bien. Y tú con los cascos puestos en las orejas, escuchando flamenquito guapo, mientras el fachaleco, el North-Face falso del piojillo, la vergüenza, yo qué sé, se te cae al suelo en una ridícula caída. Disculpe señora, no me había dado cuenta. Te excusas, atorado. Pero da igual lo que digas: «es que a ver por dónde vamos, porque no sé a dónde vamos a llegar a parar». Sentencia la señora maruja de pelo corto color lila modo progre, tan de moda ahora entre algunas charos woke de edad avanzada. Así que llegas – mal que bien, mareado, sudado, con la soga al cuello, con la pasta justa del préstamo bancario, porque lo sabes- al aeropuerto de Córdoba. Pequeño, coqueto, vale que sí. Pero ya estás pensando en la escala que te espera en Barcelona, destino Dubai -vía Ankara-, para después tomar un café que no sabe a café en un mega-aeródromo inhóspito en la otra parte del Mundo, acompañado de un emparedado vegano a cuarenta pavos el combo en el aeropuerto de Hamburgo, después otra escala en Bogotá, y llegas -por fin- a las putas Islas Feroe tras treinta y dos horas de viaje, y haber cruzado tres husos horarios. Pasas allí tres días congelado, comes mal y caro, conoces gente guay que dicen ser del extranjero, dices que hablas inglés, haces ocho decenas de selfies para enseñarlos en el curro y vuelta atrás para España.

Cuando, al fin, exhausto y desplumado, llegas a tu casa de Cañero un domingo a las dos de la madrugada, al día siguiente curras, sólo quieres descansar, y olvidar toda esa maldita pesadilla en un largo jet-lag, pensando que no hay necesidad.

Pero lo volverás a hacer, fartusco: volverás a viajar. Porque tonto el último. Porque, tú y yo lo sabemos, no tenemos remedio.

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