La bufanda de José Luis López Vázquez
«Interpretó a galanes de pueblo, a vendedores de crecepelo, a señoritos decadentes y salidos, a travestis, a sastres rastreros y a atracadores de buen corazón»
Hacia finales de los 80 y principios de los 90, la peña iba a los cines a mansalva. Algunos rozábamos las clases de 1º de BUP con la punta de los dedos mientras jugábamos a ser malos con cigarrillos Ducados o Chester, y cogíamos algunos vespinos sin pedir permiso y sin tener carné. Solíamos entrar en cocheras de los vecinos a hurgar en la delincuencia adolescente abrigados en plumas Roc-Neige. Algunos íbamos a los combates de boxeo amateur que se organizaban en un ring instalado en el parquin del antiguo Pryca, y también, a veces, íbamos al cine.
La cartelera de la época estaba saturada de películas del cine yanqui adolescente gamberro -nuestro preferido- con títulos como «El club de los cinco», «Curso del 65», o «Porky´s contraataca». No íbamos a ver películas españolas porque, francamente, nos aburrían. Más tarde, con el paso de los años, algunos empezamos a saber distinguir el sabor de lo auténtico: fuera esto saber pedir con elegancia un Canadian Club con ginger ale en una barra, o disfrutar de cualquiera de las viejas películas de José Luis López Vázquez. Así que, como un espécimen que hiberna con la llegada del frío, me propuse ver una docena de sus películas a lo largo de toda una semana, bajo el calor de las faldillas de la mesa camilla con brasero.
Actor secundario y no, nuestro actor infatigable participó en casi 260 largometrajes, entre los que destacan «Plácido», «El Pisito», «Atraco a las Tres», «Lo verde empieza en los pirineos», «Mi querida señorita», «La escopeta Nacional», «Torrente 2» o «La Cabina» -probablemente la cima de la historia del cine de terror patrio junto a «¿Quién puede matar a un niño?» de Chicho Ibáñez Serrador-. Interpretó a galanes de pueblo, a vendedores de crecepelo, a señoritos decadentes y salidos, a travestis, a sastres rastreros y a atracadores de buen corazón. Intentó ligar con suecas, se transfiguró en jipi, en oficinista gris, en cuñado entrañable y despiadado, en seductor irrefrenable de chicas beatniks, en cornudo distinguido.
Tótem de la cultura popular española, José Luis López Vázquez fue, es y será, el nudo gordiano patrio de lo políticamente incorrecto, del vacile intergeneracional, del actual delito de odio, del posible bulo actual sistémico, del cómico irresistible, del actor dramático indefinible, de potencial víctima de las nuevas censuras que nos asolan. Definido como el «Jack Lemmon español», uno cree que el maestro Don José Luis superó con creces al bueno de Lemmon.
Nadie llevó una bufanda como los personajes de López Vázquez. Ahora que la rasca se ha instalado de un modo cómico en nuestras latitudes, aparece una amplia gama de bufandas de todo tipo y color en nuestras calles. Este particular complemento invernal indispensable en el outfit más burgués o más canalla, más proletario o más cool, puede ser de distinto diseño. Y es que no es lo mismo la bufanda grosera, ordinaria, hortera de Pedro Almodóvar, que la elegante, ligera, y garbosa de ese señor de clase media que interpretó tantas veces y magistralmente José Luis López Vázquez. Al igual que los personajes artificiales de Almodóvar -y compañía- son reflejo de una España irreal que no existe, los interpretados por nuestro actor favorito, así hayan pasado cincuenta años, son la intrahistoria de la España real. Por mucho que nuestras nuevas élites den la brasa con una supuesta «modernidad» e ingeniería social que nos despoja de nuestra identidad, todos llevamos dentro a ese señor con bigote nacido en 1922 en Madrid.
Si hay un personaje favorito interpretado por Don José Luis, ese es Fernando Galindo: el oficinista bancario de «Atraco a las tres» que pergeña y lidera un atraco junto a sus compañeros en la misma sucursal donde trabaja. El mismo que, ante la aparición de una despampanante cliente, dice aquello de: «un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo», mientras se atusa con un peine los cuatro pelos que aún le quedan en la calva. Y si esto no es España, que baje Dios y lo vea.