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Del Scalextric al Tango

Los Reyes Magos a veces nos hacen escribir docenas de cartas y esperar durante años, pero siempre acaban por traernos aquel juguete con el que soñábamos de pequeños

Mi amigo Xosé Carlos Caneiro es, antes que cualquier otra cosa, un cacho de pan. Y además es uno de los mejores narradores en gallego y castellano del último medio siglo. Dotado de un talento natural y una gigantesca mochila de lecturas, conozco a muy pocos autores que acaricien las palabras como él cuando escribe en gallego. Asómense, por ejemplo, a su Paraíso, donde las descripciones son un festín de sutilezas y matices.

Su prosa es un monumento a la inmensidad del Diccionario. Lo suyo no es un homenaje póstumo a la lengua, sino una genuina celebración del idioma vivo. Sólo él puede convertir las andanzas de su cuadrilla por Verín en una obra de arte. Sólo a él se le puede ocurrir bautizar una recopilación de sus artículos Verín de Verín.

Caneiro llevaba muchos años pidiendo a los Reyes —sobre todo a su querido Baltasar— un Scalextric. Tardaron. Quizá se lo tomaron con demasiada calma. Pero la pasada Nochebuena, por encargo de los Magos de Oriente, Papá Noel dejó al pie del abeto aquel juguete que nunca acababa de llegar. Me alegré como si me lo hubiesen regalado a mí, que tuve un Ibertren, pero nunca un Scalextric.

Cuando vuelva a Verín tendremos que echar unas carreras. Aunque seguro que me gana por aplastamiento porque siempre he sido un torpe antológico —yo diría incluso que un torpe ontológico— en todas estas competiciones donde hay que mostrar destreza con las manos.

Los Reyes Magos saludan a los niños

Europa Press

El Scalextric de Caneiro me ha llevado al balón de reglamento que siempre anotaba —en vano— en mis cartas a los Reyes Magos. A finales de los setenta y principios de los ochenta, todos los niños teníamos en casa una pelota de plástico con la que íbamos tirando, pero sólo un par de compañeros de clase poseían un balón oficial de cuero reluciente. A veces lo traían para echar una pachanga en el recreo. Pero cuando el encuentro no iba como a ellos les gustaría, agarraban la pelota, nos recordaban que era suya y se acababa el partido. Sin prórroga, ni penaltis de desempate, ni nada.

Como todos mis amigos, yo soñaba con el Tango, que era el balón blanco y negro de Adidas con el que se jugaban los mundiales. Y como a Caneiro le han traído a los 62 años su Scalextric, yo, que soy algo más joven que él —por eso lo admiro y lo quiero como a un hermano mayor—, conservo todavía la esperanza de que una de estas Navidades, Baltasar, Gaspar o incluso Melchor lean esta carta y se decidan a dejarme un Adidas blanco y negro en el zapato.

Sería tan hermoso como aquella Nochebuena en que Santa Claus, que siempre ha sido un lector de olfato fino, plantó junto al árbol los tres tomos de Minotauro de El Señor de los Anillos. Todavía no había películas sobre la saga —sólo un bodrio de dibujos animados que destrozaba la historia— ni estaba de moda Tolkien. Pero recuerdo la inmensa felicidad de deambular por primera vez por la Comarca a través de aquellas páginas.

Si la Noche de Reyes me llega al fin el balón de reglamento, allá por primavera, cuando el valle de Monterrei explote de luz y vida, me iré a Verín con mi Tango bajo el brazo. Como doy por sentado que el bueno de Caneiro me dará una paliza sin paliativos a los mandos de su Scalextric, sólo me queda la esperanza de que el partido de vuelta lo juguemos con mi Adidas del Mundial 78. Caneiro es del Barça y yo del Dépor. Así que no puedo imaginar mejor revancha por aquella Liga de 1994 que nos birló el Barcelona cuando un Djukic desinflado estrelló su penalti contra las manos de un tal González.

Supongo que, después de todo, lo que nos tratan de enseñar los Magos de Oriente es que el Scalextric, el balón de reglamento, los títulos del Deportivo, la amistad y los libros de Tolkien llegan únicamente cuando uno de verdad ha aprendido a esperar.

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