La Iglesia y las ideologías
Resulta llamativo que los partidos que coinciden más a menudo con principios defendidos por el cristianismo sean los que reciben más críticas por parte de la jerarquía, mientras que las fuerzas más alejadas de ellos parecen no recibir atención o reproche de ningún tipo
Hace unos días surgió una cuasi polémica —ni siquiera llegó a tal— a raíz de una nota que la Conferencia Episcopal tuvo que publicar tras una información de El País, según la cual, en un encuentro entre León XIV y los obispos españoles en Roma, el Papa habría confesado que su mayor preocupación en España era la ideología de ultraderecha, y otro medio, la revista Vida Nueva, habría ido más allá, añadiendo que «literalmente» se refería a Vox.
La nota de la CEE, sin embargo, precisaba que el Papa hablaba de «los riesgos de someter la fe a las ideologías sin mencionar a ningún grupo concreto». Esa precisión buscaba desmentir referencias directas a la extrema derecha y a Vox. Quiero tomar como válida esta versión y centrarme en la idea principal: la vigilancia que sugeriría el pontífice para no someter la fe a las ideologías, ya que la fe es mucho más que una ideología.
El politólogo Norberto Bobbio definía la ideología como «un conjunto de ideas y valores concernientes al orden político que guían el comportamiento político colectivo». La fe, en cambio, según el Catecismo de la Iglesia Católica, es «una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela». La diferencia es evidente: la fe no es simplemente un conjunto de ideas.
Por eso resulta difícil establecer una relación directa entre fe e ideología. Lo que sí ocurre —y ha ocurrido siempre— es que la doctrina de la Iglesia, además de tratar cuestiones de fe, incluye enseñanzas morales y principios acordes a esa fe. Y algunos de estos principios coinciden en determinados momentos con leyes o propuestas políticas impulsadas por distintas ideologías.
En este sentido, hay partidos políticos cuyos programas coinciden en mayor medida con determinados principios y normas morales de la Iglesia, mientras que otros se alejan más. Esto sucede porque existen muchos asuntos que conciernen a la doctrina de la Iglesia y que al mismo tiempo forman parte del debate político: aborto, eutanasia, gestación subrogada, matrimonio igualitario o ideología de género, por citar solo algunos.
Naturalmente, también existen cuestiones políticas, sobre las que los cristianos deben gozar de plena libertad de opinión. Un ejemplo sería el grado de libertad o de intervencionismo del Estado en la economía. Unos podremos defender más libertad y otros más intervencionismo, siempre que se respeten los límites que la Iglesia ha ido estableciendo a ambas alternativas como en algunas de sus encíclicas (Rerum Novarum, Quadragesimo Anno y Centesimus Annus).
Otros casos afectan directamente la conciencia de cada uno, sobre los que los cristianos deben defender su libertad para vivir conforme a sus convicciones, pero sin pretender imponerlas al conjunto de la ciudadanía. La fidelidad frente al adulterio es un ejemplo claro. Pretender prohibir este por ley sería, paradójicamente, lo contrario de lo que estaría advirtiendo el Papa: someter la política a la fe. Y tampoco es legítimo.
Por todo ello puede afirmarse que fe e ideologías pueden coincidir, pero deben ser independientes, pues tienen fines distintos. La Iglesia no debe someterse a ningún partido político, y ningún partido debe pretender representarla.
Le puedo ver sentido a esta advertencia en algunos casos de sometimiento de la fe a determinadas ideologías. Por ejemplo, durante décadas, el relativismo cultural y ciertas corrientes ideológicas de izquierda han penetrado en numerosos centros católicos concertados, defendiendo a veces posiciones favorables al aborto o impartiendo charlas sobre activismo LGTBI incompatibles con la doctrina católica. Este es un ámbito donde la Iglesia claramente sí debería insistir para evitar el sometimiento de la fe a las ideologías.
Relacionado con esto, conviene distinguir entre tolerancia y coherencia. Tras el final del franquismo y durante la Transición, parecía necesario recordar a los católicos españoles la importancia de la tolerancia. Hoy, sin embargo, los católicos han demostrado de sobra su capacidad para convivir con respeto y apertura a otras visiones del mundo. Lo que más convendría recordarles ahora es la coherencia: alinear la fe que se profesa con la forma en que se viven y se defienden los principios en un contexto político, social y cultural que a menudo tiende a borrar el cristianismo del espacio público.
Finalmente, no está de más analizar también lo que el Papa, según los obispos, no dijo: la referencia concreta a la extrema derecha o al partido Vox. Pues, aunque realmente hubiera sido así, no hay duda de que en distintos niveles de la Iglesia y entre algunos fieles existe cierta reticencia hacia formaciones como Vox en España, AfD en Alemania, Fratelli d’Italia en Italia o Chega en Portugal; el patrón se repite. Analizando sus programas, se encuentran numerosas coincidencias con ciertos principios de la doctrina de la Iglesia que hoy faltan en muchos partidos tradicionales del centro-derecha europeo, más centrados en posiciones socialdemócratas. En los partidos más a la izquierda, las coincidencias son aún menores.
¿De dónde nace entonces la incomodidad de parte de la Iglesia con estos partidos? Dos factores se me ocurren: la cuestión migratoria y el lenguaje directo de algunos líderes, poco habitual en un clima político dominado por lo políticamente correcto. La inmigración masiva plantea retos que requieren políticas responsables; defender esa regulación no es incompatible con los valores cristianos. Sin embargo, el lenguaje, los métodos o las formas utilizadas no siempre resultan adecuadas. Pero ¿solo por eso?
Resulta llamativo que los partidos que coinciden más a menudo con principios defendidos por el cristianismo sean los que reciben más críticas por parte de la jerarquía, mientras que las fuerzas más alejadas de ellos parecen no recibir atención o reproche de ningún tipo.
Tal vez la derecha —la de verdad— deba mejorar la comunicación y las formas con sus propuestas, especialmente en inmigración. Pero también algunos círculos eclesiásticos y de fieles deberían mostrar el respeto, la equidad y la empatía hacia quienes defienden posiciones comunes difíciles de asumir, casi siempre en solitario, que sí muestran hacia el resto de partidos con posiciones más distantes.
No acabemos matando a los únicos bueyes que tenemos para arar: «Quien no está contra nosotros está a nuestro favor» (Lucas 9:50).