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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

Pedro Sánchez y el cortijo de los callados

Primero se niega el problema, después se minimiza, más tarde se acusa a la oposición de exagerar y, finalmente, se culpa a los jueces, a los periodistas o a alguna conspiración convenientemente nebulosa

Entre los personajes más fascinantes de la historia se encuentra Joseph Fouché. No conquistó Europa, no ganó grandes batallas y no fundó ningún imperio. Hizo algo bastante más difícil: sobrevivir.

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Sobrevivió a la Revolución Francesa, al Terror, al Directorio, al ascenso de Napoleón y hasta a la Restauración borbónica. Mientras unos terminaban en la guillotina, otros en el exilio y otros directamente en el olvido, Fouché siempre encontraba la manera de seguir cerca del poder. Cambiaban las banderas, cambiaban los uniformes y cambiaban los discursos. Él permanecía.

Era un hombre práctico. No era un idealista ni un visionario. Era un experto en detectar hacia dónde soplaba el viento.

Entendió algo que muchos políticos tardan toda una vida en descubrir: los líderes pasan, pero los segundones siempre encuentran acomodo. No era el más brillante de su generación ni el más admirado. Poseía una cualidad mucho más útil. Sabía identificar quién mandaba en cada momento y ponerse inmediatamente a su servicio.

La historia está llena de personajes así.

Los líderes suelen ocupar las portadas, las estatuas y los libros de historia. Los segundones construyen el andamiaje que les permite mantenerse en pie. Son ellos quienes aplauden cuando toca aplaudir, callan cuando toca callar y encuentran una explicación razonable para cualquier cosa, por absurda que parezca.

Todo líder necesita los suyos.

Pedro Sánchez también.

Uno observa a Félix Bolaños y tiene la impresión de encontrarse ante una versión particularmente exacta de esa vieja tradición. Hay ministros que colaboran con el presidente. Hay ministros que discrepan ocasionalmente del presidente. Incluso hay ministros que intentan proyectar cierta personalidad propia. Pero nuestro Félix pertenece a otra categoría. Su principal talento político parece consistir en interpretar los deseos de Pedro Sánchez y transformarlos inmediatamente en posición oficial. No debe de ser una tarea sencilla.

Imaginen el esfuerzo de mantener un gesto de absoluta convicción mientras los argumentos cambian de dirección con la misma velocidad que el viento. Félix Bolaños, con esa expresión de alumno pardillo al que nunca invitaron a las fiestas de cumpleaños, es un profesional de la adaptación permanente. Es un camaleón con gafas.

Sin embargo, sería injusto centrar toda la atención en su persona. No se lo merece.

Bolaños es simplemente el segundón más visible de un fenómeno mucho más amplio. Detrás de él aparece el resto del Gobierno. Después llegan los diputados y senadores socialistas, si es que los senadores sirven para algo. Más tarde los dirigentes territoriales, con alguna sonora e hipócrita excepción, los altos cargos, los asesores, los militantes y, finalmente, sus votantes. Todos segundones. Todos callados.

Todos forman parte, en mayor o menor medida, de una misma estructura política construida alrededor de una sola persona. El «number one». Y aquí es donde surge una pregunta bastante sencilla.

¿Qué tendría que ocurrir para que alguien dijera basta?

Uno puede entender la disciplina de partido. Puede entender la ambición. Puede entender incluso la cobardía que impulsa el miedo a perder un puesto de trabajo. Lo que resulta más difícil de comprender es la desaparición absoluta del criterio propio. El silencio absoluto.

En cualquier organización humana existen discrepancias. En cualquier empresa, en cualquier familia o en cualquier grupo de amigos aparecen desacuerdos. Sin embargo, cuanto más se observa al PSOE de Pedro Sánchez, más difícil resulta encontrar una voz discordante que sea coherente.

Nadie protesta. Nadie se rebela. Nadie dimite.

¿Qué tendría que ocurrir para que un ministro decidiera que ha llegado demasiado lejos?

¿Qué tendría que ocurrir para que un diputado se negara a participar en determinada operación política?

¿Qué tendría que ocurrir para que un dirigente sanchista concluyera que existen ciertas líneas que no deberían cruzarse?

La pregunta adquiere todavía más interés cuando uno observa la sucesión de acontecimientos de los últimos años. Los españoles asistimos a un reguero de putrefacción que, por su volumen, resulta cada vez más difícil de seguir. Y, sin embargo, la reacción siempre parece la misma.

Primero se niega el problema, después se minimiza, más tarde se acusa a la oposición de exagerar y, finalmente, se culpa a los jueces, a los periodistas o a alguna conspiración convenientemente nebulosa.

Lo sorprendente no es que esa estrategia exista. Lo increíble es que siga encontrando tantos voluntarios.

Porque aquí es donde la responsabilidad deja de pertenecer exclusivamente a los políticos para alcanzar de lleno a los millones de ciudadanos que, pase lo que pase, siguen votando a Sánchez.

Pero lo que resulta aún más difícil de explicar es la necesidad que tienen todos ellos de justificarlo todo. Absolutamente todo. Como si reconocer una evidencia supusiera una traición personal. Como si admitir un error político obligara a renunciar a una identidad completa. Es aberrante.

Quizá esa sea la verdadera fortaleza de Pedro Sánchez. No su capacidad para resistir. En política ha habido supervivientes mucho más impresionantes.

La diferencia es otra. Fouché se adaptaba al poder. Pedro Sánchez ha conseguido que sean otros quienes se adapten a él.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista
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