Por el humanismo universal, contra el aborto
¿Cuándo es persona el ser humano, portador de derechos? Es una pregunta peligrosa, que la historia ya formuló al declarar vidas «no dignas de ser vividas». El resultado ha sido la exclusión de los más débiles
La ideología dominante ya no se define, en lo esencial, por la oposición entre izquierda y derecha. Su verdadero núcleo consiste en convertir el deseo individual en el criterio supremo de legitimidad. Allí donde antes la libertad encontraba su sentido en relación con la realidad, el bien común o la responsabilidad, hoy se afirma que basta la voluntad individual para crear el derecho. Es el fundamento de la sociedad desvinculada.
La expresión más acabada de esta lógica es el lema «mi cuerpo, mi decisión». No constituye únicamente una reivindicación sobre la propia corporalidad; expresa una concepción completa del ser humano según la cual el deseo no debe responder ante ninguna instancia superior: ni la naturaleza, ni la verdad de los hechos, ni las consecuencias para otros seres humanos. En ese sentido, el aborto entendido como derecho subjetivo –no como respuesta excepcional a un conflicto dramático, sino como principio positivo– representa el nuevo eje axial de la cultura contemporánea de la desvinculación.
Esta inversión resulta todavía más evidente si observamos el largo recorrido de la civilización. K. Jaspers denominó época axial al extraordinario período comprendido entre los siglos VIII y II antes de Cristo, cuando, de forma independiente, China, India, Persia, Israel y Grecia descubrieron una misma intuición fundamental: el ser humano solo alcanza su plenitud cuando aprende a ordenar sus deseos conforme a una realidad que lo trasciende. El logos griego, el dharma, la Torá o la búsqueda platónica del Bien, el eje axial expresaba una misma convicción.
La cultura hegemónica occidental propone exactamente lo contrario. No se parte de la realidad para llegar a una conclusión moral; primero se proclama un supuesto derecho y después se buscan las razones que permitan justificarlo. El aborto-derecho constituye quizá el ejemplo más claro de esta inversión: primero se adopta el axioma –hay un derecho subjetivo a interrumpir el embarazo– y solo después se buscan razones que lo avalen.
Alasdair MacIntyre describió este fenómeno como emotivismo en Tras la virtud (1981). Las posiciones morales dejan de deducirse de principios racionalmente compartidos para convertirse en preferencias previamente adoptadas que después se revisten de argumentaciones cambiantes.
En el aborto, unas veces se invoca la autonomía corporal; otras, la calidad de vida; otras, la ausencia de conciencia o la dependencia del concebido. Los argumentos varían, incluso se contradicen entre sí, pero el axioma permanece inalterable: el aborto debe ser un derecho. Esta es una de las leyes fundamentales de la cultura de la desvinculación.
Y esas razones tropiezan con un hecho que ninguna resuelve, porque es previo a lo moral: la embriología. Entre las 18 y las 24 horas tras la fecundación, en la singamia, se constituye un genoma diploide de 46 cromosomas, nuevo e irrepetible, que dirige desde ese instante un desarrollo continuo y autodirigido. Ni la anidación, ni la actividad cerebral, ni la viabilidad extrauterina, ni el nacimiento introducen salto cualitativo alguno: son grados de un mismo proceso, no su origen. Frente a este dato de los manuales de embriología, el argumentario abortista necesita una distinción no biológica, «persona» frente a «ser humano», que traslada la cuestión del terreno de los hechos al de un criterio estipulado a conveniencia: no se niega el hecho, se le resta relevancia mediante una redefinición ad hoc del sujeto. Es otra de las leyes de la desvinculación. No se niega que exista un ser humano; se sostiene que todavía no posee el estatuto moral suficiente para ser protegido. La cuestión deja entonces de apoyarse en los hechos y pasa a depender de una definición convencional, elaborada para sostener una conclusión previamente decidida.
¿Cuándo es persona el ser humano, portador de derechos? Es una pregunta peligrosa, que la historia ya formuló al declarar vidas «no dignas de ser vividas». El resultado ha sido la exclusión de los más débiles. La dependencia nunca ha constituido un criterio válido para medir la dignidad. El concebido depende completamente de su madre; o quien padece un Alzheimer avanzado o demencia senil depende igualmente del cuidado de terceros. Esa dependencia no autoriza a nadie a disponer de su vida.
El filósofo Don Marquis formuló una observación especialmente relevante («Why Abortion is Immoral», 1989): lo que hace gravemente injusto matar no es el nivel actual de capacidades, sino privar a alguien de su futuro de experiencias humanas. El concebido posee precisamente ese futuro abierto que el aborto elimina de manera irreversible y que el enfermo terminal, en sentido inverso, ya no tiene.
El verdadero debate no enfrenta solo dos posiciones sobre una práctica concreta. En realidad, confronta dos concepciones del ser humano. Una sostiene que la dignidad pertenece a todo miembro de la especie humana por el simple hecho de serlo. La otra afirma que esa dignidad depende de determinadas condiciones funcionales o del reconocimiento que otros decidan otorgarle.
No es casual que la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclame que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, sin establecer categorías intermedias entre «ser humano» y «persona». El humanismo nacido tras las tragedias del siglo XX comprendió que la igualdad solo podía sostenerse sobre una dignidad inherente, nunca concedida selectivamente.
Cuando la voluntad sustituye a la realidad y el deseo ocupa el lugar de la verdad, no solo cambia la legislación sobre el aborto. Se altera el fundamento mismo de nuestra civilización: que ningún ser humano depende del poder, del deseo o de la utilidad para ser reconocido como alguien cuya vida merece protección.
- Josep Miró i Ardèvol es presidente de la Corriente Social Cristiana (e-C) 'La Corriente'