Fundado en 1910
en primera líneaEl conde de Teba

Cae el telón sobre Beker 6

Álvaro Rodríguez Cano apareció en una montería allá por aquella mi cada vez más lejana juventud. Desde entonces me lo encuentro rodeado de amigos y cazadores de la vieja guardia

Queridos incautos: su carisma y humanidad contrastan con su aspecto fiero y montaraz. Parece que acaba de bajar de las montañas de combatir con Don Pelayo. Pero cuando aparca su inmensa moto, aparece su mirada afable, su voz cálida, su natural benevolencia y su sonrisa beatífica. Es un hombre universalmente querido y un sosegado caballero de otros tiempos.

Cae el telón en Beker 6

Barca

No sé por qué, pero su ascendencia armenia, de apellidos que terminan en «-án», les convierte en los mejores cocineros. Recuerdo a sus parientes en «Babel» y a mis tan queridos vecinos de Toledo. Su padre, Jean Pierre, aquel personaje extraordinario. Un mito, que ajeno al mundano devenir reservaba su grandeza regalándola a su familia, sus amigos y sus rosales.

Todos desplegaban un savoir faire al que no estábamos acostumbrados. En este ascético país hay una delgada línea que separa la austeridad de la exigüidad por ignorancia.

Como mi familia en Ventosilla es tan poco dada a los lujos, nuestros amigos se burlaban maliciosamente preguntándonos por el arrendajo a la sal y la urraca con aceitunas. Tal vez por eso me impresionaban tanto. Parafraseando, las carreras de caballos eran gentlemen chefs tan alejados de esta actual imperante pomposidad pretenciosa o de atosigante servilismo.

De entre todos los «armenios», Álvaro convirtió felizmente su arte en profesión. E hizo de sus innumerables amigos sus más devotos seguidores.

Fundó en el 2015 junto a su discreto socio, poderoso en los negocios y prohombre del polo y del campo, el que sería premiado como Restaurante del Año por la Cofradía de la Buena Mesa en 2022. A instancias de su presidente, mi querido y admirado amigo Ramón Pérez-Maura, señor de estos lares digitales.

En su concepción, su esencia es simplemente la satisfacción en lo sublime. Como diría Jean D'Ormesson: Au plaisir de Dieu. En un ambiente de elegancia atemporal. Paredes oscuras, fotos icónicas de cine y, sobre todo, una esmerada iluminación. Qué difícil es en España encontrar algo bien iluminado. Todo ha de estar envuelto en esa complicidad de la penumbra que redime de los latigazos de la edad. Qué bien entienden esto los franchutes.

Rescoldos de aquel espíritu de la España eterna. Hoy denostado por tantos sacamantecas y mercachifles, que como los antiguos bandoleros de «la bolsa o la vida» nos la roban hoy, pero sin el romanticismo de antaño.

Beker 6, en la calle de aquellos Hermanos. Personajes sobre los que tengo sentimientos encontrados. Artistas sevillanos de apellido flamenco que significa panadero. Gustavo Adolfo, gran poeta que despilfarró su corta vida en quimeras amorosas y controversias. Valeriano, pintor costumbrista. Entre ambos malparieron una obra soez y pornográfica: Los borbones en pelota iconoclasta, zafia y del peor gusto. Una crítica cruel e injusta a Isabel II. Que enmascara la terrible realidad de lo mal que elegimos los españoles cuando nos «regalamos» la libertad. En sus 25 años de reinado, la Reina fue una pobre mujer prisionera de un ignominioso forzado matrimonio, de 54 gobiernos con 17 presidentes y 20 pronunciamientos militares. Que llegarían a 100 a lo largo de aquel nefasto siglo XIX, enfangado entre tres dinastías, decenas de atentados y varios magnicidios.

Europa contemplaba hastiada cómo España se desangraba fútilmente en las más absurdas guerras carlistas. Mientras esperaba su propio holocausto, que superaría todos los horrores jamás recordados.

La realidad nos deja un regusto tan humillante como amargo. Los españoles encumbramos dirigentes que, con pocas excepciones, aspiran a alcanzar el poder para enriquecerse.

¡Qué poco podemos mostrar del XIX! Lo borraría. Y empiezo a sacar la goma para estos años que comenzaron un ilusionante efímero despegue económico… a costa de una devastadora degradación moral… que nos sume en la actual depresión de negrísimo futuro. Vivimos un nuevo 98.

Es triste constatar que esta democracia no es más que el derecho que nos hemos arrogado los españoles a elegir quién nos robe. Es una evidencia tan vergonzante como indiscutible.

El gran triunfo de Álvaro es sin duda su familia. Su esposa Isabel, guapa, laboriosa, encantadora y admirable, que transmitió su simpatía y belleza a sus hijas Laura y Aida. Tratan a todos como la familia elegida que somos. Y su secreto círculo de iniciados y connaisseurs. Gentes discretas entre quienes imperan el buen gusto y la educación. Los guiris sólo invitados. Ningún «corbatilla» triunfador que venga a cerrar sus negocios con actitud displicente mientras cuelga obscenamente su chaqueta en el respaldo de la silla.

Variedad de platos, con sabores a campo antiguo. Pichón, pato, faisán, corzo, venado y ocasionalmente volatillería de temporada. En este arte, se convirtió en el más sacrosanto templo de la cotidiana trivialidad. Y digo arte porque la cocina merece tal condición. Exalta efímeramente el espíritu, como la música o el cine. Así lo dijo La Rochefoucauld: «Comer es una necesidad, pero comer inteligentemente es un arte».

Mi admirado pariente Jimmy, el duque de Alba, fue embajador en Londres en tiempos dramáticos. Según llegó, lo primero fue traerse al mejor cocinero como aliado sutil para la diplomacia.

En el siglo pasado, la más refinada casa en cuanto a gastronomía fue sin duda la del conde de los Andes en Jerez. Sus descendientes perduran en tales lides como herederos de aquel refinamiento cultural. En el cuarto de baño, me quedé con la irreverente inscripción de humor escatológico atribuida a Rabelais:

«Ici tombent comme ruines
​les merveilles de la cuisine.»

Cerraron Jockey, aquel opulento restaurante donde decían que si te iban bien los negocios, debías dejarte ver una vez al mes. Y si te iban mal, una vez por semana.

También este Beker 6 lo cierran hoy.

Otra nostalgia que llorar. Y otro recuerdo que guardar en el corazón entre los que tenemos la suerte de ser sus amigos por haber disfrutado de su cuido y su trato.

Gracias por tanto.

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero
comentarios

Más de El conde de Teba

Últimas opiniones

Más de En Primera Línea

tracking

Compartir

Herramientas