Ávila es España
No, señor ministro, el incendio que nos devora no es una competencia de la Junta, ni de los ayuntamientos. Ávila es España. Lo son Ávila, Madrid, Toledo, Castellón, Orense, Valencia o cualquier ciudadano o localidad amenazada. Son España y son Europa, memoria viva de un pasado que nos duele cuando se quiebra
Desde el Paseo del Rastro por el que Miguel Delibes extendió la sombra de su ciprés, se divisaba la columna de humo que asolaba los campos y bosques del Tiétar y el Valle de Iruelas. A los pies de la muralla, junto a la ventana que mandó clausurar la reina Juana de Castilla, la maltratada heredera de Isabel la Católica; donde se cuentan las leyendas de Manqueospese que nada tienen que envidiar a Romeo y Julieta; los adoquines se han cubierto de negras y sucias pavesas. Y, en lo alto, asomándose entre las almenas que coronan sus poderosos torreones, el sol nublado por la ceniza derramaba lágrimas rojas que encogían el corazón y ensombrecían el alma.
En el Mercado Chico, a los pies del ayuntamiento que recibió con una corrida de toros al emperador Carlos V, allá por donde doña Ximena debió organizar la batalla para combatir al moro que amenazaba desde el Valle Amblés la reconquista, despidieron a los bomberos que salían a combatir las llamas. Y por aquellos caminos de Rivilla, los mismos en los que hemos aplaudido la ayuda de los vecinos portugueses, gastarían quizá sus sandalias de carmelitas descalzos Santa Teresa y San Juan, conciencia viva de Europa a la que hace sólo unas semanas apeló el Papa.
No, señor ministro, el incendio que nos devora no es una competencia de la Junta, ni de los ayuntamientos. Ávila es España. Lo son Ávila, Madrid, Toledo, Castellón, Orense, Valencia o cualquier ciudadano o localidad amenazada. Son España y son Europa, memoria viva de un pasado que nos duele cuando se quiebra y que nos hermana. Echen cuentas a posteriori de lo que cada cual, cada administración, debe o paga. Pidan entonces responsabilidades, si es que no es cosa de todos. Al fin y al cabo, saldrá todo de la saca común que nutrimos con creciente esfuerzo todos los castigados contribuyentes. A la Hacienda española, por cierto. Porque la Agencia Tributaria no entiende de fronteras, salvo que seas testaferro de Zapatero, del mismo modo que los fuegos no frenan ante una demarcación territorial o las aguas de los ríos desbordadas no paran a los pies del cartel que fija el territorio de una nueva comunidad autónoma.
Ante una terrible desgracia, sea un incendio o sea una dana, cuando la gente se echa a la calle con lo que tiene a mano a intentar ayudar a sus semejantes, a salvar sus animales, árboles o casas, a dar refugio, cama o comida, es intolerable, miserable, mezquino intentar sacar tajada. Hay personas que dignifican y engrandecen con su quehacer y modales el cargo que ocupan. Otras lo degradan y pisotean, hasta extremos preocupantes. Ellos se van, se acaban yendo, pero ahí dejan sus miserias aparcadas. Y en ese ministerio llevamos unas cuantas.