¡Grande, España!
La violencia de unos cuantos proetarras, el lamentable señalamiento de Sumar a alguno de sus jugadores y la negativa de Illa a recibirles en el parlamento autonómico no es que desacredite su gran mérito, es que lo ensalza.
Una gesta digna de reseñar se define tanto por la cantidad y calidad de los que la concelebran y aplauden como por aquellos que tratan de destruir su significado y anular su estela. Una persona se retrata ante el espejo tanto por los amigos y admiradores que le acompañan en su pensamiento y acciones, como por la talla de sus detractores y enemigos. En tiempos de Felipe II, nuestros adversarios inventaron la leyenda negra para derrotar la grandeza del imperio español. No hay que negarles mérito alguno a aquellas potencias emergentes europeas. Quedan rescoldos de ese fuego en muchas conciencias y hay incluso compatriotas que con gesto avergonzado suscriben el libelo de la A a la Z. Pero no hubiera habido necesidad de falsedades ni cuentos si nuestros antepasados no hubieran transformado con sus hazañas el mundo que conocían.
Salvando las distancias obvias, otro tanto puede decirse de la conquista mundial de nuestro equipo nacional de fútbol. Si su quehacer en el campo nos ha hecho disfrutar y sufrir a partes iguales en la competición, su conducta ejemplar y sus valores humanos han conquistado a una inmensa mayoría de ciudadanos. Por unas horas, por unos días, hemos reído, bailado, aplaudido, gritado y nos hemos besado bajo una misma bandera. Cada cual la entenderá a su modo, pero casi todos nos hemos sentido representados.
Sin levantar la voz, sin apenas protestar, el equipo armado por Luis de la Fuente ha vencido sólo jugando el balón sobre el césped al matonismo grosero de sus contrincantes. Las mentiras con las que se consuelan de un varapalo con el que no contaban, porque se sentían superiores, porque se arrogaban un derecho que no les pertenecía, son tan obvias que retratan sin disimulo su mal perder. Hay alguna -si el lector me permite hacer este paréntesis- que recuerda al fango con el que se llenan la boca el gobierno y sus correligionarios para desacreditar al periodista, abogado, juez o simple ciudadano de a pie que señala con el dedo sus marrulleros atropellos a la legalidad.
La victoria de la selección española trasciende lo deportivo. Y no porque hayamos vencido a Trump, Netanyahu y Milei juntos, como apuntan aquellos que se resisten a felicitar como merece a nuestra selección. Su triunfo ha reunido en calles y plazas, en España y otros países, a millones de personas necesitadas de una alegría compartida. La violencia de unos cuantos proetarras, el lamentable señalamiento de Sumar a alguno de sus jugadores y la negativa de Illa a recibirles en el parlamento autonómico no es que desacredite su gran mérito, es que lo ensalza.