Pedro en Narnia
A eso y solo a eso ha ido esta semana al Congreso. Tiene que asegurarse de que sigan pensando que, en su lado del muro, cada vez más estrecho y despoblado, el agua corre cristalina, los prados son verdes y la fruta madura y carnosa cae de los árboles. Y ellos están dispuestos a creer que es Narnia
Presi, así es como le llaman muchos de sus seguidores en redes sociales. «Gracias, presi, ¡qué humano eres!», responden cuando nos pide que bebamos agua o nos pongamos crema solar con cuarenta grados a la sombra. Si fueran sus parejas o progenitores los que se lo recomendaran, les llamarían pesados, en el mejor de los casos. ¿Pero quién puede resistirse a obedecer, siquiera a protestar, ante la sonrisa de Pedro Sánchez, el humano? ¡Qué guapos, Begoña y tú, presi! Le dicen cuando asisten a una reunión internacional ¡Qué bien nos representan! Ya pueden irse despidiendo, porque ella no estaba ya para muchas fotos y ahora se ha quedado sin pasaporte. Así reaccionan, es una tras otra. Echando paladas de melaza, hasta la náusea. Algunos serán robots, eso es indudable, otros perrunos aspirantes a seguir formando parte de las menguantes candidaturas del partido, pero hay quien le adora. Y a esos que, diga lo que diga y haga lo que haga, a esos que le declaran su amor incondicional cada día, venda libros, discos, cremas solares o viviendas de alquiler social inexistentes, es a los que el presidente se ha dirigido desde la tribuna del Congreso.
El guion era previsible: está dolido con los que atacan a su familia, que, por supuesto, es inocente. Él es otra víctima más, necesitada de cariños. Y los otros son aquellos que ni siquiera conoce. Es más, ni siquiera los conoció cuando dormía en su casa. Y a otra cosa, porque Pedro, que es el único que sabe cuándo iremos a las urnas, ya está en campaña. Un día vende dependencia y al siguiente nos regala derechos sociales. Porque él se desvive por la gente, es el gobierno de la gente. En ocasiones, debe pensarlo realmente y, con esa convicción interiorizada, se salta la ley a la torera y hace y deshace, decreto mediante, lo que le viene en gana. Está en el lado bueno de la historia, se repite ante el espejo. O se lo dice Rufián. Y, si falta un empujón, alientan el ataque a Isabel Díaz Ayuso. Porque, aunque el argumentario está ya muy gastado, sus incondicionales seguidores lo hacen suyo. Es visceral, les sale de las tripas.
Pedro Sánchez no ha ido al Parlamento a dar cuentas de la corrupción que corroe sus filas porque, de reconocer sólo lo que ya aparece como indicio probado ante los tribunales, tendría que haber puesto sobre la mesa su carta de dimisión hace meses. Podría argüir que no hay prueba alguna que demuestre que él ha metido la mano en la caja, pero no podrá negar que ha sido su mano la que, una a una ha colocado todas las manzanas podridas que han corroído el cesto hasta su base. El poder de Ábalos o Zapatero como ministros plenipotenciarios de su gobierno no era suyo, sino vicario, delegado del mismísimo presidente. Leire amedrentaba a guardias civiles, fiscales y jueces, sirviéndose de las instituciones del Estado, en nombre y en beneficio de la familia que habita en la Moncloa. Por muy favorables que pudieran llegar a ser las sentencias, que parece improbable dada la sólida argumentación del Tribunal Supremo contra la corrupción en el caso mascarillas, las conductas son inadmisibles.
Sin embargo, hay quien no lo ve. O quien no quiere verlo. El amor es ciego. Y el miedo más. Y han inoculado mucho miedo al personal en el cuerpo. A todos ellos, a los que le llaman «presi» con cariño, se ha dirigido con estudiado gesto de humildad y contrición un Pedro Sánchez transmutado ya en candidato. A eso y solo a eso ha ido esta semana al Congreso. Tiene que asegurarse de que sigan pensando que, en su lado del muro, cada vez más estrecho y despoblado, el agua corre cristalina, los prados son verdes y la fruta madura y carnosa cae de los árboles. Y ellos están dispuestos a creer que es Narnia, aunque en realidad sea una sucia y peligrosa trinchera.