El garbanzo negro
Zapatero fue la solución interna menos mala para un PSOE quebrado entre familias en disputa y huérfano de liderazgos tras el escabroso final del Gobierno de Felipe González. Era el que menos molestaba. Pero no era el mejor
Cualquiera podría llegar a ser presidente, cientos de miles de españoles podrían gobernar. Esto es lo que, allá por 2009, Zapatero le dijo a Sonsoles. Sobre el papel, aquella declaración parece una perogrullada, puesto que la ley avala que cualquier español pueda llegar a ostentar semejante honor y habrá cientos de miles, probablemente millones de españoles sobradamente preparados, brillantes. Pero declinarían aceptar semejante responsabilidad. Hace falta, como mínimo, ambición, coraje, sentido común, humildad y conocimientos. También un respeto por el cargo del que él ha demostrado que carece.
Lo que la trayectoria de Zapatero demuestra es que, efectivamente, cualquiera –o un cualquiera– puede llegar a ser presidente. A estas alturas, la pregunta que cabe hacerse no es cómo puede haber acabado un jefe del gobierno ante un juez de la Audiencia Nacional investigado por la presunta comisión de gravísimos delitos, al que, a tenor de lo que avanzan los autos, podría sumarse alguno más a poco que avance la instrucción. La pregunta que habríamos de plantearnos, si queremos evitar que la historia se repita, es en qué falla el sistema para que una persona con el perfil de José Luís Rodríguez Zapatero haya llegado a ostentar el alto honor y el trascendente deber de ser presidente. Aunque los corifeos de Pedro Sánchez alaben los supuestos avances sociales de su mandato, aunque empobreciera extraordinariamente a las clases medias, los que se sentaron con él al Consejo de Ministros dan cuenta de su escasa pericia. Su adanismo, cuestionando la propia nación que gobernaba y asumiendo como propias las votaciones de un parlamento autonómico, dieron alas a las fuerzas centrífugas que pretenden hacer saltar por los aires el modelo de convivencia que ampara la Constitución. Hoy todavía padecemos los efectos de aquella atolondrada huida hacia adelante, del mismo modo que sufrimos en nuestro mermado poder adquisitivo los de una brutal crisis económica que ni quiso ni supo ver y que gestionó de la peor forma posible, tirando el dinero por la ventana.
No es que se fuera por la puerta de atrás, es que le echaron. Estaba poniendo en riesgo el euro y con él la arquitectura financiera internacional. Y, en vez de irse a contar nubes, como prometió, en el nombre de España y con el respaldo más o menos explícito, pero real del gobierno, lleva años esforzándose en blanquear a algunas de las más repugnantes dictaduras del planeta. Ahora sabemos que lo hacía, supuestamente, para ganar dinero. No se puede esperar otra cosa de alguien que, sin ruborizarse siquiera, presume abiertamente de haber puesto fin a ETA cuando lo que realmente ha puesto es la alfombra roja a Arnaldo Otegi en el corazón de las instituciones democráticas.
Zapatero fue la solución interna menos mala para un PSOE quebrado entre familias en disputa y huérfano de liderazgos tras el escabroso final del Gobierno de Felipe González. Era el que menos molestaba. Pero no era el mejor. En ese sistema de extracción de élites, que premia el silencio, las sonrisas y la fidelidad antes que las entendederas, está la avería. Hoy, Zapatero paga las consecuencias de sus actos en carne propia. En Ferraz, los que le eligieron, le encumbraron y se cobijaron a su amparo, acabarán por desentenderse. Han empezado a soltar lastre.