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Desde la almenaAna Samboal

El silencio de los corderos

Pero llegará el otoño y caerán una tras otra las citaciones judiciales, las sentencias o los tirones de orejas desde Bruselas. Y, un día u otro, ellos se irán y nos pasarán la factura del silencio ante sus desvaríos. Cuanto más turbia y disparatada es la juerga, más dolorosa acostumbra a ser la resaca

Alarmados y preocupados se declaran los aplaudidores del presidente. Y no porque el PSOE no encuentre auditor que se atreva a firmar sus cuentas de 2025. Será porque hayan detectado agujeros negros de difícil explicación, será por el riesgo reputacional que acarrea avalar los cuestionados estadillos de Ferraz, prometieron dos auditorías cuando echaron a Santos Cerdán y no tienen ni una. Alerta roja, aunque los incondicionales de Pedro Sánchez no quieran ni darse por enterados. Tampoco dan importancia a las reuniones de Leire. Un día con la presidenta del partido, otro con el número dos de la Fiscalía, cada mañana con el secretario de organización, porque la señora estaba preocupada por el One: ¿cómo no abrirle las puertas? Esta mujer, sin aparentes atribuciones oficiales, tenía acceso a los salones más selectos del poder, pero, en una epidemia de amnesia colectiva, nadie recuerda por qué.

A la clac de la Moncloa, lo que realmente le quita el sueño es la condena del hermano. ¿Cómo es posible –se preguntan– que a alguien puedan condenarle porque le hayan enchufado? ¡Qué locura, por algo tan nimio! Ya no se podrán crear puestos a medida ni pagar salarios públicos por la cara a los David, Jessicas y Claudias que pululan en torno a presidentes y ministros con el único fin de vivir a costa del contribuyente sin pegar palo al agua. Los jueces habrán perdido el juicio –se dicen, mirándose e impostando un teatral gesto de incredulidad–. O será lawfare, no queda otra explicación –concluyen aparentando alarma–. Habrá más rasgándose las vestiduras, esa es la consigna. Con las joyas de Zapatero van por la quinta versión. Reír por no llorar al atender al sinfín de argumentos que han usado para desacreditar la sentencia, como si la opinión pública no les hubiera ya condenado. Legal o no, que es ilegal, la supina ausencia de ética les delata, aunque el CIS haya salido al rescate absolviéndolos.

La anormalidad se ha convertido en la nueva normalidad. Los intereses de Estado se subsumen a la mera supervivencia de los que nos gobiernan. Esos mismos que, en su día, tacharon de drogadicto a un presidente en ejercicio, ahora llaman a Francia para intentar organizar un lío diplomático al calor de la crónica deportiva de un expresidente por un partido de semifinales en el Mundial. Son los mismos que llevan una legislatura entera prometiendo Presupuestos que no llevarán al Congreso ni para convertirlos en programa electoral, los que manipulan la letra y el espíritu de las leyes mediante reglamentos y órdenes ejecutivas o los que se mantienen contra viento y marea aferrados al sillón aun en contra del parlamento.

En la España de hoy, hastiada porque no llega a fin de mes, pero volcada en celebrar los triunfos de sus futbolistas, tienen cuartelillo para seguir con sus desmanes o sus disparatadas respuestas. Hemos rebasado con creces el nivel de saturación. Lo tendrán tal vez unos días más, mientras sesteamos en la playa. Pero llegará el otoño y caerán una tras otra las citaciones judiciales, las sentencias o los tirones de orejas desde Bruselas. Y, un día u otro, ellos se irán y nos pasarán la factura del silencio ante sus desvaríos. Cuanto más turbia y disparatada es la juerga, más dolorosa acostumbra a ser la resaca. Lo probamos en carne propia al despedir a José Luis Rodríguez Zapatero.

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