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HorizonteRamón Pérez-Maura

Llanto por Plinio Apuleyo

Gabo y Plinio se habían hecho amigos en París en la década de 1950. Compartieron ideología más o menos comunista y Plinio fue nombrado primer director de 'Prensa Latina', la agencia de noticias de la Revolución Cubana en 1959, inmediatamente después del triunfo de esa revolución. Duró poco en el cargo

El verano me trae la muerte de otro amigo admirado: Plinio Apuleyo Mendoza. Un liberal colombiano arrepentido de sus veleidades comunistas –como tantos otros– que se convirtió en férreo defensor de la libertad individual. Supe de su existencia en 1996 con aquella magna obra: Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, que firmaba con mis amigos Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa y que tuvo al poco una apostilla en Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano y Español. Siento que el verano me tenga lejos de mi biblioteca y no pueda llenar la columna de brillantes citas de ambos libros que dejaban a nuestro progresismo en parihuelas.

Mi admirado Plinio se curó de una enfermedad difícil de superar: su sintonía ideológica con Gabriel García Márquez. Sobre ello publicó libros como El olor de la guayaba en 1982, una larga obra de conversaciones con el más tarde premio Nobel, que constituye una fuente fundamental para conocer la vida, la obra y las ideas del escritor colombiano. Gabo y Plinio se habían hecho amigos en París en la década de 1950. Compartieron ideología más o menos comunista y Plinio fue nombrado el primer director de Prensa Latina, la agencia de noticias de la Revolución Cubana en 1959, inmediatamente después del triunfo de esa revolución. Duró poco en el cargo.

Pero seguía siendo un referente para Gabo y tras el golpe de Estado que dio Augusto Pinochet en Chile el 11 de septiembre de 1973, García Márquez envió a Plinio a Santiago de Chile a proteger la vida de Pablo Neruda del que se sabía que estaba enfermo y se temía que las nuevas autoridades quisieran quitárselo de en medio. Neruda murió el 23 de septiembre siguiente y Plinio me contó sin dudarlo que había muerto de causas naturales, según pudo averiguar en los días que pasó en Santiago, a donde llegó inmediatamente después del deceso. Pero se engendrarían muchas dudas al respecto.

Colombia tiene la costumbre de no tener un cuerpo diplomático que ocupe los puestos de las embajadas. Antes al contrario, el Gobierno nombra personas de su confianza en casi todos los puestos diplomáticos. Después de dejar la dirección de Prensa Latina en 1960, el Gobierno del presidente Alberto Lleras Camargo lo nombró secretario de embajada de Colombia en París. Extendió su carrera diplomática como embajador de Colombia en Portugal durante el primer mandato de Álvaro Uribe. Pero el periodismo y no la diplomacia fue la primera entrega de Plinio. Lo que le importaba era difundir sus ideas. Y eso no siempre era fácil desde la diplomacia, donde tu primer deber era la lealtad al presidente que te había designado para el puesto.

Dirigió Semana, la publicación colombiana más influyente desde que Felipe López Caballero la reactualizó en 1983, aunque Plinio fue su director llegando a ese relanzamiento en que López Caballero unió Semana, fundada por Alberto Lleras Camargo, con Alternativa, una revista de izquierda promovida por Enrique Santos y Gabriel García Márquez.

Todos sabemos el peso de la vanidad. Y por ello no me importa contar que Plinio terminó de seducirme el 6 de agosto de 1998. Yo había volado a Bogotá a la toma de posesión como presidente —al día siguiente— de mi amigo Andrés Pastrana Arango. Eran tiempos en que no había teléfonos móviles y yo estaba pendiente de una llamada de Pastrana para hacerle la primera entrevista de su Presidencia para ABC. No podía ni salir del hotel.

Plinio dirigía entonces un programa de comentario político en una cadena de televisión cuyo nombre no recuerdo. Él quería que fuese a los estudios de la cadena a hacerme una entrevista. ¡Yo! Que era un pipiolo de 32 años. Pero Plinio creía que yo podía aportar algo diferente a lo que decían los analistas colombianos. Como yo no quería apartarme del teléfono, Plinio montó un estudio en el Hotel Charleston, donde me hospedaba. Y no olviden que entonces las cámaras eran mamotretos y había que mover a media docena de personas para grabar una entrevista.

Post scriptum: Tuve que volver tres semanas después a Bogotá para hacer la primera entrevista de su Presidencia a Andrés Pastrana horas antes de que partiera para Durban, Sudáfrica, a la cumbre de los No Alineados a la que todavía pertenecía Colombia.

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