Neocaudillos
En las propuestas populistas, la clave es hacerse con el poder a toda costa y permanecer en él el mayor tiempo posible, deshaciéndose pronto de aquellos que contribuyeron a alcanzar la cima, porque allá arriba solo puede habitar una única criatura todopoderosa
Nos encantan los caudillajes. Ese total sometimiento al líder ha sido cosa del ayer y vuelve a serlo de hoy. Renacen con fuerza las opciones que gravitan en torno a supuestos prohombres, obviando en ocasiones hasta lo que piensan o dejan de pensar sobre no pocos asuntos. Sus mensajes concentrados en concretos temas polémicos sirven para atraer a multitudes, que los vociferan en las plazas o en la barra del bar. Aunque se trate de democracias asentadas, esa irresistible tendencia al personalismo y su brocha gorda invade cada vez más el escenario político, impidiendo entrar en matices que tantas veces inclinan nuestro voto a una u otra alternativa.
No hace mucho, un cabecilla de una de estas formaciones me envió un vídeo de una intervención parlamentaria suya. Con verbo iracundo e inmisericorde dedo índice apuntando al banco gubernamental, disparaba improperios como una metralleta. Tras verlo, me permití trasladarle que se le había quedado en el tintero algo fundamental, relativo a la ausencia de marco legal que permitiera lo que denunciaba tan ardorosamente. Me contestó que eso era cosa de leguleyos, que a la gente lo que le interesaba era el gesto y tal y cual. Lo que me decía era idéntico a lo que un día le escuché a un representante situado en sus antípodas ideológicas sobre saber encontrar el guiño que cautivara a los votantes, con independencia de la razón que pudiera haber detrás de lo que se sostenía.
El cesarismo siempre ha seguido esos patrones. Focaliza en ademanes, eslóganes y demás engañifas su principal objetivo. Da igual que se sepa de antemano que la materia expuesta admita diversas formas de abordarse o que incluso no tenga fácil solución: el populista solo persigue difundir simplonas consignas a seguir a rajatabla, y tararearlas o bailarlas si es preciso en sus briosas convocatorias.
Tampoco es necesario que el dirigente idolatrado sea un dechado de virtudes. Hemos visto cómo sociedades enteras han seguido apoyando a personajes con escasa integridad sometidos a la acción de la justicia, porque «fulanito robó, pero hizo». La permanente exposición pública en las redes de estos adalides de la oclocracia o del gobierno de la chusma revive a todas horas en cualquier rincón, y no se han encontrado antídotos fiables que la combatan con garantías.
En torno a estos jerarcas se acostumbran a generar camarillas inmunes a la más mínima crítica. O a cualquier amenaza orientada a removerlos. Aunque las leyes obliguen a los partidos a un funcionamiento democrático, en estos casos resulta quimérico tan solo mentarlo. En realidad, esta plaga se extiende ya por la práctica totalidad de siglas, que consideran peligrosos disidentes a aquellos que se limitan a ver las cosas de otro modo o al menos ansían debatir las líneas programáticas con libertad. En las propuestas populistas, la clave es hacerse con el poder a toda costa y permanecer en él el mayor tiempo posible, deshaciéndose pronto de aquellos que contribuyeron a alcanzar la cima, porque allá arriba solo puede habitar una única criatura todopoderosa.
Ser carismático es también típico de estos hiperlíderes, aun cuando se carezca del menor atractivo. Ya se encarga el agitprop reinante de generar un imaginario colectivo que ayude a convertir en lo que no son a tipos corrientes y molientes, o sin especiales características. Las biografías de los caudillos acostumbran a plasmar con frecuencia genuinas mediocridades disfrazadas de grandeza, y seguimos haciendo lo mismo con el transcurso de los años. Pueden ser ahora neocaudillos los que no han dado un palo al agua en su vida o se han dedicado a tareas de reducido relieve en su esfera privada. Lo importante no es el pasado, sino el presente y futuro esplendorosos a los que puedan guiar quienes no han logrado alcanzarlo antes para ellos.
A estos rebrotes del caudillismo hemos llegado porque los que tenían las riendas democráticas no han sabido o querido conducirlas a espacios de bienestar y convivencia reconocidos por la mayoría. O han preferido no emprender las reformas precisas, optando en su lugar por una inercia inane, prima hermana de la desidia, dejando pudrir los problemas.
Y después, claro, pasa lo que tiene que pasar, que es tener que abrocharnos los cinturones ante el anuncio de fuertes turbulencias.
- Javier Junceda es jurista y escritor