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En Primera LíneaJavier Junceda

El término medio

Existen infinidad de escenarios en los que procede el prudente y saludable 'in medio virtus' aristotélico. Pero en otros constituye una mera excusa artificiosa para no mojarse y tragar lo que haya que tragar. No se puede ser tolerante con la intolerancia, consideró Karl Popper

En el término medio no está siempre la virtud. No cabe «matar un poquito», por ejemplo. En asuntos que no tienen vuelta de hoja, apelar a la equidistancia solo sirve para confundir prudencia con pusilanimidad. O con conformismo. Manifestar un criterio contrario a lo que no es de recibo es la mayor muestra de moderación que existe. Y callarse ante desvaríos equivale a hacer claudicar a la razón, pese a que el relativismo rampante dificulte discernir entre lo delirante y lo juicioso.

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El Debate (asistido por IA)

En temas que admitan matices, o sean discutibles, el eclecticismo sí es señal de gran cordura. Sucede que, hoy, la tendencia apunta a extremar posturas, incluso en lo opinable. El caso político resulta paradigmático: reconocemos las fórmulas que proporcionan mejoras a los pueblos, y las que no tanto, pero no se ha patentado aún aquella que dé en el clavo en todo momento y lugar. Las variables que operan aquí son innumerables, y aunque haya modelos que funcionan, la contingencia acostumbra a empapar esa dinámica, tornándola muchas veces en puro azar, dependiendo de personalidades o coyunturas determinadas.

Desde luego, se escapan de esa elemental ecuación las recetas que se sabe de antemano los calamitosos efectos que producen. Ahí no hay término medio que valga, sino solo enfrentarlas sin cuartel. No han faltado en los últimos tiempos irresponsables propuestas así, que han perseguido tensionar a la sociedad, reabriendo heridas cicatrizadas, promocionando una politización asfixiante o radicalizando a los ciudadanos al máximo. La consecuencia, esperable, ha sido una reacción del signo contrario y análoga combatividad.

Conocemos de sobra el lugar oscuro al que conducen las perspectivas hiperventiladas, de uno u otro sentido. En los climas templados es donde se logran mejores cosechas, y algo parecido les ocurre a las democracias. Cuando son aburridas, proporcionan provechosos frutos, porque el ruido contribuye poco a inspirar acuerdos que permitan avanzar. Y ha de subrayarse que un país progresa cuando lo hace a partir de amplios y generosos consensos, como aquí supimos hacer en nuestra ejemplar Transición.

Con todo, defender el equilibrio político no debe significar desnudarse de principios y preferir cualquier alternativa distinta a aquella que sugiere lo oportuno. En ese pasivo o indolente caldo de cultivo es en el que suelen germinar los enfoques ultras, imprimiendo notables dosis de ansiedad e intemperancia a unos postulados que podrían ser muy útiles si los que debieran proponerlos no hubieran preferido esconderlos vergonzantemente.

Algo similar pasa en materia religiosa. La contaminación ideológica de la que habla el Papa León en cuestiones informativas o tecnológicas se viene padeciendo en bastantes más terrenos desde hace décadas, en una orientación o en la opuesta, lo que ha traído consigo la apropiación indebida de las esencias del cristianismo por unos u otros, cuando estamos ante algo por definición ajeno a tales banderías. Se ha llegado al colmo de encumbrar a clérigos que se han tirado al monte con su kalashnikov al hombro. O a alabar o denostar sin recato genuinas iniciativas del césar que se multiplican a diario, guarden o no relación con lo que es de Dios.

Aunque tengo la sensación de que en este ámbito el sectarismo sopla más de un lado, ambos vientos debieran merecer igual tratamiento. Y este no tendría que pasar por la apelación al tan manido término medio, sino más bien por hacerlo del «otro término»: el de alejarse de una maldita vez de lo político y de ocuparse, como los zapateros, de sus zapatos.

Existen infinidad de escenarios en los que procede el prudente y saludable in medio virtus aristotélico. Pero en otros constituye una mera excusa artificiosa para no mojarse y tragar lo que haya que tragar. No se puede ser tolerante con la intolerancia, consideró Karl Popper. Y frente a eso no es cabal proponer ningún punto intermedio. De ahí que debamos como sociedad armarnos de valor para contrarrestar lo que ponga en riesgo nuestra convivencia en libertad, por más que la postura cómoda sea la de escrutar nubes y silbar.

La defensa de lo común no admite mayor sensatez que la de rechazar cuantas amenazas lo desafían. Y en eso no hay medias tintas, ni tampoco esos infumables términos medios de los que abusamos para ponernos de perfil.

  • Javier Junceda es jurista y escritor
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