El espejismo independentista
Falsificar la Historia es fácil. El catalanismo convirtió una guerra de sucesión entre dos candidatos al trono español en una guerra de secesión entre España y Cataluña a principios del XVIII. Basta de mentiras
La historia inventada se acerca al esperpento. He escrito más de una vez sobre el quimérico independentismo catalán, su desarrollo y su actualidad, desde datos históricos que sólo la búsqueda de beneficios políticos, y sobre todo económicos, pueden discutir. Nunca esa entelequia había contado con el aval directo de un presidente de Gobierno. Sánchez aireó en el Pleno del Congreso la existencia de dos países: España y Cataluña. De traca. No ha tenido respuesta. El Rey de España, «símbolo de su unidad y permanencia», y por ello su garante, podría haber aprovechado su discurso en la entrega del Cervantes para apostillar el disparate presidencial. No lo hizo. Tan extraño como su reconocimiento de que felicitó privadamente a María Corina Machado por su Nobel de la Paz sin hacerlo público para no contrariar la postura del Gobierno. El Rey lo es de todos los españoles y no tiene partido ni ataduras.
Con Sánchez todo es posible porque carece de ideario, de sustento ideológico, desde un esquilmado poso intelectual. Solo piensa en su beneficio. Utiliza a sus peones y se los quita de encima cuando le conviene. Hagan una lista de sus muertos vivientes. Y no nos quedemos en Marisu Montero. El último caso, por ahora, parece que afectará a la exministra Reyes Maroto. Se anuncia su sustitución en la candidatura socialista de Madrid por Luis Arroyo, un socialista de fortuna. Aparece remando a favor, claro, en los medios controlados. ¿Otra futura víctima electoral de Sánchez?
Volvamos al espejismo catalán. En su día escuché unas interesantes declaraciones de Josep Borrell. Se opine de él lo que se quiera, es una persona que sabe de lo que habla. No como tantos otros. Preguntado por el independentismo catalán y la quimera que venden sus líderes sobre su futuro fuera de España, confesó que, ante unas declaraciones de Mas, entonces presidente de la Generalidad, sintió «vergüenza intelectual por cómo un responsable político puede demostrar tan poca honestidad». Se hablaba sobre las reacciones de Europa ante una Cataluña independiente a las bravas, única posibilidad. Dentro de la ley sería imposible. Borrell citó las normas europeas aplicables, demoledoras para la mentira repetida por líderes catalanistas de que, independiente, Cataluña sería una nación más de la UE.
Las cosas son así desde Resoluciones del Comité de las Regiones de la UE. Si una región de la UE pasase a ser independiente, se suspenderían automáticamente todas las políticas comunitarias afectadas. Esto no se explica a los agricultores catalanes ni a los empresarios. Inmediatamente después de esa independencia catalana, esa región dejaría de formar parte de la UE y tendría que solicitar su incorporación, y la solicitud debería ser aprobada unánimemente por los estados miembros. La independencia no tendría efecto alguno si fuese decidida por el Parlamento de Cataluña, y por el Estado español sería imposible desde la Constitución. El espejismo europeo que airean los independentistas es irrealizable. Carece de sentido creer en la unanimidad de los miembros de la UE. Ni siquiera con un disparatado voto favorable de España. Sánchez es taimado y mentiroso, pero no tonto, y quiere pasar a la historia, como ha repetido, pero acabar con tantos siglos de trayectoria común es demasiado. Sería tocarles los dídimos a instituciones vitales y Sánchez, cobardica constatado, no llegaría a tanto.
Tampoco esa quimérica independencia catalana sería reconocida por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Puerta cerrada. Los líderes independentistas mienten a los catalanes al anunciar que la independencia no supondría perjuicios, que seguirían en la UE y en el euro, que mantendrían su economía, mejorándola en miles de millones, y serían acogidos benévolamente por la comunidad internacional. El mayor receptor de productos catalanes es el resto de España, sin comparación ni de lejos con las relaciones económicas con otros países. Pero eso lo silencian. Como si se dirigiesen a tontos del haba. Alejémonos de cuentos de hadas. La realidad es la que es, aunque los líderes catalanistas, y ahora Sánchez, persistan en mentir. Lo cierto es que ya sorprende a pocos.
Falsificar la historia es fácil. El catalanismo convirtió una guerra de sucesión entre dos candidatos al trono español en una guerra de secesión entre España y Cataluña a principios del XVIII. Basta de mentiras.