Gafes, cómplices y graciosos
El Gran Wyoming, así se bautizó generoso consigo mismo, hizo una gracieta sobre la presencia de Juan Carlos I en la reaparición taurina de Morante en Sevilla. El Rey padre recibió una sonora ovación y no pocos asistentes gritaron «¡vuelve»
Se acumulan las evidencias: Sánchez es gafe. Atrae mala suerte. Ningún presidente vivió tantas desgracias nacionales sin afectarle, no resolviendo sus consecuencias ni cumpliendo sus promesas. Pese a su pésima gestión mantiene millones de votos; en cualquier democracia chirriaría, en la nuestra no. Para el inolvidable Alfonso Ussía, dentro de los gafes Sánchez es un «sotanillo», el más peligroso: perjudica a los demás, pero él se beneficia. Conocí a algunos gafes; recordaré a uno. En el diario en el que entonces escribía a ciertos colaboradores nos recogía los artículos un motorista, lejos aún del correo electrónico y antes del fax que transmitía documentos telefónicamente; a muchos jóvenes ni les sonará. Los motoristas temían recoger las colaboraciones de cierto personaje, académico por más señas, debido a los continuos percances que sufrían en sus recorridos. Para los escamados motoristas era gafe.
Contrario al gafe es el tipo con potra, término antiguo que recoge la RAE. Potra es suerte. Nos llega de la hernia (potra) en el escroto, saco de piel que sostiene los testículos, por lo que tener potra supondría, además de tener suerte, tener huevos. Lo opuesto podría entenderse como la carencia de ellos. Nuestro gafe particular padecería esa ausencia, en el sentido de ser miedoso, poco bravo. Recordemos su penosa huida de Paiporta, camino del retrete, entre guardaespaldas, mientras los Reyes permanecían con la gente.
¿Cómo afecta el gafe a sus cercanos? Pienso en los socios de Sánchez, convertidos ahora en cómplices. Cacarearon que saltarían del barco si se demostraban cobros de Ferraz. ¿Qué esperan tras las primeras jornadas en el Supremo? Quieren mantener los sillones, defienden sus chollos. No encontrarían destinos mejores; muchos no habían dado antes un palo al agua. Yolanda, por ejemplo, renueva continuamente su vestuario y anda de turismo por esos mundos. Nunca lo soñó. El socio que yerra es el PNV. Hace el trabajo a Bildu que, al final, gobernará en el País Vasco con el PSOE. No es la primera vez que pierde el norte. Sabino Arana, el fundador, tampoco era un dechado de aciertos; rectificó al final de su vida. El PNV oculta ese viraje.
Recordemos a algunos graciosos. A veces parecen ir en serio, como Luis Tosar, excelente actor metido en camisa de once varas. Declaró: «Me produce mucho dolor escuchar a chavalitos de 14 o 15 años reivindicando la figura de Franco como si ese señor no fuera el que un 18 de julio se alzó en armas para reventar a un gobierno legítimo y provocó una guerra de tres años» y «sometió a este país a 40 años de sufrimiento, oscuridad, retraso con respecto al entorno y que provocó muchas muertes». No tiene ni idea. Tendría que leer más.
Si Tosar leyese sin orejeras ideológicas sabría que Largo Caballero, el Lenin español, buscó la guerra en reiterados discursos y escritos. Le recomiendo seguir el Diario de Sesiones del Congreso desde febrero del 36, elecciones ganadas por pucherazo, a julio del 36, golpe de Estado fracasado. ¿Gobierno legítimo? Qué cosas. La guerra se produjo y dividió España en dos porque la izquierda promovió esa división; un antecedente del muro de Sánchez. El prólogo de la guerra fue la revolución social-comunista-anarquista de Asturias en octubre del 34. El interés por el franquismo que inquieta a Tosar se debe a que lo resucitaron Zapatero y Sánchez. El tiro por la culata. La juventud busca conocer la realidad económica, social, en infraestructuras, educación, sanidad, y más, de aquella España hoy enjuiciada desde una sectaria memoria oficial. Orwell resucitado.
El Gran Wyoming, así se bautizó generoso consigo mismo, hizo una gracieta sobre la presencia de Juan Carlos I en la reaparición taurina de Morante en Sevilla. El Rey padre recibió una sonora ovación y no pocos asistentes gritaron «¡vuelve». El gracioso oficial resumió: «Me imagino que eran todos inspectores de Hacienda». Juan Carlos I no tiene cuentas pendientes ni con la Justicia ni con Hacienda. Supongo que José Miguel Mazón, alías Gran Wyoming, estará tranquilo con la inspección de Hacienda dado su gran patrimonio inmobiliario, rural, etcétera. Se lo ha ganado, pero esa realidad choca en quien rompe lanzas por la vivienda social y la justicia distributiva. Acaso es gracioso, pero esgrime un humor de piñón fijo.