Nuestro ayatolá
Sánchez no ha condenado los asesinatos de católicos en Nigeria. Sus opiniones son de quita y pon. Como presidente no ha acudido a ningún acto religioso; no felicita a los católicos la Navidad, pero sí el Ramadán a los musulmanes
Por viejo, ya que no por sabio, recibí sin extrañeza la gratitud de Hamás a Sánchez tras la bullanguera travesía de la flotilla a Gaza, escoltada por un buque de la Armada, ni me sorprendió demasiado que en misiles iraníes figurase el rostro del presidente. Con mi respeto a los ayatolás, que son clérigos en su religión, Sánchez es un ayatolá de pega.
Nuestro insólito presidente estudió en la Universidad María Cristina de El Escorial, regida por agustinos, fundada en 1892, hoy adscrita a la Universidad CEU San Pablo. Por citar a dos ilustres alumnos de ideologías enfrentadas, allí estudiaron Manuel de Argüelles, ministro de Hacienda y de Fomento de Alfonso XIII, y Manuel Azaña, presidente de la Segunda República. A Sánchez le molaba la enseñanza privada; luego sería doctor, de aquella manera, por la Universidad Camilo José Cela. Ahora defiende, ardoroso, la enseñanza pública. También Pablo Iglesias eligió para sus hijos un colegio privado y no vive en su casita de Vallecas, como anunció, sino en un casoplón de La Navata. Del dicho al hecho.
La deriva autocrática de Sánchez y sus sueños, aún incumplidos, admiten coincidencias con la realidad iraní. Al ayatolá y líder supremo Jameneí lo mató un misil estadounidense el pasado febrero junto a su hija, una nieta, una nuera y su yerno. Las muertes de inocentes son siempre una tragedia, aunque en este caso fuesen precedidas por las de muchos miles de iraníes durante años y el sangriento colofón tras las últimas protestas. El líder supremo firma reiterados decretos para la gobernación del país. Otro espejo del sanchismo.
Jameneí, como obviamente su sucesor, controlaba los poderes ejecutivo, legislativo, judicial, las fuerzas armadas, servicios de inteligencia, cúpula del clero, medios de comunicación, organizaciones y fundaciones, seminarios y grupos empresariales. Los candidatos a la llamada Asamblea de Expertos y al Parlamento eran, y son, previamente examinados por el Consejo de Guardianes elegido por el líder supremo. En las elecciones de 2004 el Consejo de Guardianes anuló miles de candidaturas. Jameneí marcaba lo que debía decidirse. ¿Alguien duda que nuestro ayatolá casero envidia gobernar así? Camino lleva con su ocupación de lo público y cada vez con mayores invasiones de lo privado.
Últimamente a Sánchez le ha iluminado la conversión. Se manifiesta ateo, pero defendió raudo a los católicos cuando Netanyahu impidió una celebración en la basílica del Santo Sepulcro, lugar especialmente sagrado para los cristianos, centro de peregrinación desde el siglo IV. Luego resultó que se habían limitado las actividades religiosas y públicas en general por temor a los ataques de misiles. Había caído ya un misil junto a la basílica. El Patriarca Latino de Jerusalén, cardenal Pizzaballa, franciscano, quitó hierro al incidente considerándolo un «malentendido». España no se enteró; otros países sí. ¡Ay, Albares!
Sánchez no ha condenado los asesinatos de católicos, por ejemplo, en Nigeria. Sus opiniones son de quita y pon. Como presidente no ha acudido, que se sepa, a ningún acto religioso; no felicita a los católicos la Navidad, pero sí el Ramadán a los musulmanes. Se negó a asistir a funerales por las víctimas de la covid y de la dana, montando «funerales de Estado» laicos, menos con las víctimas del accidente de Adamuz cuyos familiares se negaron a la pantomima; en el acto de la covid, la escenificación en la plaza de la Armería, en círculo, con música y ofrenda floral, tenía un cierto tufillo masónico
Países de nuestro entorno celebran la Semana Santa con presencia de sus jefes de Gobierno. Sánchez disfruta sus vacaciones en Las Marismillas, en Doñana, la finca expropiada a mi amigo el marqués de Borghetto; almorcé, 1992, en aquel palacete con un grupo de diputados autonómicos de Madrid. Una maravilla. Sánchez tiene buen ojo desde La Mareta a Las Marismillas.
A nuestro ayatolá Sánchez le felicita Hamás y sus amigos lanzan misiles personalizados en su honor que acaso un día dañen la basílica del Santo Sepulcro. Nuestros Reyes tampoco se han dejado ver, que sepamos, en ninguna procesión ni acto de la Semana Santa; sólo se vio a doña Sofia. La mayoría de monarcas cristianos celebran la Pascua. Recuerdo aquel «¡Qué país, Miquelarena!», exclamación del escritor Pedro Mourlane ante su colega Jacinto Miquelarena en una situación chirriante. Pues eso.