El rodadero de los lobosJesús Cabrera

Ojito con los belenes

«Tampoco tiene relevancia que a una pastorcilla le falte un brazo o que la mula del portal carezca de orejas»

Una vez pasado el puente de la Inmaculada tienen que estar montados todos los belenes, como marca la tradición. Hay quien lo hace con sobrada antelación y quien -los menos- apuran hasta las mismas vísperas de la Nochebuena. Da igual, porque lo importante es que en esa noche se pueda celebrar lo que escenifican esas figuras.

No importan que sean de barro, que estén modeladas a palillo o revestidas del lujo napolitano. Tampoco tiene relevancia que a una pastorcilla le falte un brazo o que la mula del portal carezca de orejas. Son las heridas del paso del tiempo, las huellas de varias generaciones de niños que las han convertido en objeto de sus juegos.

En las últimas décadas se ha producido un proceso de refinamiento en el montaje de los belenes que no está nada mal. La aparición de los dioramas -sólo aptos para personas con tiempo y paciencia- han revolucionado este arte. También, como una herencia de la Reina María Amalia de Sajonia, los belenes napolitanos han eclosionado, sobre todo en Andalucía, donde se les da una interpretación tan personal que no resultan en absoluto ajenos a nuestra cultura.

Mientras tanto, perdura el Belén clásico, el de toda la vida, el de los corchos y la platilla para el río antes de que la normativa medioambiental condenara a prisión revisable a quien arrancara una mata de lentisco o una plasta de musgo. Este es el modelo que perdura, el hilo transversal de una tradición que adoptará nuevas modas pero siempre trasciende el tiempo. Junto a éste, se mantiene también el Misterio, la escena del Portal de Belén como reducción necesaria del universo de pastores, rebaños, Herodes, Santos Inocentes, la huida a Egipto o cualquier otra escena que interprete la tradición.

Esta abreviatura del Belén en tres, cinco u ocho figuras es el baluarte que siempre encuentra sitio y que en un rincón de una oficina, en un escaparate o el un vestibulo proclama en estos días la grandeza que está por celebrar.

En los belenes que todos llevamos grabados en la memoria siempre hay un punto que es el principal, al que se dirigen todas las miradas y que es el que ordena todo lo que hay a su alrededor. Las figuras del Niño Jesús, la Virgen María y San José siempre han destacado por su ubicación, su entorno o su iluminación. No costaba trabajo encontrarlas con la vista y al hacerlo todo lo demás cobraba sentido.

Ahora, en cambio, hay belenes en los que predomina lo secundario sobre lo principal. El alarde en la decoración, el refinamiento en el diseño y la búsqueda de superar lo ya hecho están provocando -a lo mejor sin quererlo- un eclipsamiento de lo sustantivo frente a lo adjetivo. El centro del Belén ya no son las figuras principales de la Virgen, el Niño y San José, que en algunos casos quedan escondidas o relegadas a un plano secundario en aras de un efecto de perspectiva o del protagonismo de unos personajes de alto valor artístico.

Hay que tener cuidado con esto. Si se oferta como un Belén debe tener todos sus avíos para que cobre su sentido; en caso contrario, no pasará de ser una maqueta de un pueblo jordano, una estación de esquí, una fantasía urbana o una bulliciosa escena costumbrista, que están muy bien, por supuesto, pero no son lo que deben ser.

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