Belmonte
«Una retrospectiva es una especie de reválida en la que se somete a examen público el trabajo de toda una vida y no todo el mundo acepta este reto»
Compartir generación con José Manuel Belmonte te hace verlo con la misma juventud con la que uno se siente. Siempre con ganar de aprender, de superarse con todo un futuro por delante. Pasan los años, seguimos ahí, y sin darnos cuenta se va acumulando una producción que en la mayoría de las veces no se valora en su conjunto.
Muchos artistas han confesado que no se han dado cuenta de lo que han hecho hasta que ha llegado la hora de hacer una exposición retrospectiva. Es el momento en el que se echa una mirada amplia a una producción que se ha ido sumando lentamente, paso a paso, casi sin darse cuenta. Una retrospectiva es una especie de reválida en la que se somete a examen público el trabajo de toda una vida y no todo el mundo acepta este reto. La inseguridad, la falta de confianza en uno mismo o la realidad incuestionaable de un resultado endeble hace que haya quienes den un paso atrás a la hora de someterse a este reto.
Belmonte consideró el pasado año que había llegado este momento y aceptó hacer una exposición retrospectiva por todo lo alto. No es lo mismo mostrar tu producción en Córdoba que hacerlo en Madrid, donde los códigos en el mundo del arte funcionan de otra manera y el público potencial de este tipo de exposiciones es completamente distinto. Es someterse a un juicio de forma totalmente imparcial. O funciona o no funciona.
Terminada la muestra en el Centro Cultural Casa de Vacas del Retiro con el balance de 60.000 visitantes -que nadie dude: hay fotos y vídeos de las colas en la puerta- supone la consagración de lo que ya sabíamos en Córdoba. Cuando con generosidad se ofrece lo que se ha hecho cargado de honestidad no cabe otro resultado.
Nunca he pertenecido al círculo más cercano a este escultor pero sí nos conocemos desde antiguo y creo que la cordialidad que le profeso es recíproca. En todo este tiempo he seguido la progresión de su trabajo, el asombro que provocan esas obras que surgen en plena libertad creativa, sin corsés de encargos ni caprichos de comitentes. Ahí es donde brilla el Belmonte más grande, el que ha triunfado en Madrid.
Además, ahora remata este año con un balance de otro tipo, muy distinto a la exposición en la Casa de Vacas. Es un libro de lujo en el que también se repasan estas cuatro décadas, como testimonio de lo que no deja de ser más que un alto en el camino, una parada para tomar aire y seguir adelante en una carrera en la que aún le queda mucho por decir.
Aparte del reconocimiento al trabajo de Belmonte en este tiempo, tanto la exposición como el libro son una reivindicación de un arte figurativo que aunque ahora goce de valoración en estos 40 años ha atravesado periodos muy adversos, donde incluso desde las instituciones se le miraba con injusto desprecio. Belmonte ha realizado en solitario esta travesía del desierto, remando contracorriente en un ambiente cultural donde no había hueco para su arte. Sólo contaba con la confianza de lo que salía de sus manos.
Por todo esto, es de justicia que ahora se le reconozca lo que ha hecho y cómo lo ha hecho, porque el trabajo de los artistas también tiene su contexto. La producción de estos 40 años no sería nada sin la fortaleza interior necesaria para vencer las adversidades. Ahí está el resultado. Disfrútenlo.