Las urnas dicen no a la guerra entre el PP y Vox
Carlos Martínez, el delegado que dejó en CyL Santos Cerdán, ha llevado a su jefe a la octava derrota consecutiva. Eso sí, el bipartidismo se mantiene con fuerza frente a opciones regionalistas, como Unión del Pueblo Leonés (3), Por Ávila (1), que mantienen representantes, o Soria Ya, que pierde uno
Sánchez y Zapatero gritaron en esta campaña no a la guerra. De hecho, ZP se ha quedado detenido allí, en 2004, cuando un atentado atroz le llevó a La Moncloa. Solo actualiza el eslogan cuando dice sí a los dictadores y a las comisiones a cambio de rescatar aerolíneas ruinosas. Pero los castellanos y leoneses les han contestado a los dos presidentes socialistas que para guerra la que ellos tienen en sus bolsillos: el gasoil, la carne, el gas, las cebollas, la sanidad, los pueblos vacíos, el envejecimiento. Y le han dado una victoria incontestable a la derecha, con Vox menos disparado de lo que se esperaba -ha subido un procurador- y con un PP que sigue creciendo pero que no tiene fuerza suficiente para gobernar solo. No hay mayoría absoluta; toca negociar.
Ayer, los votantes no miraron a Teherán sino a su bendito ombligo de ciudadanos que pagan impuestos a los que la izquierda ha tomado por tontos. Les han querido dar este domingo el gato de la demagogia antiTrump por la liebre de solucionar sus problemas. Carlos Martínez, el delegado que dejó en CyL Santos Cerdán, ha llevado a su jefe a la octava derrota consecutiva. Eso sí, el bipartidismo se mantiene con fuerza frente a opciones regionalistas, como Unión del Pueblo Leonés (3), Por Ávila (1), que mantienen representantes, o Soria Ya, que pierde uno.
El PSOE podría decirse que ha salvado los muebles, pero unos muebles que amenazan ruina. Hombre, el PSOE venía de colocar en Extremadura a un imputado amiguito del también imputado hermano del presidente y en Aragón, a la portavoz de las barrabasadas de Sánchez. El tuerto Martínez era un Rey al lado de estos ejemplares. El alcalde de Soria, de buena ejecutoria en su ciudad, aunque con alguna sombra de irregularidades, contaba con una ventaja. Bueno con dos: no era tan identificable con Pedro y, además, podía fagocitar -y lo ha hecho- a todos los partidos a su izquierda, que se han quedado sin representación. Los socios del sanchismo están pagando muy caro ser costaleros de un gobierno sin oxígeno. Quizá por eso Yolanda ha dicho aquello de pies para qué os quiero y se ha ido a Los Ángeles. Allí al «no a la guerra» lo visten de alta costura. Dónde va a parar si comparamos la alfombra roja de los Óscar con los problemas de un ganadero de Palencia. O la dacha de Galapagar con los apuros de una familia de Arévalo. Si va a tener razón Rufián: él hubiera superado el 3 % de voto que no han conseguido ni Sumar con IU ni Podemos y hecho mejor campaña en Aguilar de Campoo vendiendo las bondades de la singularidad catalana. Hubiera arrasado.
Pero como ocurrió hace meses en Extremadura y Aragón, tampoco se ha elegido un Gobierno sino una expectativa. Las derechas vuelven a contar con una ventaja abrumadora frente a la izquierda, una bicoca que no dejaría pasar Pedro Sánchez ni en broma, aunque padeciera insomnio para abrazar a Pablo Iglesias una y mil veces. Pero en este lado del muro, las cosas son más complicadas. Es decir, lo que tendría que ser un pasaporte para llegar mañana mismo a un acuerdo, no está garantizado. Quizá haya que esperar a las andaluzas. Abascal tiene la llave con 14 escaños, muchos, pero 19 menos que Fernández Mañueco. Y eso lo saben hasta en Valladolid.
Porque antes habrá que desbloquear Extremadura y Aragón, dos Comunidades donde el bloque de la derecha se hizo con un 60 % de apoyos, en el primer caso, y con un 52 %, en el segundo, y ni eso fue suficiente para conformar una alianza. Los electores quieren un cambio de ciclo. Los de Castilla y León, que participaron dos puntos más que hace cuatro años, gritaron además alto y claro: no a la guerra… entre PP y Vox. El presidente electo, Fernández Mañueco, lo dijo ayer: «Habrá que dialogar, Castilla y León será terreno libre de sanchismo».