Por derechoLuis Marín Sicilia

Camino del precipicio

«Aquí no hay inventadas ni fango, salvo el de la propia podredumbre»

El problema con Sánchez, visto lo visto, es esperar de él un comportamiento mínimamente democrático. Mientras proclamaba enfáticamente «he decidido seguir, con más fuerza si cabe», tras cinco días de reflexión en los que bramaba, encerrado en palacio, para que sacaran a su mujer de la imputación judicial («que se limpie todo, sin límites», había dicho Pedro Sánchez), en la sede socialista de Ferraz se constituía un comando para «desestabilizar de forma sistemática y continuada cualquier procedimiento judicial o actuación policial que impacte en los intereses del Gobierno y especialmente en las investigaciones a miembros del partido o de la familia del presidente», según consta en el auto del juez Pedraz.

El cúmulo de escándalos que afectan al partido socialista es tan denso y grave que, en pocas horas, parecen anticuados los procedimientos abiertos sobre financiación irregular, Tito Berni, casos mascarillas, Koldo, Abalos y Cerdan, Plus Ultra, Hidrocarburos, esposa y hermano del presidente, caso Presidente Zapatero y tantos frentes que cercan al sanchismo como forma poco democrática de ejercer el poder. El registro de la sede del PSOE acreditaba la formación de un albañal que desestabilizara causas judiciales atendiendo a las exigencias del «jefe» o del «one», es decir, al máximo responsable del Gobierno y del partido como promotor de la cloaca.

Ante hechos tan deleznables que en un país serio acabarían con cualquier gobierno, el sanchismo recurre a su deporte favorito: la descalificación, el contraataque, el esparcimiento de más suciedad y la negativa a dar explicaciones razonables. En el escaqueo habitual de sus responsabilidades, los acólitos de Sánchez, como mucho, echan el muerto a quienes el juez ha imputado por formar una banda contra jueces, fiscales y periodistas pero, si fuera falso que detrás de todo no está el jefe del partido y del Gobierno, ¿por qué no se querella contra quienes le atribuyen tal responsabilidad en audios y documentos contrastados?.

La reacción ante el escándalo continuado que protagoniza el Gobierno está dañando, con riesgo de que sea irreversible, al propio partido socialista. Hace tiempo que analistas de todos los colores venían advirtiendo de que llegaría un momento en que Sánchez acabaría con el PSOE si su militancia y dirigentes responsables no reaccionaban a tiempo. Y ese tiempo está al límite.

Por mantener el poder, Sánchez ha llevado al PSOE hacia posiciones radicales que están aproximando a España a comportamientos gubernamentales propios de regímenes autoritarios latinoamericanos como la Argentina de los Kirchner, la Venezuela chavista, o la Colombia post terrorista. Ese populismo de base leninista disfrazado de falsa progresía, ajena a las democracias occidentales, coloca a lacayos serviles al frente de las instituciones, pretende imponer un estilo de vida, no cree en la auténtica libertad, le molesta la división de poderes, considera que el poder lo legitima todo y tiene una obsesión enfermiza contra la independencia del poder judicial.

En su huida hacia adelante, Sánchez está llevando al país al borde del precipicio. Domesticado el poder legislativo colocado al servicio exclusivo de Sánchez, para lo cual no importa el peaje que satisface a los enemigos del régimen constitucional y de la soberanía nacional, está empeñado en controlar al último dique representado por el poder judicial. Marginados los órganos consultivos y de control, no ha bastado convertir al Tribunal Constitucional y a la Fiscalía General en meras terminales gubernamentales. El último escándalo ha sido el cese de la magistrada que atendió la comisión rogatoria de Francia y Suiza para investigar el blanqueo de capitales que dio pie a la imputación de Zapatero, mientras no cesan las continuas intentonas de reformas intervencionistas de la Judicatura, como la pretensión de colar por la puerta de atrás a más de mil jueces de libre designación. Son síntomas del nivel de degradación democrática que hacen saltar todas las alarmas sobre la vocación totalitaria de Pedro Sánchez y sus aliados.

Los términos del auto del juez Pedraz son contundentes: «El PSOE pagó una trama contra jueces y policías para proteger a Sánchez». Aquí no hay inventadas ni fango, salvo el de la propia podredumbre. Intentar desacreditarlo lanzando al depredador ministro Puente y a sus secuaces culpando a los Jueces, a la Guardia Civil, a la Policía y a la prensa libre de una campaña contra el Gobierno y su partido es haber perdido el sentido del decoro y de la vergüenza.

Rodeado del círculo cada vez más menguante de fieles, dicen que por la Moncloa se habla de que el presidente está fuerte y animado y «ahora se verá quien está y quien no está» con Sánchez. En realidad se trata de comprobar si aún queda en el PSOE gente responsable, leal a España y a su carácter de partido de Estado, o prevalece un servilismo personalista. Porque que nadie se engañe: Sánchez y su gente no acabarán con la decencia en España pero si pueden llevar a su partido al borde del precipicio. Y lo más duro y lo peor en un enfermo terminal es alargar su agonía.

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