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Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

La familia y el combate espiritual

El poder político es secundario, derivado. El verdadero poder es siempre espiritual. Suena mal esto de hablar de enemigos, pero el hecho de que sea necesario amarlos prueba por sí mismo que los hay

El combate espiritual no es un problema de nuestro tiempo, sino de toda la historia de la humanidad. Al menos para la teología cristiana, la cosa ofrece pocas dudas. Apenas es preciso invocar la antigua autoridad de San Agustín en La ciudad de Dios. Todo arranca del Génesis. Cosa distinta es cuáles sean las armas y los ámbitos en los que se dirime el combate. El adjetivo ya confirma que no se trata de una batalla convencional. Es un conflicto espiritual entre el mundo y el espíritu o, siguiendo con la teología cristiana, entre el bien y el mal, la verdad y el error, entre Dios y el diablo.

El cardenal Carlo Caffarra, cuando fue nombrado por el Santo Padre primer presidente del Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre el matrimonio y la familia, recibió una carta de sor Lucía de Fátima en la que afirmaba que la batalla final entre el Señor y el reino de Satanás pasará por el matrimonio y la familia. Y añadía: «No tengáis miedo, porque todos aquellos que defienden la santidad del matrimonio y de la familia siempre encontrarán oposición; serán combatidos por todos los medios posibles». Queda claro que el ámbito privilegiado de la actual batalla espiritual se encuentra en la familia. Basta con prestar un poco de atención al ideario woke y sus principales reivindicaciones. Todo él constituye un ataque frontal a la familia y al matrimonio. No a la familia y al matrimonio «tradicional». A la familia y al matrimonio, sin más. Solo a modo de recordatorio: matrimonio entre personas del mismo sexo, aborto como derecho, el derecho a morir y el correlativo deber de matar, maternidad subrogada, divorcio por la libre petición de cualquiera de los cónyuges. Incluso la aceptación social del adulterio. Cuenta el cardenal Sarah que un fallo del Tribunal de Casación francés desestimó una demanda por difamación interpuesta por un ciudadano contra una revista que había publicado una relación extraconyugal. El Tribunal estimó que «la evolución de las costumbres y de las nociones morales ya no permite considerar que la imputación de una infidelidad conyugal sea capaz de atentar contra el honor o la fama». Podría decirse que es más bien un mérito. Si el aborto o la eutanasia son considerados derechos, ¿por qué no habría de serlo el adulterio?

El materialismo histórico y la lucha de clases ya no son creíbles ni influyentes. La izquierda ha comprendido bien que la batalla hoy es cultural y consiste en la apropiación del poder espiritual en el seno de la sociedad. Detrás de él llega siempre el poder temporal. Por otra parte, la destrucción de la familia y el matrimonio lleva consigo una gran ventaja. El Estado se queda sin competencia. Por eso comprobamos cómo paso a paso se va convirtiendo en señor de la vida y la muerte, en supremo discernidor sobre quién nace o muere y quién no. Es una nueva versión del totalitarismo que aspira a someter directamente a las conciencias. Es natural que se manifieste en una agresión permanente a la libertad de expresión. Solo a él compete lo que es verdadero o falso, bueno o malo, lo que e puede decir y lo que no se puede.

El problema es que el enemigo no solo se encuentra fuera. El 11 de mayo de 2010, el papa Benedicto XVI afirmaba en una entrevista: «Siempre lo hemos sabido, aunque en nuestros días se manifieste ante nuestros ojos de una manera terrorífica: las mayores persecuciones contra la Iglesia no proceden de sus enemigos exteriores, sino de los pecados cometidos dentro de la Iglesia, para los cuales necesita urgentemente hacer penitencia para purificarse».

El poder político es secundario, derivado. El verdadero poder es siempre espiritual. Suena mal esto de hablar de enemigos, pero el hecho de que sea necesario amarlos prueba por sí mismo que los hay.

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