Perdón y gratitud
La petición de perdón es una de las más sublimes acciones morales. El ofensor reconoce su culpa y solicita el perdón del ofendido
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, electa mediante un procedimiento político importado de la insaciable Europa, continúa con su obsesiva reclamación de que España pida perdón por la empresa americana y, con impertinente suficiencia, comenta que la última actitud del Rey de España entraña una cierta mejoría. Podemos estar tranquilos. Por mi parte, no me preocupan las palabras de la mandataria nativa, sino la ignorancia culpable de muchos de mis compatriotas.
La petición de perdón es una de las más sublimes acciones morales. El ofensor reconoce su culpa y solicita el perdón del ofendido. Es una actitud personal, pero no adecuada para las entidades colectivas. Los españoles que piensen que la obra de España en América ha sido un error histórico que ha causado mucho dolor en las poblaciones indígenas están en su derecho de pedir perdón, incluso al precio del ridículo. Además, las culpas no se transmiten de generación en generación, salvo para las mentes primitivas. En este sentido, la exigencia de perdón debería dirigirse también a Italia por la conquista romana, a los musulmanes por la ocupación violenta de buena parte de Europa, a Francia por las invasiones napoleónicas y así cabría continuar. ¿Por qué no tienen que pedir perdón los gobiernos a sus ciudadanos? ¿Incluso algún Gobierno mexicano? No existe una especie de perdón subrogado ni histórico. Por otra parte, el perdón es una petición del ofensor, más que una exigencia del ofendido.
Cabría concluir aquí. No hay lugar, en este caso, para el perdón: nada que perdonar ni nadie que deba solicitarlo. Sin embargo, sigamos un poco más. La realidad de la América hispana, además de la verdad histórica, impide la consideración de un conflicto histórico entre españoles (es raro que solo se hable de los españoles y nunca de los ingleses, franceses o portugueses) e indígenas. El mestizaje y la inmigración lo impiden. Entender la independencia como una guerra de liberación indígena es pura falsedad. Es mucho más parecida a una guerra civil. Fue obra de una minoría criolla con muy menguado seguimiento indígena. Por otra parte, la conquista habría sido imposible sin el apoyo de muchos pueblos indígenas cuya división fue aprovechada por Cortés o Pizarro. Más de dos siglos de independencia no parecen haber mejorado mucho la situación de estas poblaciones. En América hay grandes huellas de la grandeza de las viejas civilizaciones precolombinas y de la inmensa obra española (la impropiamente llamada etapa colonial). Menos de la etapa posterior. La primera constitución americana fue democrática y liberal, y española: de Cádiz de 1812. México, por ejemplo, no se entiende sin España.
No se trata de una cuestión de justicia o desagravio histórico, sino de pura ideología. No hace al caso el recuerdo de todo lo que España llevó a América. En realidad, no se trata de dos realidades distintas, sino de una realidad plural: las Españas. Pero sí mencionaré una que es, creo, la causa de la «leyenda negra». Es el catolicismo. El «pecado» español es un pecado religioso. Y unido a esto, el resentimiento indigenista (no de los indígenas) que abomina de Occidente.
Y las ideologías suelen apoyarse en la mentira. En esto tuvo razón Marx cuando afirmó que la ideología es falsa conciencia, conocimiento deformado de la realidad por intereses de clase. Su equivocó al pensar que todo el conocimiento era ideológico y que no era posible la verdad salvo en el caso del comunismo. Y, sin embargo, este ha sido una de las más puras formas de la ideología y del totalitarismo. El de la América española es un viejo caso de manipulación histórica. Y, ante tanta patraña, uno termina por pensar que si unos exigen el perdón, otros podríamos reivindicar la gratitud.