Morante se confirma como Rey indiscutible del toreo con una faena histórica en La Maestranza
Sin cortar trofeos, por la espada, miles de personas se echan al ruedo para sacarlo en hombros
Morante de la Puebla fue sacado a hombros por la Puerta de Cuadrillas de La Maestranza
Segunda actuación en Sevilla de Morante de la Puebla, esta temporada, y segundo cartel de «No hay billetes». A eso se unen los miles de personas que lo ven, gracias a las cámaras de One Toro y de la televisión autonómica valenciana.
Tarde para la historia de Morante: en su segundo toro, tenía el rabo cortado, con absoluta seguridad, pero los fallos con la espada le impiden cortar trofeos. ¡Qué importa! El público, enloquecido, y con fundamento, le hace dar dos vueltas al ruedo.
Al final de la corrida, miles de personas –sobre todo, muchísimos jóvenes– se echan al ruedo e intentan sacarlo en hombros por la Puerta del Príncipe. Se impone finamente la cordura y lo sacan en hombros por la Puerta de Cuadrillas, hasta la furgoneta, en la calle Iris. En muchos años de aficionado, no había visto en la Maestranza algo semejante.
Cuando tenemos la fortuna de haber vivido una obra de arte tan grande, y tenemos que contarla al que no la vio, se impone –creo– evitar la literatura barata, los adjetivos innecesarios. Como pedía Stendhal, intento dar «los detalles exactos».
Torea esta tarde Morante toros de Domecq… pero no los bravos y nobles de Santiago Domecq del día anterior (¿qué diabluras hubiera hecho con ellos el diestro de La Puebla?) sino de Álvaro Núñez, hijo del ganadero don Joaquín, rama desgajada de Cuvillo. Es una divisa predilecta de las figuras. Los toros de esta tarde tienen movilidad y cierta casta, pero algunos están justos de presentación y de fuerza. Juan Ortega, muy decidido, emborrona sus faenas artísticas con dos bajonazos. Con su valor estoico, Víctor Hernández logra cortar un trofeo y deja buena impresión.
El primer toro embiste con celo. Morante, muy firme, sin una duda, en seguida dibuja verónicas, cargando la suerte. El toro tiene casta pero flaquea, lo pican poco y Morante lo alivia con capotazos por alto. Ortega se lo enrosca a la cintura en chicuelinas muy sevillanas (un quite de dudosa oportunidad, con un toro tan flojo). En banderillas, el animal quiere embestir pero lo hace con las fuerzas justas y la boca abierta. Comienza José Antonio con ayudados por alto y el toro se defiende, tiene muy corto recorrido. Aún así, le saca unos suaves naturales pero, en seguida, el animal se para por completo. Entra a matar cuando debe aunque suenen algunos pitos y deja con facilidad la estocada. No había toro para más.
Morante de la Puebla, durante el paseíllo de este jueves en La Maestranza de Sevilla
Morante de la Puebla, con el primero de su lote, de nombre Nenito y 503 kilos
La faena para la historia llega en el toro cuarto, «Colchonero», colorado, de cuatro años. Lo recibe con una serie de largas a una mano, como las que dio hace un año en esta misma Plaza y causaron sensación: son preciosas pero no fijan al toro. Las verónicas, meciendo el capote, son monumentales, hacen que suene la música. Deja al toro en el caballo con una larga cordobesa, con el capote al hombro. Lo pican poco. Los recortes y galleos para ponerlo por segunda vez al caballo levantan un clamor.
Cambian el tercio y Morante sorprende al público cogiendo los palos: algunos espectadores no se lo habían visto nunca. Lo hace con facilidad, sin carreras innecesarias, al estilo de Antonio Bienvenida. El segundo par, al sesgo, pone al público en pie. Mi inolvidable amiga Pilar Vega de Anzo sostenía que Morante era también el mejor banderillero…
Para el tercer par, pide una silla, se sienta, cruza la pierna izquierda sobre el muslo derecho, como en una estampa decimonónica, llama al toro y pone el par al quiebro. (Ya lo hizo en Francia pero casi nadie lo recuerda): ¡la locura!
Pero la cosa no queda ahí. También sentado en la silla, comienza con ayudados por alto, cargando la suerte, con clasicismo. Sigue por naturales suavísimos, inmensos: uno, dura una eternidad (y no estoy exagerando). Toda la faena ha sido una obra de arte extraordinaria, completa, redonda: algo que está sólo al alcance de los elegidos Tenía el rabo cortado, sin la menor duda, pero pincha antes de media defectuosa y dos descabellos.
No hay trofeos: ¡qué más da! La vuelta al ruedo es clamorosa: feliz, el diestro, por haberlo logrado, y felices, todos, por haberlo vivido. Cuando concluye, le obligan absolutamente a dar otra vuelta al ruedo, él solo, recogiendo el cariño del público.
El diestro da la vuelta al ruedo tras una faena que se recordará durante años.
Acompaña a Morante, como muchas tardes, Juan Ortega, que, dentro de la estética sevillana, sigue buscando perfeccionar su estilo pero al que le sigue costando redondear las faenas y resolver las dificultades de los toros complicados.
Sorprende al público acudiendo a porta gayola en el segundo –un suerte no habitual en su estilo– y la resuelve con apuros. El toro sale suelto pero Juan dibuja verónicas; alguna, con el lance hecho antes de que llegue a su jurisdicción el toro, que hace pobre pelea en varas. En banderillas, el toro se viene arriba, suelto. Logra Juan algunos derechazos con naturalidad y ritmo; por la izquierda, el toro protesta y casi lo hiere. Vuelve a la derecha, con hermosos muletazos. No me gusta que un diestro tan clásico se agarre a los cuartos traseros, al final de la serie. Lo estropea con un bajonazo.
Después de la faena de Morante al cuarto, los revisteros dirían que había que irse de la Plaza… Con todo respeto para los otros diestros, lo entendería. El toro embiste rebrincado, se duele en banderillas, flaquea. ¿Cómo no se le ha ocurrido a Ortega brindarle este quinto toro a Morante? No lo entiendo. Además de justo y oportuno, le hubiera sido muy conveniente, de cara al público… Intenta dar muletazos estéticos pero el toro queda corto, se defiende, engancha la muleta. La gente acaba impacientándose. Y la espada cae muy baja.
Debuta en esta Plaza el madrileño Víctor Hernández, una de las grandes novedades de este año. Se ha ganado estar por primera vez en la Feria de Abril (y en la corrida de Beneficencia) por su valor impávido, al quedarse muy quieto y aguantar, en un estilo vertical, cercano al de José Tomás, de mucho riesgo.
En el tercero, que sale suelto, Víctor se pone en el mismo centro y se echa el capote a la espalda; técnicamente, no parece lo más adecuado pero tiene riesgo y mérito. El toro se derrumba aunque apenas lo pican. Comienza con estatuarios, muy del estilo de José Tomás. Lo embarca bien por la derecha aunque surgen enganchones. Emocionan los naturales, corriendo bien la mano. Su estilo, muy de verdad, ha calado en el público sevillano. Prolonga con naturales de frente, en corto. El toro tarda en cuadrar, se ha pasado de faena, suena un aviso cuando mete la mano con la espada con decisión: oreja.
Víctor Hernández, con el primero de su lote (al que cortó una oreja), toreando con ese estilo por el que le comparan con José Tomás
Se queda quieto Víctor en los lances de recibo al sexto pero el toro puntea el capote. Se arranca de lejos al caballo y aguanta bien el picador. El toro tiene casta y movilidad pero flaquea un poco. Acierta Hernández al brindarle a Morante. Cita de frente, aguanta, liga muletazos con mérito. Al final, se mete entre los pitones. Ha vuelto a alargar el trasteo pero se ha ganado el respeto del publico.
Al final, nadie abandona su localidad, una multitud invade la arena de la Maestranza y cogen en hombros a Morante. No me extraña, así se hacía antes por una faena grandiosa, como ésta ha sido, aunque no se hubieran cortado trofeos. Hay gritos y cánticos, mientras el cortejo da la vuelta al anillo. En los tendidos, la gente se felicita por lo que ha visto, contempla el insólito espectáculo, discute si ha sido mejor esta faena que aquélla que le premiaron con el rabo, se hacen fotos, para guardar el recuerdo de una tarde inolvidable…
La cosa se complica cuando los que están en el ruedo intentan que se abra la Puerta del Príncipe, en contra de la norma. El fervor colectivo es tan grande que se corre el riesgo de un problema de orden público. Intervienen las fuerzas del orden. Al final, la cordura se impone: se llevan a Morante por la Puerta de Cuadrillas. Me parece justo.
Desde que acabó la corrida, nos hemos quedado en la Plaza media hora. En la calle Iris, el bloqueo es total. Con gran dificultad, logra llegar Morante a su furgoneta. La multitud no para de aclamarlo, de corear su nombre, de dar golpes en la furgoneta; cuando ésta logra arrancar, muchísima gente continúa, pegado a ella, como si fuera un paso de Semana Santa. Escucho a un chistoso: «Quieren sacar a hombros la furgoneta». Otro le contesta: «Casi lo logran»…
Alguien que no lo haya visto, podrá atribuirlo a la exageración del carácter sevillano. Creo que se equivocaría. Desde que ha acabado la corrida, no he parado de recibir mensajes. Recojo solamente dos. Remedín Vázquez, hija del inolvidable maestro Manolo Vázquez, que ha vivido en su casa desde niña lo que es el toreo, me escribe: «Andrés, hemos visto una obra de arte, ¿verdad?». En medio del barullo de gente, encuentro un hueco para responderle con una sola palabra: «Histórica».
Desde Cataluña, mi exigentísimo amigo Salvador Balil, nada propenso a retóricas baratas, me escribe: «Hoy estamos viendo a El Gallo, Joselito, Chicuelo, Domingo Ortega, don Antonio Bienvenida… ¡Y con verónicas belmontinas! Estoy emocionado».
A pesar de mi aparente frialdad, yo también lo estoy. Y agradecido de haber tenido la fortuna de haber vivido algo así: sencillamente, una cumbre del arte de torear. Así lo recordaremos y lo contaremos, una y otra vez, aunque aburramos a los jóvenes… ¿Quién se acuerda hoy de un personaje llamado Urtasun?
No es cuestión de gustos: Morante no tiene ahora rival, en los ruedos. ¡Ya es una maravilla que haya un diestro de esa categoría! Y está ahora mismo en un momento cumbre. Aprovechemos para disfrutarlo: es imposible saber cuánto le durará. Mientras le dure, está propiciando una etapa dorada del arte del toreo.
FICHA
- Sevilla, Plaza de la Real Maestranza de Caballería. Feria de Abril. Jueves, 16 de abril . «No hay billetes».
- Toros de Álvaro Núñez, con movilidad y castita pero justos de presencia y fuerza.
- MORANTE DE LA PUEBLA, de tabaco y oro, estocada (silencio). En el cuarto, pinchazo, media defectuosa y dos descabellos (dos vueltas al ruedo). Lo sacan a hombros por la Puerta de Cuadrillas.
- JUAN ORTEGA, de gris plomo y oro, estocada caída (petición y saludos). En el quinto, bajonazo (silencio).
- VÍCTOR HERNÁNDEZ, de grana y oro, estocada tendida (aviso, oreja). En el sexto, buena estocada (petición y ovación de despedida).