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Unas líneasEduardo de Rivas

Zapatero y Carvajal, el fin de una era

Nos decían que se juntaba con su amigo Julio para correr por El Pardo. Y los únicos que corrían eran los fajos de dinero de un lado para otro

Se veía venir. Llevábamos mucho tiempo avisándolo, aunque pocos nos creyeran y otros se empeñaran en tacharnos de buleros, tramposos y mentirosos. Las exclusivas que ha sacado este periódico a lo largo de tantos meses sobre los negocios turbios de Zapatero tenían que acabar llegando a alguna parte y su destino final ha sido la Audiencia Nacional. Esta semana, la Justicia ha imputado al referente del socialismo y, con él, el expresidente del Gobierno se ha llevado por delante a Carvajal, que no al Pollo, sino al otro.

Poco antes de las nueve de la mañana del martes saltaba la última hora de que la Policía estaba registrando el despacho de Zapatero, que había sido recibido poco antes formalmente su imputación. Imposible. Sería una casualidad. Y con Intxaurrondo en pantalla en Telepedro. Tenía que ser otro Zapatero, no podía ser aquel que nos vendieron de medio santo y que había mediado entre Estados Unidos y Venezuela para capturar a Maduro y sacarlo del país. De él nos decían que se juntaba con su amigo Julio para correr por El Pardo, una afición que le vino con los años. Y resulta que el amigo no tenía un pelo de tonto y que lo que corrían eran los fajos de dinero de un lado para otro. Todo presuntamente, claro, la palabra de moda cuando la corrupción atañe a algunos. Porque si eres de izquierdas, ya te pueden grabar acuchillando a alguien, que lo tendrá que demostrar la Justicia. Pero si eres de derechas, puedes superar las 169 portadas de Francisco Camps en El País.

El equipo de opinión sincronizada se puso de los nervios con la noticia. Había que dar una explicación rápida para tratar de distraer la atención y a alguno se le ocurrió utilizar el comodín de la ultraderecha. Todo salía de una denuncia de Manos Limpias, así que el discurso era sencillo. Lo compró el Gobierno y hasta el PSOE, que hablaba de que la derecha y la ultraderecha nunca le perdonaron a Zapatero sus logros como presidente. Pero resultó que no, que lo de Manos Limpias era mentira y que el expresidente estaba más enfangado de lo que pensaban.

Y entonces salió Sánchez al rescate. En plena sesión de control, mostró su completo apoyo a Zapatero. No podía hacer otra cosa, claro, ya que era su máximo referente y la razón por la cual está donde está, tanto por sus políticas como por la ayuda que le prestó a la hora de negociar con Puigdemont. Esa es otra, por cierto, quien se reúne con el prófugo, se las tiene que ver después con la Justicia. Algún independentista verá fantasmas ahí. Primero Santos Cerdán y ahora, ZP. No estaría mal una visita de Sánchez a Waterloo. Sería la única manera de acabar con él, ya que parece que la situación de su maestro Zapatero tampoco le invita a convocar elecciones. Pretende seguir resistiendo, como reza el libro que nunca escribió, pero lo tendrá que hacer sin el estandarte del socialismo, que de tanto cavar en la mina en Venezuela ha terminado por cavar su propia tumba. Y eso que el Pollo Carvajal decía que no tenía oro, pero el juez no opina lo mismo.

Con Zapatero se acaba una era en el PSOE que dibujó los mismos tiempos que la de otro Carvajal, el del Real Madrid. En 2004 llegó a la Moncloa, un mes antes de que el futbolista colocara la primera piedra en Valdebebas. Y en 2026 sale a la luz su imputación, un día después de que el jugador blanco anunciara su marcha del club. En ambos casos, tras meses de rumores que anticipaban la noticia. La gran diferencia entre ambos es que, mientras uno deja un legado de éxitos en España y en Europa y recibe homenajes del Bernabéu, el otro quedará como el hombre que normalizó a ETA y blanqueó el chavismo para recibir sus últimos aplausos en el furgón policial, de camino a Soto del Real.

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