Las greguerías de Chema Madoz
Hay que ir a ver esta exposición con un farol en la mano, como aquella noche en que Gómez de la Serna fue al Prado para que le diesen la extremaunción del arte
De vez en cuando, hay que salir de Coruña, aunque solo sea para coger carrerilla y luego regresar a la ciudad todavía con más ganas. ¿Hay algo más apoteósico que enfilar Alfonso Molina después de unos días fuera de Atlantic City?
Cada uno le pondrá su banda sonora favorita a ese reencuentro, pero cuando entro en Coruña tras una temporada en el espacio exterior, y mientras veo cómo el último sol de Occidente incendia las cristaleras de nuestras torres, unas veces suenan los timbales de la Resurrección, de Mahler, y en otras ocasiones escucho los coros de Stairway to Heaven, de Led Zeppelin.
Hay que ver cómo se las gasta el crepúsculo al pintar de llamas los rascacielos de Coruña. El otro día hasta llamaron a los bomberos porque alguien pensó que esa luz terminal era auténtico fuego que salía por la coronilla de la torre Hercón. Recuerdo que, en otra vida, tuve una jefa que, cada vez que iba a Coruña al caer la tarde, llamaba muy alarmada porque, al ver enrojecidas las torres de Repsol, pensaba que estaba ardiendo la refinería. Para alertar de esas exclusivas llamaban de vez en cuando algunos superiores, como aquel otro que un día de tormenta nos alertó de que había hormigas voladoras tomando posiciones sobre los pareados de Oleiros. Le preguntamos si quería que las entrevistásemos, pero no lo pilló.
Por eso, para coger carrerilla como las hormigas voladoras de Oleiros, esta semana me fui a Santiago a ver la exposición de Chema Madoz en Afundación. Me fui para volver, aunque la verdad es que La naturaleza de las cosas es una de esas muestras en las que uno se podría quedar a vivir.
Exposición de Chema Madoz
Ya está dicho —y suena a lugarcomunismo, aunque no lo es— que las fotos de Chema Madoz son pura poesía visual. Pero yo creo que su género exacto es la greguería. Hace años hasta se publicó un libro en el que se juntaban las greguerías ramonianas con las imágenes de Chema. ¿Qué tiene que ver Gómez de la Serna con Madoz? Todo. Basta leer la definición de greguería que caligrafía Ramón en su desbordante Automoribundia: «La captación de lo instantáneo, de lo que llama la atención sobre el vivir intenso de los átomos que nos forman». Nada menos.
Veo esa cerilla de Madoz que incendia la realidad sobre un nudo de madera o esa flor que se dibuja con las virutas sobrantes al afilar un lápiz y ya tengo montado el viaje de ida y vuelta a Ramón, que tapizaba sus cuartos de Madrid y Buenos Aires con miles de estampas, recortes y fotografías callejeras. Aquella pegatoscopia suya anticipaba el ready-made y todas las instalaciones que vinieron después. Porque Ramón fue todas las vanguardias y todos los ismos antes que nadie. Andaba siempre en busca de «el escándalo y el chiribiteo del género nuevo». Sentía como casi nadie el deber de lo nuevo.
En ese estampario o poliorama de sus cosas converge con Chema Madoz y, por eso, hay que ir a ver esta exposición con un quinqué en la mano, como aquella noche en que Gómez de la Serna fue a visitar con un farol el Museo del Prado para que le diesen la extremaunción del arte.
Aquel Ramón que espiaba a las Majas de Goya y al Cristo de Velázquez a la luz de un fanal lo escribió todo y lo escribió tan bien que a España se le indigestó su prosa y ya nunca entendió completamente su gigantismo y su hermosura.
Por eso hay que ir a Santiago a ver cómo Chema Madoz nos explica el envés de las cosas al ponerlas bajo la gran lupa ramoniana.
Y solo después, cuando uno vuelve a Coruña, con las imágenes de La naturaleza de las cosas orbitando alrededor de su cráneo, se cae en la cuenta de que Ramón fue el único que comprendió a Cervantes cuando escribió aquello de que lo bueno sería que al final se descubriese que los molinos no son molinos, sino gigantes.