¡Basta de injerencias en Hungría!
Todos los progres del mundo quieren destruir la Hungría conservadora de Viktor Orbán y Fidesz, un ejemplo que cada vez más europeos quiere seguir
Si gana Viktor Orban las elecciones del día 12 de abril, no son pocos ya los que auguran una operación de Bruselas para no reconocer el resultado y buscar fórmulas de llevar a cabo también en Budapest un golpe blando como el que se dio en Rumanía. Si gana Viktor Orban las elecciones, en Bruselas saltarán todas las alarmas porque no habrán funcionado sus groseras y masivas injerencias en contra del gobierno conservador húngaro. Y aumentará aún mas sus ataques contra de las fuerzas conservadoras, patriotas y reformistas que tienen aterrorizados a la Comisión Europea y a su mastodóntico aparato burocrático y red de instituciones al servicio de la ideología socialdemócrata de populares, socialistas y verdes en toda Europa.
Si pierde Viktor Orban, Bruselas, los gobiernos de Berlín y París y demás apéndices, todos los medios del bipartidismo, las miles de ONG financiadas por la UE y por dichos gobiernos, dirán que las elecciones han sido perfectas y que su injerencia, brutal y masiva, no ha existido.
Bruselas ya se ha acostumbrado a interferir con éxito en diversos países, pero nunca en Hungría. Ahora lo intentará. Para eso llevan sus ONG y medios diversos publicando encuestas delirantes en favor de la oposición, encuestas sin ningún viso de realidad. Siempre servirán para decir que hubo injerencia rusa o que fueron manipulados los resultados por el demonizado Viktor Orban que se niega a acatar las políticas de Bruselas.
Bruselas, el aparato de la Unión Europea —esa maquinaria del totalitarismo suave que han creado los poderosos de Berlín, París, Davos y Fráncfort—, lleva muchos años de campaña hostil contra Hungría. Y ha alcanzado niveles de agresión histérica permanente desde que, hace cuatro años y desoyendo todas las amenazas, injerencias, manipulaciones y chantajes de la UE, los húngaros optaron por darle una masiva victoria, la tercera consecutiva, a Viktor Orbán con su partido Fidesz.
Ante las elecciones del 12 de abril, Bruselas y Berlín, y sus más obedientes gobiernos —como el de Donald Tusk en Polonia, que existe gracias a parecidas injerencias a las que ahora asistimos de nuevo en Hungría—, se las prometían muy felices. Creían que esta vez lo tenían fácil. Pensaban que el desgaste lógico tras tres legislaturas y los inmensos recursos que Bruselas y sus terminales facilitan directa e indirectamente a la izquierda y al Partido Popular —que pone al artificial rival creado para estos comicios— pondrían fin a la era Orbán.
En Bruselas estaban convencidos hace unos meses de que tendrían, antes del verano, un gobierno dócil dirigido por Péter Magyar, un resentido al que la UE ha garantizado el apoyo de todo su aparato, además de toda la izquierda. Así, Hungría empezaría a aceptar el reparto de la inmigración masiva de musulmanes, permitiría a los colectivos LGTB adoctrinar a los niños desde el parvulario, obligaría a abrir mezquitas y dejaría que la justicia y el Ejecutivo impusieran las leyes de género y todo el wokismo y los males generales de las destrozadas sociedades de Europa occidental. Hungría sería ya tan «normal» como Alemania o Francia, donde las mujeres van aterrorizadas en el transporte público. O tan «normal» como España, donde las violaciones se han triplicado en poco más de un lustro y las poquísimas viviendas y servicios públicos dan permanente prioridad a los inmigrantes, con el consiguiente colapso.
Para todo ello han lanzado una campaña brutal y permanente desde todos sus medios europeos, desde las capitales del bipartidismo, con una financiación extraordinaria a todas las ONG que trabajan contra el gobierno húngaro y un acoso político, financiero y de manipulación informativa hasta niveles inauditos. Como la campaña de «todos contra VOX» lanzada en España por todas las fuerzas, desde Sánchez a los obispos, desde el PP a ETA, pero en dimensiones ya no europeas sino mundiales.
Todos los progres del mundo quieren destruir la Hungría conservadora de Viktor Orbán y Fidesz porque es un ejemplo que cada vez un mayor número de europeos quiere seguir. Y eso se está viendo con el continuo crecimiento de las fuerzas de Patriotas por Europa, el grupo nacional y soberanista en el que están aliados Orbán y VOX. Hay pánico a que Orbán gane porque pronto los miembros en el Consejo Europeo aliados suyos pueden ser muchos.
La tan ansiada derrota de Orbán sería presentada como un triunfo de todas las fuerzas socialdemócratas del bipartidismo que están en permanente retroceso y bunkerizadas en las instituciones europeas que han secuestrado. Como el debate político lo han perdido, pretenden salvarse con medidas administrativas, con censura y, por supuesto, con masiva injerencia en las elecciones nacionales de los diversos países.
El Congreso de los Estados Unidos ya ha presentado un informe con pruebas de injerencias de Bruselas en numerosas elecciones. El gobierno húngaro también ha demostrado las inmensas irregularidades de la Comisión Europea en su guerra abierta contra un gobierno democrático que, además, es uno de los pocos que cumple con sus promesas electorales.
Orbán hace lo que prometió y por lo que le votaron. Y es demonizado por ello. El gobierno de Pedro Sánchez, que viola no solo todas sus promesas sino la Constitución y las leyes y está sumido en la más repugnante corrupción general, no ha recibido más que dinero a mansalva de Bruselas en vez de las denuncias, avisos y advertencias sobre su política delictiva y sus políticos ladrones que debería haber recibido..
Bruselas ha estado interfiriendo toda la campaña húngara, utilizando hasta a Ucrania y su presidente para extremar la agresión e interferir en la campaña electoral húngara. Y allá han mandado a ONG y observadores que son enemigos declarados del gobierno. Es una intervención descarada, grosera y antidemocrática contra un gobierno legítimo elegido por su pueblo.
Y es que la pieza a batir es máxima: Viktor Orbán y su Fidesz no son simples candidatos; son la voz de una Hungría libre que se niega a arrodillarse ante los burócratas sin patria de Bruselas, los globalistas sin escrúpulos y los progresistas que odian la libertad, la verdad, las fronteras, la familia y la nación.
La Unión Europea, que se autoproclama guardián de la democracia, ha desplegado su arsenal habitual: amenazas de recortes de fondos, campañas mediáticas orquestadas desde Bruselas y Estrasburgo, y el apoyo descarado a la oposición húngara financiada desde fuera.
Pero no es solo Bruselas. Toda la campaña internacional contra Orbán es una operación coordinada de la izquierda global que tiene al Partido Popular Europeo a su servicio, que es el que pone las caras de los políticos supuestamente de centroderecha para hacer después la política totalitaria de izquierdas.
Ahí están comprando voluntades y difundiendo mentiras: desde Soros y sus ONGs, la prensa progresista de medio mundo, Hollywood, las élites de Davos y todo el aparato norteamericano de Joe Biden hasta hace poco más de un año.
El problema que tienen es que han estado publicando encuestas falsas dando una apabullante victoria a Péter Magyar, el protegido de Von der Leyen y de Berlín. Pero según se acerca la fecha, ellos mismos comprueban en las encuestas reales que Hungría no parece convencida de dejarse someter. Hungría recuerda que Europa se construyó sobre naciones libres, no sobre un imperio burocrático que impone desde arriba lo que los pueblos rechazan desde abajo. Por eso están preparando un escenario en el que, de ganar Orbán, busquen la anulación de las elecciones como hicieron en Rumanía donde, hoy está probado, robaron descaradamente la presidencia de la república a Călin Georgescu.
Odian la Hungría conservadora y van a intentar derribar a Orbán legal o ilegalmente. Si no pueden comprar o confundir a una mayoría de los húngaros, intentarán invalidar los resultados o boicotearlos.
Pero Hungría no está sola. Millones de europeos hartos de esta deriva totalitaria de la socialdemocracia —ese socialismo vegano que tarde o temprano pretende imponer los mismos dictados de sus primos carnívoros o caníbales que son los comunistas— miran a Budapest con esperanza. La verdadera Europa no está en Bruselas: estará el 12 de abril en las urnas húngaras. En esas elecciones nos jugamos todos mucho. Los húngaros se juegan la libertad y la seguridad que han tenido hasta ahora. Los patriotas europeos nos jugamos ese gobierno amigo de las fuerzas conservadoras y patriotas del continente que crecen sin parar y son la gran esperanza de una Europa que enmiende los terribles errores de esta Unión Europea que nos hace cada vez más pobres y menos libres, esta UE fracasada.