firma invitadamanuel roldán gómez

De la oscuridad a la luz

«¡Qué importante el agua bendita para nuestra vida! Ese agua no solo limpia el pecado venial; es escudo contra las embestidas del demonio»

Aún con la tristeza de haber dejado a Cristo en el sepulcro, amanece un nuevo día. Un día en el que las parroquias se llenan de movimiento, de preparativos y de ensayos. Con las puertas cerradas (al igual que los primeros discípulos) se va disponiendo todo para la celebración más importante del año: la Vigilia Pascual.

Con mucho esmero, se prepara la pila bautismal para volver a recibir las aguas que cambiaron un día nuestra vida. Un nuevo Cirio Pascual es entronizado y adornado para simbolizar que una luz nueva (y antigua a su vez) se hace presente en nuestra vida. Las flores van inundando el altar, el presbiterio, el retablo… la nueva vida se abre paso. El pan y el vino se disponen en la credencia, ausentes desde la noche del Jueves Santo.

Y a las puertas de un nuevo Domingo de Resurrección comienza la celebración que da sentido a todo el año cristiano. Celebramos que Cristo no se ha quedado en el sepulcro. Ha vuelto la vida para no volver a morir. La Vigilia Pascual posee una liturgia distinta, llena de simbolismo y es una perfecta catequesis de la Resurrección. Comenzamos con la bendición de la luz en la puerta de la parroquia. Una luz que debe iluminar nuestra vida todo el siguiente año. Una luz que colocada en el Cirio Pascual nos recuerda que Cristo es la luz que ilumina la oscuridad de nuestra vida.

Al entrar en la parroquia se entona uno de los cantos más hermosos de la liturgia: el Pregón Pascual. Y aún en la oscuridad, iluminados, tan solo con la luz del Cirio, se leen lecturas que recuerdan la obra de salvación de Dios con el pueblo de Israel. Terminan las lecturas con una explosión de luz con el canto del Gloria, la lectura de la Epístola del Nuevo Testamento y del Evangelio. Este día se recupera en la liturgia el canto del «Aleluya», silenciado durante toda la Cuaresma. Un aleluya que se hace salmo para manifestar que no podemos tener más alegría que la de saber que nuestro Dios está vivo y ha resucitado.

Tras la homilía comienza la liturgia bautismal. Todos los santos se hacen presentes en nuestra celebración con la proclamación de las letanías. El Cirio, introducido en la pila bautismal, bendice el agua con la que nacerán nuevos hijos de Dios. Con el gozo de sentir a Cristo Resucitado en nuestra vida, recordamos y damos gracias por nuestro bautismo, recibiendo de nuevo sobre nuestro cuerpo el agua que un día nos hizo cristianos.

¡Qué importante el agua bendita para nuestra vida! Ese agua no solo limpia el pecado venial; es escudo contra las embestidas del demonio, purifica nuestra alma para vencer la tentación, es vida y es el recordatorio constante de nuestra unión con Dios… solo basta recibirla con fe.

La Vigilia continúa con la liturgia eucarística. Cristo que se hace presente en medio de nosotros con su Cuerpo y Sangre verdaderos. Se hace alimento de salvación para nuestros cuerpos y almas. Días antes nos lo había prometido en la Última Cena: «Cada vez que lo hagáis…» Y no tarda en cumplir su juramento. Al igual que con los discípulos de Emaús, parte para nosotros el Pan, nos lo entrega y nos nutre con su misericordia. Nuestros ojos han de abrirse como los de aquellos dos caminantes para ser capaces de reconocerlo todos los días de este año en cada sagrario que visitemos, en cada custodia ante la que nos arrodillemos adorándolo y en cada comunión que recibamos con devoción.

Así, este día que comenzó en oscuridad, silencio y muerte, se ha tornado en luz, júbilo y presencia eterna de un Dios que hace todo esto por una sola razón: no puede dejar de amarnos.

Manuel Roldán Gómez es párroco de Ntra. Sra. del Carmen (Puente Genil)

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