Atlantic CityLuís Pousa

Devuélveme a Picasso

Si de verdad quieren cancelar al artista más influyente del siglo XX, en Coruña nos lo quedamos encantados

«Me gusta mucho Picasso y nunca me ha molestado diferenciar el artista de la obra». Esta frase, pronunciada por Rosalía en una conversación con la escritora argentina Mariana Enríquez, desató semejante vendaval de odio en las redes sociales que la cantante se sintió obligada a pedir disculpas por su falta de sensibilidad al alabar al míster universo de la misoginia. En pleno arranque de la gira de su disco Lux, se rindió al pánico y se tragó sus palabras una a una, como aquellos faquires que desayunaban sables en llamas. Así se las gastan los inquisidores del iPhone último modelo: si te desvías un milímetro de su doctrina, caes en la muerte civil. Algo parecido a lo que debe sentir un astronauta que sale a dar un garbeo por el espacio exterior y ve cómo se suelta el cable que lo une a su nave.

Pablo Ruiz Picasso es, con diferencia, el artista más influyente del siglo XX, pero ha sido cancelado por el catecismo woke. ¿La razón? Su machismo carpetovetónico. ¿Qué tiene eso que ver con su pintura? Nada en absoluto. ¿Qué dijo Rosalía? Que conviene separar al artista de su obra. Una sentencia perfectamente obvia. Por supuesto que los autores van por una ventanilla y su legado por otra. Y lo que nos debe preocupar de un creador no es si se cepillaba los dientes tres veces al día o si fregaba los platos después de la cena. Lo único que interesa es lo que aporta al océano de la cultura universal, no si madrugaba los domingos para ir a la Torre a ver la pachanga futbolera de sus retoños.

Imaginemos a un marciano recién aterrizado en Coruña —pensemos, por ejemplo, en el bueno de Gurb disfrazado de Marta Sánchez— y supongamos que hay que explicarle quién fue Pablo Picasso. Si tuviésemos que resumir mucho (el alienígena ha dejado su platillo volante en doble fila en la ronda de Outeiro), yo le zanjaría así: un señor que cambió un par de veces la historia del arte. La primera, con el cubismo. La segunda, con el Guernica. Y seguro que me quedo corto.

Lo de reinventar la biografía de la humanidad solo está al alcance de unos pocos. Que se lo digan a aquella señora que coincidió en una cena en la Casa Blanca con Miles Davis. La dama ignoraba quién era aquel tipo algo arisco que habían sentado a su lado y tuvo la ocurrencia de preguntárselo. Miles la destrozó de un solo revés:

Como tantos artistas de antes –hoy también, aunque quizás menos– estaba Picasso el hombre y Picasso el personaje. Al igual que hacía Ernest Hemingway, Camilo José Cela o Salvador Dalí, el genial artista proyectó una imagen pública que poco tenía que ver con cómo era en la vida privada. Brabucón, mujeriego y bizarro (es decir, osado), a Picasso le gustaba que le vieran como un artista excéntrico. En la imagen, con sombrero y cigarro el 1 de enero de 1960.

PicassoGTRES

—He cambiado la historia de la música unas cinco o seis veces. ¿Y usted, aparte de ser blanca, qué méritos tiene para estar hoy aquí?

Supongo que los guardianes de la moral del 2026 también cancelarían a Davis por semejante mansplaining —ya saben: señores explicando cosas a señoras— sin detenerse

en el pequeño detalle de que el genio del jazz había respondido de forma inmaculada a una pregunta que en el fondo encerraba algo así como «qué hace este negro en la mesa de los blancos en plena Casa Blanca».

Lo que no les dio tiempo a hacer con Miles, lo han logrado con Picasso. ¿De verdad tenemos que soportar ver al hombre que cambió dos o tres veces la historia del arte reducido al sambenito de «señoro»? Yo, desde la humilde trinchera de esta columna, me niego en redondo.

Fue en Coruña donde lanzamos a Picasso al ruedo. Aquí, entre 1891 y 1895, tomó definitivamente la alternativa de la mano de su padre, que le cedió sus pinceles y sus trastos. Luego se largó a conquistar el mundo. Y vaya si lo conquistó. No hace tanto, Málaga, Barcelona y París se peleaban por ver cuál era la ciudad más picassiana del globo. Ahora mismo ya no sé si las viejas del visillo de las redes les dejan presumir de ese honor.

Pero no se preocupen, si de verdad quieren cancelar al mayor talento creativo del siglo XX, en Coruña nos lo quedamos encantados. Como decía aquella cancioncilla hortera de los ochenta sobre la llave de la moto —luego descubrimos que la versión original hablaba del rosario de su madre—: devuélveme a Picasso y quédate con todo lo demás.

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