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VertebralMariona Gumpert

Magnífica dignidad

El problema sigue presente. Desaparecieron las cámaras de gas, pero el mundo sacrifica 200.000 vidas humanas diarias en los abortorios

Magnifica humanitas, magnífica humanidad. En su primera encíclica, el santo padre nos recuerda cómo, a pesar de nuestras miserias, estamos bien hechos. Todos y cada uno de nosotros. En lo personal es el mensaje que más mella ha hecho en mí. Muchos ateos se burlan de nuestra fe hablando de una virgen fecundada por una paloma. Otros, más refinados, aluden al problema del mal en el mundo o a la incoherencia racional de un ente que es uno y trino al mismo tiempo.

Mis dudas de fe son más prosaicas, más de estar por casa. Una de ellas es, precisamente, la idea en la que incide la encíclica: todos y cada uno de nosotros estamos bien hechos y somos amados con locura por Dios. No es que discuta en mi mente la idea en la intimidad de mi salón mientras leo un libro de antropología, qué va. En abstracto, el concepto se acepta bien, aunque sólo sea porque me incluye a mí misma. Es un poco como los progresistas, que hablan en nombre de abstracciones (la mujer, el colectivo homosexual, el pueblo, los «migrantes», los animales, el planeta) pero no tienen inconveniente alguno en ser crueles con Isabel Díaz Ayuso, con el currito votante de Vox o con las moscas y mosquitos. Los comprendo. Soy católica, pero me cuesta mucho ver con ojos divinos a la señora hortera y sudorosa que habla a grito pelado y con manos libres en el autobús. De los que creen amenizarnos el día en playas y jardines con música desquiciante emitida a través de altavoces potentes ni hablamos.

La dignidad humana universal. Esto es algo que casi todo occidental da por supuesto, sin saber que es un concepto profundamente cristiano. El Papa León señala en Magnifica humanitas como hito civilizatorio la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948. Conviene rescatar una anécdota de Jacques Maritain -uno de sus artífices más relevantes- sobre el tema. En una de las reuniones de una Comisión Nacional de la UNESCO –donde se discutía acerca de los derechos del hombre– alguien se asombró de que personas de tan diferentes ideologías pudieran mostrarse de acuerdo en la formulación de una lista de derechos. La clave para entender este fenómeno residía, según Maritain, en que la afirmación de derechos es posible, siempre y cuando no se pregunte el porqué. Es en el porqué donde comienzan las discrepancias y disputas.

Este no ponerse de acuerdo pareció irrelevante en su momento, pero fue una patada hacia delante que nos devolvió el problema intacto a sus herederos. ¿Por qué hay derechos humanos universales? Sólo los católicos podemos responder con contundencia, desde nuestra fe: porque somos hijos de Dios, y la dignidad nos viene de Él. En 1948, la urgencia consistía en condenar al olvido el concepto de untermensch nazi, subhumano, sobre el cual se justificó el Holocausto.

El problema sigue presente. Desaparecieron las cámaras de gas, pero el mundo sacrifica 200.000 vidas humanas diarias en los abortorios. Nadie se escandaliza: o son subhumanos («un conjunto de células») o no son vidas dignas (no están completamente sanos). El concepto de vida digna, en estos contextos, se vuelve más que discutible, con la aprobación de una significante mayoría. ¿Cómo, si no, se ha extendido la idea de que la eutanasia y el suicidio asistido son instrumentos compasivos?

El Papa, sin aludir directamente a estos dos fenómenos, incide en la encíclica de forma recurrente en que nada nos arrebata dignidad, ni siquiera la vulnerabilidad o la enfermedad. Dentro de este contexto menciona también a la mujer, entiendo que teniendo presente que en muchas partes del mundo somos untermensch. En el mismo conjunto de personas vulnerables recoge, asimismo, a los «migrantes». Y aquí tenemos una de las grandes paradojas a las que se enfrenta Occidente en general, y los católicos en particular.

Por un lado, nuestro deber es el de acoger al débil, al vulnerable. Por otro lado, debemos también proclamar la Verdad del Evangelio, que no es un qué sino un Alguien que nos habla de la dignidad de todo ser humano. Incluyendo a las mujeres. Incluyendo a quienes no comparten nuestra fe. Como católica, me gustaría que el Papa nos ofreciera alguna guía sobre cómo afrontar políticamente determinado tipo de inmigración. ¿Cómo tratar a un indio que cree fervorosamente en un sistema de castas? ¿A un musulmán que piensa que el trato que recibimos las mujeres en Occidente es equivocado, a alguien que nos arrebata dignidad?

Intuyo que el hecho de que León XIV vaya a visitar las Islas Canarias tiene una relación estrecha con la avalancha migratoria del lugar. Ojalá, durante su estancia, nos ilumine sobre cómo conjugar la caridad inmediata hacia la persona concreta que acaba de desembarcar con no renunciar a la verdad; a la verdad del tráfico de personas, a la verdad de la difícil integración de cierto tipo de culturas en nuestra sociedad cuando vienen por miles, crean guetos, viven en la indigencia y tienen un concepto de la dignidad humana muy lejano al nuestro.

Es una cuestión espinosa, sí. Pero ignorarla no lleva a buen puerto. Y es tanto o más actual que la urgencia de la reflexión sobre las nuevas tecnologías y la IA. Confío en que el Espíritu Santo ilumine al santo padre y a todos aquellos miembros de la Iglesia que tienen que abordar este tema.

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