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VertebralMariona Gumpert

Ojalá me equivoque

Nuestro mayor problema es el clima fratricida, la obsesión con el quijotesco molino de la ultraderecha mientras observamos, impávidos, cómo nuestra prosperidad se va, poco a poco, por el desagüe. Y para eso no hay condena, por espectacular que sea, que lo anule. Insisto: ojalá me equivoque

Quizá soy rara, quizá el problema sea yo. Quizá. Pero no participo de la euforia y alegría que ha suscitado la imputación a Zapatero. Ojalá me equivoque. Ojalá me equivoque y mi opinión sirva como criterio de aquello en lo que no creer: ¿quiere comprender la realidad de las cosas? Lea a esta columnista y descarte todo lo que ella afirme. Parte de encontrar el camino correcto consiste en descartar todos los que no lo son.

Nada me gustaría más que ser simplemente una ceniza, una cínica si quieren. Eso tiene remedio y, en todo caso, me afecta solo a mí. Estar, sin embargo, en lo cierto al no ilusionarse con la acción de la justicia dibuja un panorama poco halagüeño, ajeno al que desearía para mi país y mis conciudadanos. La lógica nos inclina a pensar que una condena a un expresidente como Rodríguez Zapatero debería derrumbar toda credibilidad del PSOE, más todavía si aunamos dicha condena a las previsibles de Cerdán, Koldo y Ábalos o incluso a las de la mujer y el hermano del presidente del Gobierno. Pero la lógica es ajena a la naturaleza humana, a su forma de digerir la información y de ubicarse ideológicamente.

Para defender esto último no hace falta un tratado antropológico o una tesis doctoral sobre comunicación política. Basta con recurrir a la experiencia reciente: ¿cómo es posible que Chaves y Griñán estuvieran presentes en el mitin de cierre de campaña de María Jesús Montero? En un contexto en el que se estudia con lupa y mentalidad de Kasparov cómo afectan los diferentes apoyos a la imagen del candidato, ¿no nos diría la lógica que sería preferible rodearse de mejores compañías? ¿De políticos no implicados en procesos judiciales? Habrá quien señale, por supuesto, la progresiva debilitación de la izquierda en Andalucía como argumento en contra de mi pesimismo, el vaso medio lleno: triunfaron las derechas. Mi refutación sería: ¿cómo es que el PSOE continúa cosechando votos, dadas las circunstancias?

Esta pregunta se responde, en gran medida, señalando a Zapatero. El mayor daño que le ha hecho este señor a España no aparece por ningún lado en el famoso auto de imputación en torno al cual andamos discutiendo todos. Zapatero es responsable de resucitar el guerracivilismo, ¿se acuerdan de cómo desenterró a su abuelo, animando a los suyos a hacer lo propio? Por supuesto, no estuvo solo en su lucha ni ha dejado de estarlo. Ya no los llamamos «los de la ceja», pero el ámbito oficial de la cultura y del «saber» opera en sintonía con estas tesis. Es justo también señalar que la obsesión por la palabra «fascista» no es exclusiva del pueblo español. El acierto de Zapatero consistió en hacer bailar este geist de principio de siglo a su favor. A favor de apuntalar de forma definitiva la superioridad moral de la izquierda, encarnada en el partido. La superioridad moral del PSOE, en suma.

Habrá quien me recuerde ese brindis al sol que fue el 15M. Pero ese movimiento no fue más que la enésima confirmación de la tesis de Lampedusa: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». Con el agravante de que, en este caso, ni siquiera contemplamos un cambio de élites. Partidos como Podemos y derivados lo único que acabaron consiguiendo es reforzar la hegemonía cultural y política del PSOE, que sobrevive a pesar de los pesares.

A pesar de las cada vez mayores listas de espera en la sanidad pública. A pesar de la congelación de salarios y la inflación desbocada. A pesar del declive de la educación pública. A pesar de la imposibilidad de los jóvenes de independizarse de sus padres. A pesar de la locura de los precios del alquiler y la vivienda. A pesar del incremento exponencial de la inseguridad.

La lógica nos diría que lo natural en este contexto es que surgiera un partido fuerte de izquierdas que aspirara a sustituir al PSOE. Mismas ideas, empezando desde cero, con el expediente en blanco. No es lo que está sucediendo, ni lo que sucederá. El español está envenenado mentalmente; no hay imaginación ni ganas para una España diferente. A lo sumo concebimos un «PSOE bueno», limpio de corruptos. Pero, insisto, el mayor problema que tiene este partido, el mayor problema que tiene España, no es la mayor o menor rapiña económica que pueda hacer tal o cual partido. Nuestro mayor problema es el clima fratricida, la obsesión con el quijotesco molino de la ultraderecha mientras observamos, impávidos, cómo nuestra prosperidad se va, poco a poco, por el desagüe. Y para eso no hay condena, por espectacular que sea, que lo anule. Insisto: ojalá me equivoque.

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