El votante joven no es radical. Sólo está exhausto
La lucha de los colectivos «oprimidos», el clima cambiático o la «causa palestina» son dedos incapaces de ocultar ciertos soles que abrasan con rigor: el de pisos compartidos con extraños a precios exorbitantes, el de sueldos de supervivencia que flaquean ante el carrito del supermercado
¿Qué haría el ser humano si no pudiera habitar en los adjetivos? ¡Asombroso! Inconcebible. Abominable. Grotesco. ¡Sublime! Patético. Repulsivo. Ridículo. ¡Brillante! Absurdo. Desolador. Adornar los conceptos nos resulta tan ineludible como respirar. Incluso usamos sustantivos que son, en realidad, adjetivos disfrazados: madridista, taurino, progre, facha, feminista, machista, rojo, culé.
Los prejuicios no son malos: sin ellos, la vida práctica sería imposible. Conducimos asumiendo que otros seguirán las normas y charlamos con desconocidos sin temer agresiones; dejamos a los niños en el colegio sin temer que les enseñarán jardinería en lugar de Matemáticas. Navegamos el día a día porque no verificamos todo a cada instante. La mayoría de prejuicios son, en realidad, post-juicios: conclusiones de experiencias previas que convertimos en atajos cognitivos. El problema no es tenerlos, sino no saber soltarlos cuando la realidad exige mirarla de nuevo.
Ahora bien, la realidad se vuelve etérea cuando lo material está asegurado. Se dice que el auge de lo woke, de lo progre posmoderno, es consecuencia de haber sustituido el ansia de Dios por sucedáneos absurdos. Algo de eso hay. Pero solemos olvidar el factor decisivo: disponer de techo, comida, agua caliente y medicinas. La filosofía, la elucubración, ha sido posible casi siempre gracias a la riqueza propia o la del mecenas. Cuestiones como «¿por qué el ser y no la nada?» o «¿la mujer nace, se hace o es sólo un sentimiento?» tienen en común una cosa: estómagos llenos que dejaron el cerebro libre, desocupado. Cerebros con ansias de adjetivos, de conceptos con los que jugar a interpretar el mundo.
«Metafísico estáis», le dice Babieca a Rocinante. «Es que no como», responde. Entre el buche desbordado y el que encara el vacío absoluto se encuentra el del joven español. Ese ciudadano ignorado que ha pegado el volantazo conservador que se celebra o espanta a partes iguales pero que ya no cabe ignorar más. La lucha de los colectivos «oprimidos», el clima cambiático o la «causa palestina» son dedos incapaces de ocultar ciertos soles que abrasan con rigor: el de pisos compartidos con extraños a precios exorbitantes, el de sueldos de supervivencia que flaquean ante el carrito del supermercado.
Esta situación ha forzado a muchos a poner el foco en fenómenos que hasta hace nada se asumían sin mayor complicación (sin mayor pre-juicio). Por ejemplo, la inmigración. Los jóvenes –y no tan jóvenes– se plantean el sinsentido de la avalancha migratoria en una España que no es capaz de permitir el desarrollo profesional y personal de los autóctonos. España como un país-tubo por el que entran extranjeros y salen nacionales en busca de un futuro mejor. ¡El invierno demográfico!, claman muchos, sin pensar en los españoles que están naciendo fuera porque en su tierra resulta imposible planteárselo.
Tal es la magnitud de esta paradoja que hasta Rufián se hace eco de él. No quiero abandonar a mi gente, aclara en el congreso. Si lo dice ERC no es xenofobia, racismo o fascismo. Es otra cosa. Cada quien busque el adjetivo. Ayuso, más pragmática, reivindica a la señora que le limpia el trasero a nuestra abuela, al andino en el andamio. ¿Qué concepto endilgar aquí? ¿Clasismo? ¿Esclavitud? El que más encaja es desconcierto: ¿quién construía edificios y cuidaba ancianos antes? ¿por qué el «ultraliberal» PP emplea el mismo argumentario que el «progresista» PSOE?
Falangista. La etiqueta que se aplica a VOX cuando habla de vivienda. Populista, también. Populista es una palabra que cabe interpretar de nuevo en su sentido más estricto. Esa sí es una resignificación necesaria, no la del Valle de los Caídos. Populus, pueblo. El populista es, hoy y ahora, quien atiende lo que el ciudadano anda reclamando, quien reubica el marco desde el cual plantear el debate político.
Si a eso queremos llamarlo populismo, adelante. Pero convendría recordar que el ciudadano ya no pide milagros ni épicas culturales, sólo quiere sobrevivir. Lo sorprendente no es que algunos partidos hablen de vivienda e inmigración, sino que los demás prefieran seguir discutiendo adjetivos mientras los sustantivos —hogar, sueldo, futuro— se desmoronan.