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VertebralMariona Gumpert

¡Ay, si levantaran la cabeza!

Cualquiera diría que habitamos el mismo país que aulló y se rebeló contra el sacrificio de un perro, Excalibur. Cómo ha cambiado el 2 de mayo en apenas un par de siglos

Hay días –cada vez más– en los que uno se despierta con la nítida sensación de estar viviendo en una jaula de grillos. Una jaula sonora, chillona, donde se habla mucho y se piensa poco. Ahí andamos todos: gritándonos encima, cabalgando contradicciones como si fueran ponis de feria, reaccionando a la política como quien aplaude un número de magia sin molestarse en mirar la trampa.

Tomo aire. Intento entender. En vano: no comprendo nada. Una sensación total de extrañamiento respecto de lo que me rodea. Perdón, de quienes me rodean.

Esta semana ha sido el Apagón. El Grande, con mayúsculas. El Festival de la Linterna. ¿Qué supuso comparado con lo ocurrido en Valencia, con la gestión del COVID? Nos hemos instalado no en asumir con naturalidad la negligencia: ¡en aplaudirla!

¿Qué más da un apagón eléctrico que paralizó estaciones, dejó a dependientes sin asistencia, arruinó traslados, dejó a viajeros a la intemperie, y convirtió aeropuertos en juegos de rol de baja fantasía? Y lo más grave: a más de uno le costó la vida. Cualquiera diría que habitamos el mismo país que aulló y se rebeló contra el sacrificio de un perro, Excalibur. Cómo ha cambiado el 2 de mayo en apenas un par de siglos.

¿Nos importa la no-reacción del Gobierno? Nada. ¿Nos hemos acostumbrado ya a su séquito mediático y tuitero? Somos inmunes a sus ironías de mercadillo, a las justificaciones delirantes, a su capacidad para convertir una negligencia en una epifanía de comunidad vintage.

Sin móviles, nos miramos a los ojos, celebramos. ¡Qué suerte! ¡Qué momento tan humano! La España del jijijaja, el blackout-chic, la distopía buena onda. Me llego a preguntar si no habría que desearles un apagón al mes, de cuatro días cada uno, a ver si así desarrollan –aunque sea por error– cierta noción de realidad.

Algunos nos emparanoiamos con que el apagón fuera intencionado. ¿Se nos puede acusar de locos, teniendo en cuenta cómo aprovecha este gobierno cada desgracia o negligencia? Quizá Sánchez no es culpable –de forma directísima, indirecta lo es sin ninguna duda– de lo ocurrido el lunes. Alguno dirá que tiene una flor en el trasero, pues ocurre el mismo día en el que se abre juicio oral a su hermano. Pero lo de la flor es demasiado bonito, está empapado de tintes románticos o providenciales. Si hemos de achacarlo al destino, al azar o a fuerzas sobrenaturales yo me quedo con la idea del pacto con el demonio. Total, es muy posible que, en este caso, el engañado haya sido Satanás: quizá ha comprado algo inexistente, el alma de Pedro.

La acusación que cae sobre el hermano del desalmado es de libro: prevaricación, tráfico de influencias, creación de un cargo a medida, contratación de amiguetes. Todo muy PSOE de provincias, con el toque de Moncloa. La respuesta del entorno sanchista, que ha interesado a cero personas, ha sido de una tranquilidad mística: «Confiamos en la justicia». Yo también lo haría, ¿quién queda por comprar entre toda esta ralea de compadreos, enchufes y mediocres?

Mientras tanto, yo sigo a vueltas con mi pregunta, la única que está en mis manos responder y, si es preciso, ponerle remedio: ¿estoy legitimada para indignarme o simplemente soy una persona con poco rodaje, poco saber antropológico y demasiadas expectativas cívicas? Quizá el problema es mío. Quizá mi error radica en esperar algo de racionalidad en una especie que se gobierna por miedos, prejuicios, hashtags y recuerdos mal curados.

Me reprendo. Me acuerdo de que lo extraordinario no es que las cosas funcionen mal, sino que funcionen un poco. No es que haya tenido nunca esa fe que mantienen muchos en el Estado de derecho, aquellos que creen ingenuamente que es una máquina que funciona sola. Toda norma y sistema es inútil si ha de recaer sobre persona sin apenas virtudes personales y cívicas. Quizá mi error fue no querer ver lo rápido que nos precipitamos en la decadencia. Con prisa y sin pausa.

Ya he aprendido para la próxima escena kafkiana. Cero sorpresas, cero indignación. La misma naturalidad con la que saludo al sol naciente cada mañana. Yo también me abriré una buena botella de vino, pero no para celebrar el buenrollismo español; lo haré en honor a quienes sí supieron construir este país y que, gracias a Dios, están casi todos enterrados. Ay, si levantaran la cabeza.

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