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VertebralMariona Gumpert

Inseguridad y precariedad

Si lo que preocupa es el racismo y la xenofobia en quienes ocultan la información por sistema, quizá deberían pensar que los primeros perjudicados ante esta avalancha inmigratoria indiscriminada son los extranjeros legales

Uno de los primeros recuerdos que tengo es el de unas orejas grandes, rosadas y llenas de recovecos por un lado, peludas por el otro. Las manejaba a voluntad, probando a voltearlas el máximo posible con mis manos diminutas, sin que su dueño se inmutara. Me gustaba dormir entre sus cuatro patazas, con la cabeza apoyada en el interior de su lomo. El animal, un pastor alemán, se dejaba hacer, con paciencia infinita.

Mi abuelo se había hecho con él por necesidad. Cojeaba desde niño, cayó de un tranvía en marcha y le quedó una pierna más larga que la otra al crecer. Caminaba desde casa hasta su negocio, situado en el peligroso barrio del Carmen en Valencia. Eran los años de la terrible epidemia de heroína, se asaltaba a las personas blandiendo una aguja: «¡Te pincho y te contagias!». En ese contexto, mi abuelo era el blanco perfecto. La solución, llevar al perrazo –muy bien entrenado– consigo en cada trayecto.

Un gran contraste con el ambiente en el que tuve a mi primer hijo, hace doce años. Pamplona, podía alejarme doscientos metros del carrito en un parque, yendo en pos del niño explorador, con la seguridad de que no ocurriría absolutamente nada. Me alegraba saber que mis hijos vivían circunstancias mejores, que ese comodín llamado «progreso» se concretaba en realidades reconocibles.

El problema con esa palabra es creer que cada avance resulta irrevocable. El tema de la seguridad ciudadana se parece en esto al de la sanidad y educación públicas: creemos que su evolución será siempre en positivo. Nos olvidamos de que dependen de las personas, instituciones y gobernantes.

Seguimos residiendo en Pamplona. Resulta muy chocante haber vivido el caso de la famosa manada de los Sanfermines de 2016 casi en primera persona. Aquello de imaginar a varios hombres con una sola mujer –consintiera o no– resultaba bastante inaudito. Y estuvo bien que así fuera. Una violación es un acto brutal; si la perpetran varios a la vez, es algo que va más allá de lo puramente animal, algo mucho peor que ser una simple bestia.

¿Cuántas manadas hemos conocido desde entonces? Imposible llevar la cuenta. Nos hemos acostumbrado a que se nos informe cada dos o tres días de una violación, una paliza, una puñalada, ¡un degollamiento! e incluso tiroteos en plena calle en ciudades como Barcelona o Madrid. Imagino que se lleva con la misma resignación con la que en los años 80 y 90 se asumía que podían asaltarte por la calle a punta de navaja o de jeringuilla.

La diferencia estriba en el origen del problema. La drogadicción fue un problema endógeno, por así decirlo. La inseguridad que tenemos ahora… sabemos que no lo es. Las administraciones se niegan por sistema a darnos datos de delincuencia desglosados por nacionalidades. Se comprende, dadas las reacciones al informe de la Ertzaintza del pasado noviembre: el 64 % de los detenidos son extranjeros. Cifra que se agrava teniendo en cuenta que estos representan entre el 10 % y el 20 % de la población (según se atienda al lugar de nacimiento y la nacionalidad).

Con estos datos cabe preguntarse si nos compensan las políticas migratorias, si es que estas existen más allá de dejar entrar a cualquiera. Quizá la rara soy yo, que no me gusta haber pasado de dejar un carrito de bebé solo –sin el bebé, se entiende– a no dejar salir sola a la calle a mi hija de nueve años, por miedo a que la violen o la rapten. Por temer el futuro que le espera a ella y a su hermano si el panorama laboral y de vivienda continúa como hasta ahora.

Porque sí, dejemos de negarlo, ambos factores están relacionados con la inmigración. Resulta que los inmigrantes tienen la curiosa manía de querer vivir bajo techo, y están entrando un millón al año en un país en el que ya no se construye. ¿Debo asumir que mi hija vivirá con su marido y mis dos nietos en una habitación, compartiendo piso con otras familias? Porque esta es la realidad de muchos inmigrantes.

Alguien tiene que empezar a dar cuenta de todas estas cuestiones. Si lo que preocupa es el racismo y la xenofobia en quienes ocultan la información por sistema, quizá deberían pensar que los primeros perjudicados ante esta avalancha inmigratoria indiscriminada son los extranjeros legales que cumplen con todos los estrictos requisitos legales para trabajar y vivir en España.

De momento, el sistema aguanta por el gran trasvase de usuarios de la educación y sanidad pública a la privada. Pero me pregunto qué ocurrirá cuando no baste con andar con un pastor alemán para salir seguro a la calle, cuando resulte imposible asumir un seguro privado para el común de los españoles. ¿Bastará con esgrimir la banderita de la antixenofobia para ocultar el problema? Quién sabe, viendo el camino que han seguido algunos países europeos, no hay mucho margen para la esperanza.

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